Con su inauguración, la historia de la salud pública abrió una nueva página escrita con el trazo firme de la modernidad: por fin se levantaba el recinto llamado a dignificar la salud del trabajador peruano, tras años de postergación. Y se hacía en un lugar sumamente popular debido al acceso rápido para la población obrera afincada en los alrededores.
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ORIGEN DE UN GIGANTE HOSPITALARIO
El inicio de esta mole de concreto se remontaba al 12 de agosto de 1936, con la histórica promulgación de la Ley N° 8433. Aquella norma no había sido un simple papel, significaba el nacimiento del Seguro Social Obrero Obligatorio, un amparo para el trabajador frente a la enfermedad, vejez e invalidez.

El proyecto social y sanitario encontró un terreno fértil en la antigua “Huerta de Pellejo” (frente a la Facultad de Medicina “San Fernando”), un espacio que pronto dejaría de estar dedicado al cultivo y se convertiría en un lugar referencial de la salud pública peruana.
El 15 de marzo de 1938 se colocó la primera piedra, en un acto cargado de simbolismo que marcó el inicio de una construcción sin precedentes. Bajo el impulso decidido del doctor Guillermo Almenara Irigoyen, la obra avanzó desafiando a quienes, con “patológico pesimismo”, vaticinaban que el hospital sería un inútil “elefante blanco”.
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El paso del tiempo y la urgente necesidad popular por atención en salud se encargarían de demostrar cuán equivocados estaban todos esos críticos del sistema de seguridad social en el Perú. Quizás por eso, muchas empresas nacionales y extranjeras de todo tipo y afincadas en nuestro medio se apuraron en publicar sus avisos publicitarios en el diario Decano, a modo de saludo por el nuevo hospital, pero también a modo de dejar constancia de su parte en esta historia.
Aquel domingo inaugural del 8 de diciembre de 1940, la ceremonia fue un despliegue de distinción que unía a las naciones hermanas en un solo propósito de bienestar. El presidente de la República, Manuel Prado, presidió el acto.
Acompañaba al jefe de Estado, su esposa, la señora Enriqueta Garland de Prado, cuya presencia subrayaba la importancia de una obra sanitaria que tocaba la fibra más sensible del sector obrero peruano.
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En el auditorio de la Caja Nacional de Seguro Social, las luces se mezclaron con la presencia de delegaciones extranjeras que veían en el Perú un modelo a seguir. Entre ellos, destacaba un joven y afable ministro de Salubridad de Chile, Salvador Allende, quien en 1970 asumiría la presidencia de su país, y luego sería violetamente derrocado -tres años después- por el general Augusto Pinochet.
El doctor Allende llegó a Lima para estudiar esta obra de “mutua cooperación”. Su mirada visionaria, no escatimó elogios para el recinto hospitalario, considerándolo un medio vital para “cautelar el capital humano”.
VANGUARDIA EN LA ‘HUERTA DE PELLEJO’: LA AVENIDA GRAU
El hospital, con frente a la avenida Grau, se extendía sobre un área de unos 12 mil metros cuadrados, constituyendo una verdadera “ciudad de la salud” en los años 40. Su arquitectura era imponente y funcional, dividida en pabellones de Administración, Cirugía, Medicina y Maternidad.
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Los planos del Hospital Obrero de Lima, gestados por el arquitecto Edward F. Stevens de Boston, reflejaban la influencia de la mejor técnica hospitalaria estadounidense de aquellos años.
En su interior, el nosocomio disponía inicialmente de una capacidad que superaba las 500 camas, distribuidas estratégicamente para cubrir todas las necesidades. Había salas para servicios médicos, cirugía, obstetricia y un pabellón especializado para la tuberculosis con 44 plazas.
Era el primer hospital en el país en distinguir con rigor científico las especialidades médicas, marcando un hito en la organización clínica. Contaba con una central eléctrica propia capaz de proporcionar hasta 1,300 KV para asegurar la continuidad del servicio.
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Tres subestaciones transformaban la corriente para alimentar los 120 kilómetros de alambre eléctrico que recorrían sus entrañas. Cada rincón del edificio estaba diseñado para que la luz y energía fueran aliadas constantes en la lucha por la vida.
Incluso el transporte interno era un prodigio de la ingeniería moderna: seis ascensores, monta-camillas para pacientes y monta-cargas eléctricos para la farmacia. El equipamiento, traído directamente de Estados Unidos, posicionaba al Hospital Obrero a la vanguardia del continente. Era, en palabras de los cronistas de esos años, un “monumento a la eficiencia mecánica puesta al servicio del hombre humilde”.
Durante la inauguración, el gerente de la Caja Nacional de Seguro Social, el doctor Edgardo Rebagliati Martins, detalló que el esfuerzo era de infraestructura, pero también de un gran espíritu. Sus palabras resonaron ante un auditorio colmado por obreros con banderines y personalidades de las esferas profesionales.
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En esa jornada inaugural, se sentía en el aire que el nuevo y moderno hospital era el primer paso hacia la constitución de un Estado más consciente de sus responsabilidades, y donde la salud no fuera un privilegio de pocos. Esos eran los ideales en el Perú de la década de 1940, cuando el mundo vivía una escalada bélica mundial.
HOSPITAL OBRERO: EL DESPERTAR DEL SERVICIO
Pasaron los días de protocolo y, finalmente, el 10 de febrero de 1941, el hospital de la avenida Grau despertó para cumplir su verdadera misión: atender a los pacientes. Estos eran de Lima y Callao. Las instrucciones fueron publicadas en estas mismas páginas de El Comercio para que el trabajador supiera cómo ejercer su derecho.
Aquel lunes 10 de febrero, los consultorios externos abrieron a las 8 de la mañana, recibiendo a los primeros asegurados para sus exámenes previos. La organización era milimétrica: desde la oficina de admisión hasta la entrega de recetas en la propia farmacia del centro hospitalario. En esas primeras semanas, el diario Decano informó que también se estaban atendiendo algunos pacientes con cierta capacidad adquisitiva.
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El servicio de emergencia se estableció como una guardia permanente, atendiendo accidentes y agravamientos súbitos sin más requisito que la condición de asegurado. Era el inicio de una era donde la medicina moderna se ponía al alcance de quienes movían los engranajes del país.
Incluso se contempló el servicio médico rural y domiciliario, conectando el gran hospital con el hogar del trabajador que no podía movilizarse. La Caja Nacional de Seguro Social ofrecía, más allá de la atención hospitalaria, un sistema integral que incluía subsidios por enfermedad y maternidad. El hospital era el centro de una red de bienestar que buscaba proteger la vida desde el nacimiento hasta la vejez.
Muchos de los médicos que allí se formaron aún recuerdan con nostalgia las guardias silenciosas y el sacrificio de horas de descanso en favor del enfermo. Como decía el admirable patólogo Rudolf Virchow, los médicos se convirtieron en los “abogados de los pobres”, y en el Hospital Obrero, esa frase se hizo realidad. Esa fue la “mística de servicio” con la que se instaló aquel febrero de 1941.
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HITOS DE UNA MEDICINA HEROICA
Más allá de sus muros, el futuro “Hospital Almenara” se convirtió en esos primeros años en una escuela de gestas médicas que asombraron a la región. En sus quirófanos se llegó a realizar una trepanación craneana utilizando un «Tumi“, uniendo la milenaria tradición peruana con la precisión quirúrgica contemporánea.
El Hospital Obrero fue también pionero de la electrocardiografía en el Perú, abriendo caminos para el estudio del corazón que antes parecían inalcanzables. La innovación médica y científica no tuvo tregua en aquel recinto hospitalario de la avenida Grau.
El Servicio de Psiquiatría, por otro lado, fue uno de los primeros en el mundo ubicado dentro de un hospital general, rompiendo estigmas y acercando la salud mental a la medicina integral. Bajo la dirección de hombres como el doctor Guillermo Almenara Irigoyen, su primer director, el centro no solo curaba cuerpos sino también transformaba la manera de entender la asistencia social en el siglo XX.
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Años más tarde, el Hospital Obrero sumaría a su gloria el haber tenido el primer riñón artificial permanente del país, donde se realizó la primera hemodiálisis. Actores principales de estas hazañas, como el doctor Alfredo Piazza Roberts, elevaron el nombre del nosocomio a estándares internacionales.
El doctor Alfredo Piazza no solo fue un médico clínico excepcional, también fue un inventor que diseñó cánulas y sistemas de lavado que hoy en día son parte de la historia mundial de la nefrología.
HOSPITAL OBRERO: LEGADO DE UN NOMBRE ILUSTRE
El hospital de la Alameda Grau no fue solo una gran obra de ingeniería; se convirtió en el símbolo de una “voluntad democrático” que el presidente Prado reafirmó en su discurso. Aquella entrega fue una satisfacción para un gobierno que buscaba la armonía social a través de la salud, al menos así lo declaraba.
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En la actualidad, ese hospital-ciudad ha dejado atrás su nombre original para llamarse, como adelantamos, “Hospital Nacional Guillermo Almenara Irigoyen”, en honor a su primer y más grande gestor. Y al evocar estas fechas, el 8 de diciembre de 1940 y el 10 de febrero de 1941, persiste una sentida emoción al imaginar cómo Lima vio el nacimiento de su mayor baluarte sanitario, en ese entonces.
El Obrero sigue siendo el testigo mudo de una época de grandes transformaciones, donde el esfuerzo de hombres como Almenara, Rebagliati y Piazza Roberts ha construido un legado médico imborrable.
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La elegancia del Hotel Country Club, donde se realizó el brindis tras la inauguración en diciembre de 1940, contrastaría con la noble y ruda tarea que se iniciaba en febrero de 1941 en las salas de hospitalización.
Al final, los resultados acabaron con el pesimismo: el Hospital Obrero de Lima no fue un “elefante blanco”, sino, en su momento, el corazón palpitante de la seguridad social en el Perú.




