Los candidatos presidenciales favorecidos por la fiesta caníbal de los debates electorales de las últimas semanas, que han visto una súbita alza en sus intenciones de voto, van a tener que moderar su euforia; los desfavorecidos por lo mismo, que han visto peligrar sus posiciones de ventaja, también van a tener que moderar sus temores.
Es hora de poner los pies en la tierra para unos; hora de serenar y templar el espíritu para otros, a la luz inequívoca del umbral electoral que tendrán que superar en las elecciones del próximo domingo.
No será tan sencillo exhibir como resultado el 5% de los votos válidos más tres senadores y siete diputados por bancada, para tener presencia en el Congreso.
Si traen detrás de sí una organización política nacional estructurada, quizás no tengan que preocuparse demasiado. Por el contrario, la sola aventura y audacia de crecer en un par de semanas como la espuma en intención de voto no es nada del otro mundo en el Perú, pero termina por no ser suficiente a la hora de toparse con el nuevo umbral del 5%, que no es cualquier cosa y que opera como un lavado de cara del sistema electoral.
De aquí al cierre de campaña de cada organización política y cada candidatura, nada estará finalmente dicho hasta la contabilidad definitiva de la ONPE.
Entre las 7 a.m. y las 5 p.m. del domingo 12, en su único momento de mayor poder cada cinco años, el elector peruano reemplazará su quebradero de cabeza de por quién y por quiénes votar por la incertidumbre que traen consigo los elegidos a los que conoceremos, por sus actos y omisiones, en las nuevas arenas del poder político.
Quien selle, por último, el triunfo y la derrota de unos y otros será el umbral electoral del 5%. Valga la reiteración: no serán más de siete partidos los que lo superen.
Es el cuello de botella con el que de pronto se contrapesa el abanico abierto a una treintena de candidatos a la presidencia y a cientos de candidatos a senadores y diputados, a los que la nefasta fragmentación política ha puesto en la más caótica antesala de suspenso del poder político conocida hasta hoy.
Un umbral electoral realmente efectivo tendría que ser aquel que, desde un comienzo y no al final como ahora, delimite la participación de un sistema de no más de diez partidos.
Pudimos haber llegado a la votación presidencial y parlamentaria del 2026 con un sistema electoral realmente reformado, en la perspectiva también de un revitalizado sistema de partidos. Lamentablemente tenemos apenas, con remiendos mínimos, el mismo sistema electoral que exhibió, flagrantemente, todos sus vicios e ineptitudes en las elecciones del 2021.
Salvo contadas excepciones de partidos políticos con liderazgos, estructura y representación nacional, los demás, en su mayoría, a las justas se movilizan como ONG improvisadas y sus promotores como boletos de suerte en las intenciones de voto y en las elecciones propiamente dichas.
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