sábado, abril 25

En enero de 2026, el neurocientífico Jared Cooney Horvath declaró ante el Senado de EE.UU. algo inquietante: la Generación Z es la primera en la historia moderna en mostrar resultados cognitivos más bajos que sus padres. Habló de caídas medibles en atención, memoria, comprensión lectora, razonamiento y resolución de problemas. Si baja la capacidad cognitiva de una generación, también cae su capacidad para resolver problemas, innovar y liderar dentro de las empresas.

“Desde que empezamos a medir el desarrollo cognitivo, a fines del siglo XIX, cada generación superó a la anterior; hasta ahora”, advirtió.

La explicación no está en una supuesta debilidad de carácter de los jóvenes, sino en el entorno en el que crecieron.

El iPhone llegó hace apenas 18 años, justo cuando esta generación crecía. Pero el cambio no fue el dispositivo, sino lo que trajo dentro: una cámara, redes sociales y la posibilidad de convertir cada momento en contenido.

En The Anxious Generation, el psicólogo social Jonathan Haidt recuerda que los niños son “antifrágiles”: necesitan equivocarse, frustrarse, incluso quedar en ridículo, porque así desarrollan resiliencia. Por primera vez, millones crecieron con una audiencia permanente en el bolsillo. Cuando todo puede ser grabado, publicado y juzgado, el impulso natural es no arriesgarse: improvisar menos, fallar menos, exponerse menos. Pero sin error privado no hay aprendizaje real. Sin incomodidad no se construye resiliencia. Sin silencio no aparece el pensamiento propio.

Terminamos siendo parte de un experimento. Los jóvenes simplemente llevan una dosis mayor.

Adoptamos el smartphone por su enorme utilidad. Primero llegaron los beneficios, después las consecuencias. Hoy sabemos que la sola presencia del celular sobre la mesa reduce nuestra capacidad de concentración. Australia restringe el acceso de menores a redes sociales; Francia, Brasil y Corea del Sur han limitado el uso del celular en las aulas. El mundo empieza a entender lo que no podía verse al inicio.

Y esa debería ser la lección más importante: la tecnología se adopta en meses, pero la evidencia de sus efectos tarda décadas.

Por eso la discusión ya no es el smartphone, sino la Inteligencia Artificial (IA). Si el teléfono capturó nuestra atención, la IA promete algo más profundo: reemplazar partes del pensamiento mismo. Investigadores del MIT ya advierten que mientras más le delegamos tareas cognitivas, menos capaces somos de hacerlas solos.

Los adultos que delegan a la IA pierden habilidades que ya construyeron. Los jóvenes que crecen delegándole quizás nunca las desarrollen. Y lo más grave: ni siquiera sabrán lo que les falta.

No se trata de rechazar la tecnología ni de demonizar la IA. No podemos postergar la adopción de una herramienta útil, pero sí debemos evitar la ingenuidad con la que abrazamos grandes cambios tecnológicos. La IA no va a esperarnos.

Con el smartphone no pudimos anticipar el costo. Con la IA ya no tenemos esa excusa.

La pregunta no es si vamos a usarla. La pregunta es cómo hacerlo sin convertirnos en idiotas funcionales.

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