Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Un fotógrafo captó este extraordinario lugar donde los cuerpos de las ballenas yacen en aguas poco profundas.
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Cuenta que cuando llegó al fondo marino se quedó allí tendido, respirando, mientras esperaba a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.
Al cabo de un rato, su visión se aclaró. “Empecé a mirar a mi alrededor y pensé: ‘¡Qué locura! ¡Hay muchos huesos por todas partes!’”.
Allí, a unos 5 m de profundidad, bañados por la luz azul de su gélida tumba, yacían los restos de unas 20 ballenas minke.
Dawson empezaba a relajarse cuando oyó un fuerte estruendo.
“Sonaba como si alguien estuviera lanzando dinamita bajo el agua. Luego oí un segundo ‘boom’. Fue entonces cuando me di cuenta de que era la marea que empezaba a subir y el hielo se estaba agrietando”.
Bucear bajo el hielo es uno de los tipos de inmersión más peligrosos. Las corrientes podrían arrastrarte bajo el “hielo infinito”, asegura, “y desaparecerías para siempre”.
El hielo marino está formado por fragmentos de agua de mar congelada que se comprimen y forman una gran masa de hielo flotante que cubre la superficie del mar y se desplaza con los vientos y las corrientes oceánicas.
“La marea estaba bajando, lo que significaba que el hielo se hundía. Si nuestro agujero se comprimía, estaría perdido, porque solo había uno. El equipo que estaba sobre el hielo tardaría más de una hora en hacer un segundo agujero si intentaban salvarme”, afirma.
Sin embargo, decidió arriesgarse. “Céntrate en la fotografía”, se dijo Dawson. “Todo saldrá bien”.
La decisión dio sus frutos: el sueco fue nombrado ganador del premio al Fotógrafo Subacuático del Año 2024 por la imagen que tituló “Huesos de ballena”.

El agua estaba tan fría que la apneísta Anna Von Boetticher solo podía permanecer sumergida menos de un minuto.
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Las ballenas -algunas de ellas son los animales más grandes que jamás hayan existido- suelen morir en mar abierto, probablemente dispersas a lo largo de sus rutas migratorias, afirma Greg Rouse, curador de invertebrados bentónicos del Instituto Scripps de Oceanografía en San Diego, California.
Sus cuerpos, una colosal fuente de nutrientes, se hunden hasta el fondo del océano para convertirse en un oasis de vida.
Tras la muerte de una ballena, su interior comienza a descomponerse primero. El cuerpo se expande con gas y puede flotar hacia la superficie como un globo.
Así, los primeros carroñeros en aprovecharse son criaturas que habitan en la superficie, como aves marinas y tiburones.
Con el tiempo el cadáver comienza a hundirse, cayendo a través de las zonas de luz solar, crepuscular y nocturna del océano, quizá hacia el abismo, e incluso llegando a las fosas más profundas.
“Se pueden encontrar a miles y miles de metros de profundidad”, explica Rouse.
El cadáver de ballena más profundo jamás encontrado pertenecía a una ballena minke antártica.
Yacía en la oscuridad de la zona abisal, a 4.204 metros de profundidad en el océano Atlántico suroccidental.
Y lo que quedaba del esqueleto -solo nueve vértebras de la cola del animal- sugería que la ballena había permanecido en el lecho marino durante aproximadamente una década.
Las especies que se encontraron viviendo allí constituían un ecosistema próspero. Entre ellas había cangrejos de aguas profundas, caracoles marinos y gusanos poliquetos.
De hecho, la mayoría de las 41 especies que vivían en el cadáver eran nuevas para la ciencia. aunque compartían características con las que habitan en otros cadáveres de ballenas hallados a miles de kilómetros de distancia en otras cuencas oceánicas.
Una vez en el fondo oceánico, un entorno habitualmente limitado en nutrientes se convierte de repente en una inmensa isla de alimento.
Las criaturas de aguas profundas se amontonan. Tanto grandes carroñeros como bacterias microscópicas llegan a habitar la zona con los restos de la ballena.
“Hay una fase inicial de rapiña por parte de los carroñeros de aguas profundas”, señala Adrian Glover, ecólogo de aguas profundas del Museo de Historia Natural de Londres, Reino Unido.
“Estos incluyen vertebrados como los mixinos y los tiburones durmientes, así como anfípodos carroñeros (pequeños crustáceos parecidos a los camarones). Se comen la carne, dejando expuesta la espina”, explica.
Los mixinos excavan boca abajo en su enorme presa, mientras que los tiburones durmientes, los cangrejos y las langostas arrancan la grasa y los músculos de la espina.
Puede llevar varios meses retirar toda la carne; luego solo queda el esqueleto “reposando en el barro”, dice Glover.
Entonces, los huesos aceitosos se convierten en el hogar de otra comunidad de organismos, como el Osedax o “gusano comehuesos”.
“Están emparentados con los gusanos de los respiraderos hidrotermales”, afirma Glover, “pero han desarrollado la capacidad de degradar el hueso directamente y consumir las grasas y el colágeno que contiene”.

Foto de cadáveres de ballenas bajo el mar
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Los beneficios de la muerte de las ballenas se extienden más allá del propio cadáver: los lípidos y aceites se filtran al lecho marino y se forma una enorme capa bacteriana alrededor de la ballena, explica Rouse. “Los invertebrados proliferan”.
A medida que los huesos se descomponen, se libera azufre. “Existe un halo de enriquecimiento orgánico”, añade Glover, con hábitats ricos en azufre en los sedimentos que rodean los cadáveres de ballenas.
El azufre es consumido por organismos quimiosintéticos: bacterias que viven en entornos sin luz y obtienen su energía directamente de las sustancias químicas de su entorno, en lugar de la fotosíntesis solar.
Las bacterias quimiosintéticas viven en simbiosis con criaturas de aguas profundas como almejas, mejillones, caracoles y gusanos.
“Aquí es donde se encuentran organismos que también existen en respiraderos hidrotermales y filtraciones frías, que se alimentan de huesos de ballena como si se tratara de un hábitat similar”, indica el experto.
La diversidad de especies en esta última etapa es mayor que la de cualquier otra comunidad de fondos marinos profundos que conozcamos, y esta etapa “sulfofílica” (o afín al azufre) puede durar décadas.
Se cree que los cadáveres de ballenas son los mayores aportes orgánicos que llegan al fondo oceánico profundo en un solo evento.
El bioma extendido de sus cuerpos puede albergar hasta 407 especies, lo que contribuye “fundamentalmente” a la biodiversidad de las profundidades marinas, según los expertos.
Esto es ligeramente menos que en un respiradero hidrotermal (donde el agua calentada geotérmicamente escapa de las fisuras del fondo oceánico), que puede albergar hasta 469 especies; pero es mucho más que en una filtración fría (donde sustancias químicas ricas en energía, como el sulfuro de hidrógeno y el metano, escapan de grietas del fondo oceánico), que puede albergar hasta 230 especies.
Organismos especializados han evolucionado en los cuerpos de las ballenas durante millones de años, desde la aparición de estas grandes bestias oceánicas.
Actualmente, según los expertos, los cadáveres de ballenas deberían considerarse una fuente de “novedad evolutiva y biodiversidad en las profundidades marinas”.
Pero en algunos casos esta progresión natural de descomposición, desde la superficie hasta las profundidades oceánicas, se ve interrumpida.

Un solo cadáver de ballena puede albergar a cientos de especies en las profundidades del océano.
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Durante el último siglo, la caza industrial de ballenas ha diezmado las poblaciones de estos cetáceos.
En un solo siglo el mundo fue testigo de probablemente la mayor matanza de cualquier animal, en términos de biomasa, en la historia de la humanidad, según un informe de Nature.
Casi tres millones de ballenas fueron asesinadas, devastando las poblaciones mundiales de la especie.
Los cadáveres fueron despojados de grasa y carne, se les extrajeron las barbas y los dientes, y la cabeza fue partida en piezas de valor.
Los restos fueron abandonados para que se descompusieran en aguas poco profundas o se dejaron esparcidos por las orillas. A menudo, no quedaba nada en absoluto.
Dawson tomó estas fotografías frente a la costa de Tasiilaq, una ciudad de unos 2.000 habitantes ubicada aproximadamente 106 km al sur del Círculo Polar Ártico.
Aquí los groenlandeses viven en un entorno salvaje y hostil donde la agricultura está severamente limitada, afirma la Comisión Ballenera Internacional (CBI), la organización intergubernamental que regula la caza de ballenas.
Esto significa que los indígenas groenlandeses siguen dependiendo de los recursos marinos, incluida la caza de subsistencia permitida de ballenas.
Los cazadores arrastran sus capturas hasta la orilla en las flenseplassen o “zonas de desollamiento”, explica Dawson.
Las familias se reúnen para despellejar y extraer la grasa y la carne, dejando los cadáveres solos. Luego, la marea arrastra los esqueletos de vuelta al agua.
Las ballenas minke son las ballenas barbadas más pequeñas. Se consideran abundantes y se encuentran en todo el mundo, desde los trópicos hasta las regiones polares.
De esta población estable, un promedio de nueve ballenas minke mueren cada año en el este de Groenlandia.
Incluso capturas tan pequeñas como esta pueden afectar a los ecosistemas oceánicos profundos, ya que las fosas poco profundas privan al fondo marino de nutrientes vitales.
A medida que las poblaciones de ballenas continúan luchando por sobrevivir, se informa que la disminución del número de cadáveres ha reducido la biodiversidad de los ecosistemas de aguas profundas y probablemente ha contribuido a la extinción de especies incluso antes de que supiéramos de su existencia.
“Aún vivimos en una época de muy baja población de ballenas”, afirma Rouse.
“Por lo tanto, probablemente haya muchos menos esqueletos de ballenas en el fondo marino que antes”, agrega..
“Lo que me sorprendió es que aún hoy vemos ecosistemas prósperos de cadáveres de ballenas. Pero ¿perdimos algo con una disminución tan catastrófica de las ballenas? No lo sabemos”.














