viernes, marzo 6

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Uno de los principales malentendidos que habría que despejar sobre «Kiss All the Time. Disco, Occasionally», el cuarto disco de Harry Styles, es la idea de que se trata de un álbum de música electrónica. No es house ni techno, no es EDM ni dubstep ni jungle. El primer sencillo, “Aperture”, con su bombo punzante y sus texturas sintéticas, parecía insinuarlo. También ciertas declaraciones del propio Styles sobre el impacto que le causó ver en vivo a LCD Soundsystem. Pero el álbum, escuchado con paciencia, no suena todo a LCD Soundsystem ni a Daft Punk. Conviene desmenuzarlo con algo más de calma.

Uno de los principales malentendidos que habría que despejar sobre «Kiss All the Time. Disco, Occasionally», el cuarto disco de Harry Styles, es la idea de que se trata de un álbum de música electrónica. No es house ni techno, no es EDM ni dubstep ni jungle. El primer sencillo, “Aperture”, con su bombo punzante y sus texturas sintéticas, parecía insinuarlo. También ciertas declaraciones del propio Styles sobre el impacto que le causó ver en vivo a LCD Soundsystem. Pero el álbum, escuchado con paciencia, no suena todo a LCD Soundsystem ni a Daft Punk. Conviene desmenuzarlo con algo más de calma.

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Tras el lanzamiento de «Harry’s House» y la gira planetaria que lo acompañó, Styles desapareció. El exintegrante de One Direction —que desde los quince años prácticamente no había conocido otra cosa que el ruido de la fama— buscó el silencio en viajes sin destino fijo por Europa y terminó por reencontrarse consigo mismo en las discotecas de Berlín. Ese ambiente nocturno, de experiencias colectivas casi anónimas, fue la semilla de estas nuevas canciones: bajos de sintetizador más cortantes, secuencias programadas como las de “Taste Back”, patrones rítmicos más insistentes. Y sin embargo, aunque Styles hubiera reemplazado por completo la paleta de soft rock y pop caramelo de sus trabajos anteriores, este álbum seguiría sonando, en su médula, como un disco de Harry Styles. Hay una persistente melancolía incluso en sus momentos más dinámicos, de la que rara vez puede escapar.

Este concierto es la primera actuación en vivo de «Kiss All the Time. Disco, Occasionally.», el cuarto álbum de estudio del cantante británico Harry Styles (Foto: Netflix)

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Una de las primeras cosas que sorprende es su decisión de mantener las emociones en clave baja. Donde otros cantantes pop buscarían el gesto efectista —el agudo arrasado, el belt espectacular—, Styles opta por lo contrario: un registro cada vez más contenido. Sus melodías son sencillas, construidas sobre cuatro o cinco notas, sin grandes saltos ni exhibicionismo vocal. El resultado son canciones discretas que se instalan en la memoria sin jamás intentar explotar. Quizá, a ratos, se echen de menos esas explosiones. Algo similar ocurre con los ganchos: no hay aquí un equivalente inmediato al sintetizador de “As It Was”. El álbum parece renunciar deliberadamente a ese tipo de impacto instantáneo, y esa renuncia lo uniformiza: le otorga carácter, aunque a costa de cierto brillo.

Varias canciones se sostienen sobre una monotonía hipnótica cercana a la lógica de la música de baile: más que una frase tarareable, importa el groove, ese pulso que empuja al cuerpo antes de llegar a la mente. “Ready, Steady, Go” es uno de los momentos donde la influencia de LCD Soundsystem se vuelve más nítida. “Dance No More” es otro destacado bailable, que remite a algunos pasajes de Prince o a algún descarte del Off the Wall de Michael Jackson. Y “Are You Listening Yet?” ofrece la primera gran sorpresa del disco: su patrón de batería parece un cruce improbable entre el dembow del reguetón y una batucada brasileña, insinuando una de las ideas que atraviesan el álbum entero. La del baile como pequeña liberación nocturna, como forma de escape frente al ruido del mundo.

«Harry Styles. One Night in Manchester.» es un concierto que celebra el lanzamiento del álbum «Kiss All the Time. Disco, Occasionally.» (Foto: Netflix)

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Las letras, como buena parte del disco, rehúyen la interpretación. Rara vez habían sonado tan desligadas de un significado claro. Son frases que no parecen hilvanar una narrativa, menos un relato. Son casi fonéticas seductoras que parecen preferir el hermetismo a la confesión. Quienes busquen pistas autobiográficas —la revelación de un desamor o algún diss dirigido a alguien que lo dañó— saldrán con las manos vacías.

Hay momentos luminosos, sobre todo en los medios tiempos. “The Waiting Game” y “Coming Up Roses” —esta última con violines, cellos y arreglos de orquesta— exploran una veta sinfónica que Styles no había trabajado con tanta claridad hasta ahora. La semi acústica “Paint by Numbers” regresa al rock californiano setentero de su primer disco, con leves ecos de Tom Petty, y funciona como antesala perfecta para el cierre. “Carla’s Song” es un final particularmente logrado: «a través de tus ojos, fascinado, hay melodías que llegan como una marea, canta de manera casi catártica, mientras el ritmo muta de un pulso en cuatro por cuatro a un galope que empuja la canción hasta la última nota.

El balance es aprobatorio, aunque el disco se siente más como una transición que como un gran statement. Su vocación discreta —como si evitara agitar demasiado las aguas— conspira un poco contra las posibilidades de repetir los grandes éxitos del pasado. Se echa en falta algo de frenetismo. Pero quizá tampoco sea esa la ambición. Styles ya no parece necesitar demostrar nada ni conquistar nuevos picos de popularidad. Su decisión de no salir esta vez a recorrer el mundo con una gira masiva, sino presentarse en ciudades puntuales bajo el formato de residencias, sugiere a un artista en proceso de recuperación, todavía digiriendo el agotamiento de la última vuelta al mundo. “Kiss All the Time, Disco, Occasionally” es, en ese sentido, un disco de repliegue terapéutico, menos interesado en conquistar la pista que en encontrar, dentro de ella, un lugar donde respirar.

Calificación: 3.5 estrellas de 5.

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