De las torpezas y exabruptos del presidente colombiano Gustavo Petro, que buscan crear un diferendo limítrofe con el Perú, allí –la isla Chinería– donde más bien existe un firme tratado bilateral, jurídica e históricamente reconocido, debemos extraer, fronteras adentro, unas cuantas lecciones sobre lo que debe ser, para nosotros, un innovativo manejo territorial.
Por lo mismo que nunca van a faltar los liderazgos despistados del estado de derecho, que propugnen, como lo hace Petro, el desconocimiento de tratados y demarcaciones, el Perú debiera ser no solo un celoso guardián de sus fronteras, sino un impulsor moderno y estratégico de sus polos de desarrollo y de intercambio social, económico y comercial involucrados.
No olvidemos que las zonas de frontera son espacios sociales, políticos, económicos y culturales altamente sensibles, por lo que los esfuerzos de paz, integración y desarrollo juegan un papel clave en la disminución y eliminación de conatos de desconfianza y tensiones.
Generalmente no hay tratado de paz y límites que el Perú haya suscrito con sus vecinos que no establezca expresas voluntades de las partes de abocarse a sus respectivos compromisos de desarrollo binacional, como el proyecto de irrigación Puyango-Tumbes, el restablecimiento del servicio del ferrocarril Arica-Tacna, el funcionamiento de una comisión permanente de integración fronteriza Perú-Colombia, las buenas relaciones transfronterizas entre las regiones peruano-brasileñas y la cooperación bilateral con Bolivia para combatir el contrabando, el narcotráfico y la minería ilegal, entre otras cosas.
¿Pero qué hacemos con voluntades expresas puestas en el papel si en el tablero de acción del Gobierno y el Estado no tenemos claramente definida una política territorial y cuando lo que tenemos a la vista, como estructura física, nos muestra una fragmentación territorial descomunal, tan dramáticamente preocupante como la fragmentación política?
¿Cuándo vamos a pensar seria y responsablemente en la urgente necesidad de poner fin a la fragmentación del territorio nacional en 25 regiones (basadas sobre la arcaica división del mismo número de departamentos) y a la fragmentación de Lima, la capital del país, en más de 40 distritos que rompen en añicos, en superposición de intereses y funciones, el orden básico urbanístico, vial y demográfico de una metrópoli con casi 11 millones de habitantes?
Estamos condenando al Perú a una fragmentación territorial cada vez mayor, en términos regionales, metropolitanos, provinciales, distritales y de micro balnearios y caseríos, no únicamente con una pérdida millonaria de presupuestos públicos y privados, mal gestionados y por consiguiente mal gastados, sino además con una pérdida total de perspectiva geopolítica en el manejo de recursos mineros, agrícolas, pesqueros, forestales y de biodiversidad, de cara a los grandes mercados del mundo.
Cualquier mirada puesta en el 2026 nos proyecta el encuentro inevitable con las pesadillas de la fragmentación territorial y la fragmentación política como dentaduras de una tenaza orientada a morder todas las posibilidades de gobernabilidad del país.
Como bien que brota del mal, las desafiantes provocaciones de Petro nos dan a los peruanos la oportunidad de reflexionar sobre lo que tenemos pendiente: la construcción de un moderno y estratégico manejo territorial nacional, que no lo hemos tenido en más de 100 años.


![Iván Meini, abogado de Alberto Pascó-Font: “Las irregularidades [en la Interoceánica Sur] no se dieron durante la contratación, se dieron con las adendas y arbitrajes.” Iván Meini, abogado de Alberto Pascó-Font: “Las irregularidades [en la Interoceánica Sur] no se dieron durante la contratación, se dieron con las adendas y arbitrajes.”](https://i0.wp.com/elcomercio.pe/resizer/v2/AIQVHNG53RCFZFDFCC6ZZOBURM.jpg?auth=2a6bd2f02c861896dd99568390d8b0d38043f352a61b95e5bcfad7de48df4c3e&width=980&height=528&quality=75&smart=true&w=1024&resize=1024,1024&ssl=1)










