No sabe si volverá al humor, ni si ese adiós será definitivo o apenas una pausa larga, de esas que solo el destino —o Dios, como dice él— termina de escribir. Lo único que Carlos Álvarez tiene claro es que el 10 de enero baja del escenario con el mismo vértigo con el que, hace 42 años, se subió por primera vez sin planearlo. Esta vez no hay libreto ni remate final: hay país.
“No sé qué me depara el destino o Dios, pero creo que el fin supremo es el Perú”, señala. El humorista que durante décadas desnudó a los políticos con la risa ahora camina hacia ellos sin máscara. Se despide de su carrera artística para iniciar otra más áspera, ingrata y peligrosa: la política. Ya no como observador mordaz, sino como candidato presidencial por País para Todos.
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Lo entrevisté cuando aún era precandidato. Hoy, el tono ha cambiado. No la convicción, pero sí el peso.
—¿Qué te hizo sentir que este era el momento para postular y no otro?
“Siempre he hecho política con mi trabajo, con el humor político, y como ciudadano. Lo único que no había hecho era política partidaria”, responde.
“La política es un camino tortuoso, un Gólgota. Es sucia. Lamentablemente se ha convertido en un lodazal donde se pierden los buenos deseos y las mejores intenciones de muchísima gente valiosa que decide no entrar porque lo que prima es la guerra sucia, el golpe bajo, las bajezas, las campañas de letrina. Todo eso desplaza a las propuestas, a los argumentos, a las buenas intenciones de quienes, con un buen equipo, podrían hacer grandes cosas”, asiente.
A los 61 años, Álvarez no se presenta como un político tradicional. Insiste en definirse antes como ciudadano y artista. “El tiempo destruye el cuerpo, pero construye el alma”, reflexiona. Sabe que la contienda es desigual, que enfrente hay mafias, corrupción enquistada, golpes bajos. Pero también sabe —o quiere creer— que hay una mayoría silenciosa esperando algo distinto.
“No me voy a disfrazar de político”, advierte. “Soy humorista. Así me gané la vida durante 42 años, de manera honesta, sin robarle un centavo a nadie”. Lo que más le preocupa no es perder una elección, sino decepcionar a la gente.
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Durante años imitó a presidentes, ministros, dictadores y caudillos. Ahora será él quien camine “del otro lado del espejo”. Se ríe de sí mismo. “Narizón, cejón, chato, De repente ahora me imitan a mí, y no hay problema: no hay que ser picón, menos en política”, enfatiza.
Pero el humor, esta vez, queda en segundo plano. “Esto no es un sketch”, aclara. “Es el compromiso más serio de mi vida”.
Cuando habla de lo que quiere para el Perú, no enumera consignas grandilocuentes. Empieza por lo elemental: no robar, rodearse de gente limpia, leal, capaz. “Si no amas a tu país, ¿para qué te metes en política?”, pregunta, casi como un reproche colectivo. Y recuerda a Aristóteles: la política como búsqueda del bien común, ese bien que —dice— ha sido secuestrado por décadas.
Álvarez sabe que muchos no le perdonan ser artista. Que hay quienes reducen su candidatura a una excentricidad. Él devuelve la pregunta: “¿qué han hecho, entonces, los políticos con títulos y pergaminos? Están presos, investigados, perseguidos por la justicia. Es un pésimo mensaje para los jóvenes”.
Su autoridad, insiste, no viene de una universidad, sino de haber recorrido como artista mercados, cárceles, hospitales y pueblos olvidados.
“No voy a gobernar desde un escritorio, sino desde la realidad. No entiendo por qué se discrimina a un artista, por qué no podría conducir un país con un buen equipo. No tengo experiencia en gestión de gobierno, pero tampoco soy responsable del desastre que ha dejado la clase política durante décadas. La política debería ser ejemplo de honestidad y trabajo, pero está llena de corrupción. Eso tiene que cambiar en el Perú”.
Mirada crítica
Consultado por el momento político actual y la gestión del presidente Jerí, Álvarez reconoce el impacto del discurso, pero advierte que los eslóganes no bastan cuando la violencia y la corrupción siguen marcando la vida cotidiana del país. Para él, el verdadero termómetro no es la narrativa, sino los resultados.
“Me parece bien el eslogan de El Perú a toda máquina, pero ojalá sea un Perú a toda máquina contra la corrupción y la delincuencia, peruana y extranjera; un Perú a toda máquina donde los niños no tengan anemia, donde haya escuelas decentes, hospitales abastecidos y donde se pacifique el país. Que no se quede a media máquina. La delincuencia sigue como un cáncer, haciendo metástasis, y un presidente no puede decir que no va a perder, pero tampoco va a ganar. Yo voy con todo: aquí se trata de la vida de los peruanos”.
Risa en pausa
El costo personal de dejar el humorismo tras más de cuatro décadas de trayectoria es alto. Álvarez, lo reconoce sin dramatismo. “Amo mi carrera, amo ser artista. Trabajamos con el alma”. Por eso su despedida del 10 de enero se llama “Un comercial y regreso”. Una frase heredada de Augusto Ferrando, su padre artístico. Una frase que también es una duda. Ferrando no regresó. Álvarez no lo sabe.

“Despedirme de mi carrera artística para entrar en la arena política —que es un camino sucio y enlodado— no es fácil. Hacer a un lado mi carrera es penoso, pero el objetivo final es hermoso para mi país. Tengo sentimientos encontrados: no sé si esta despedida será momentánea o definitiva. Pero no lo llamo sacrificio; lo llamo deber”, enfatiza.
Es un deber incómodo, sucio, lleno de ataques que —advierte— no responderá. “Yo no contesto basura”. Confía en que el elector sabrá distinguir entre propuestas y guerra de cloaca sobre todo a aquellos dardos dirigidos a su vida privada.
“La guerra sucia es el recurso de los políticos tradicionales. Cuando no pueden decir que uno es ladrón o corrupto, se meten con la vida privada y la familia, y eso es una bajeza. En cuatro paredes la vida de cada ser humano es su vida y punto; pero no, ellos son intocables. Confío en que el elector sabrá valorar propuestas y no la cloaca política. Si me calumnian o me atacan, no voy a responder: yo no contesto basura”, aclara.
El 10 de enero, en la Estación de Barranco, volverán algunos personajes. Pinochet, Mercedes Sosa, Bachelet, Chávez, el general Desaire. Será una noche de risas, pero también de cierre. Dos funciones antes de entrar a una campaña que él mismo define como franciscana, sin grandes recursos ni compromisos con poderes económicos.

“Quizá mi soledad sea mi fortaleza. Si tengo que hacer un mitin con un reflector y un tabladito, lo haré, porque a mí no me van a comprar. No tengo dinero, pero tengo a mi gente y a mi equipo de trabajo, y con eso construyo mi estrategia”, dice.
Esa lógica de “austero y sin privilegios” también la quiere trasladar al terreno más delicado: su seguridad personal. Álvarez anuncia que rechazará el resguardo policial que el Estado asigna a los candidatos presidenciales y plantea que esos agentes deben estar donde hoy faltan: en las calles, cuidando a los ciudadanos.
“Quiero hacer público el rechazo de la seguridad personal que me está dando el Estado. Hablé con ellos para decirles que no la aceptaré. De mi seguridad personal me encargo yo. No soy de la idea de quitarle un policía a la gente que está en la calle: el ciudadano a pie tiene derecho a estar seguro. Que esa policía cuide a la ciudadanía y no a los candidatos. Yo pago mi seguridad con mi propio peculio”, afirma.
Al final de la entrevista, el humorista deja en claro que para él esto no es teatro ni un sketch cómico. “Es el país”.
Y mientras baja el telón del humor, queda flotando una pregunta que no necesita respuesta inmediata: ¿puede un comediante tomarse en serio el poder sin perder el alma? Carlos Álvarez está dispuesto a averiguarlo.
Además…
“Un comercial y regreso” se presentará este 10 de enero en La Estación de Barranco, con dos funciones: 8:00 p. m. y 10:30 p. m. Las entradas ya están a la venta en Ticketmaster.














