miércoles, agosto 19

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Nayarit Colmenares vivía en el piso 4 de un edificio que se desplomó en La Guaira, al norte de Venezuela. (Cortesía de Nayarit Colmenares).

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Las descripciones de esta historia pueden resultar perturbadoras para algunos lectores.

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Nayarit Colmenares estuvo sepultada dos días. Cegada por la oscuridad, olía cemento, pintura y gas. Al escuchar el agua que se escurría por los escombros, pensaba que se ahogaría. Y cuando tanteaba su entorno, se cortaba con puntas afiladas que no podía ver.

Un calor interno abrasaba el lado derecho de su cuerpo, que había quedado aprisionado. Aunque empujaba con todas sus fuerzas para liberar la mano y la pierna derecha, el peso que la aplastaba no se movía.

A las 7:00 de la noche del miércoles 24 de junio, sonó la alarma que había programado en su celular para hacer un curso de inteligencia artificial con su esposo Henry.

Gracias a esa alarma descubrió que había pasado cerca de una hora desde que el apartamento se les había venido encima.

Nayarit y Henry vivían en el piso 4 del edificio Palmar Este 1, ubicado en Caraballeda, una de las zonas de La Guaira más devastadas por los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que habían sacudido el norte de Venezuela a las 6:05 de la tarde

El edificio Palmar Este 1, donde vivían Nayarit y Henry, antes y después de los terremotos en La Guaira. (Cortesía Nayarit Colmenares).

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“El dolor era tan fuerte que pensé que me había fracturado el brazo”, recuerda la arquitecta, ilustradora y diseñadora venezolana sobre su mano dominante, con la que dibujaba y pintaba, tejía a crochet, preparaba bombones y hacía manualidades.

“Traté de imaginarme la luz y el cielo, como buscando irme…Irme sin dolor, tratando de decirle a Dios que ya no quería sentir más dolor”.

Cada vez que se orinaba encima, Nayarit se preguntaba cómo evitar la pérdida de líquido vital. “Tres minutos sin aire, tres días sin agua, tres semanas sin comer”, se repetía para calcular cuánto le faltaba para morir.

“Simplemente, me quedaba quieta porque me cansaba de tanto moverme. No podía dormir ni descansar. Mi cuerpo estaba en alerta extrema”, cuenta con una voz suave, como si la calma fuera la única forma posible de contar su experiencia.

Cuando su teléfono y el de su esposo repicaron, le sorprendió descubrir que tenía señal aunque no distinguía los aparatos envuelta en la oscuridad. Una vez que el silencio volvió a imponerse, Nayarit comenzó a gritar el nombre de Henry.

Nayarit es arquitecta e ilustradora, apasionada por el diseño. (Cortesía de Nayarit Colmenares).

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Desde que Nayarit y Henry se conocieron en bachillerato, nunca más volvieron a separarse. Tenían la misma edad, 39 años: 11 de casados y 14 como pareja. Además de su matrimonio, compartían un negocio en línea de venta de discos de vinilo.

Nayarit estaba segura de que en ningún momento había perdido la conciencia, así que intentaba recordar cada detalle del trayecto que había recorrido Henry cuando el apartamento empezó a temblar.

Él había salido de la cocina y había caminado hacia ella para abrazarla junto a la columna que estaba al lado del sofá. Pero el edificio se había inclinado tanto que Nayarit no entendía dónde podía estar Henry.

“Hubo un momento en el que estaba tanteando el entorno y sentí algo suavecito. Pensé que era un cojín porque estaba cerca de la sala y sentía la tela”, recuerda. “Pero en lo que empecé a tocar más abajo, sentí la pierna de mi esposo y me di cuenta de que no se movía”.

“Por una fracción de segundo pensé que podía estar vivo pero inconsciente. Cuando seguí el contorno de la pierna, ya empecé a sentir sangre y partes del cuerpo rotas. Ahí entendí que él ya estaba muerto”.

Nayarit se disculpa por el llanto y permanece en silencio para tomar aliento.

“Te amo, Henry”, recuerda que atinó a decirle a modo de despedida. “Y esperé a la muerte porque pensé que ya no iba a salir”.

Nayarit junto a su esposo Henry. (Cortesía de Nayarit Colmenares).

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Con cada réplica, más polvillo se desprendía de los escombros y Nayarit temía que todo se desmoronara. Hasta que tuvo acceso al mundo exterior a través del sonido.

“Empecé a escuchar un movimiento, como si estuvieran moviendo escombros arriba, muy lejos, como si los agarraran y me los lanzaran”. En ese momento comenzó a gritar pero nadie la escuchaba.

Con su mano izquierda, palpó el entorno para buscar otra forma de hacer ruido y descubrió un tubo de hierro fijo. Decidió golpearlo con un trozo de cerámica que había quedado suelto.

“Eso sí funcionó porque en algún momento, de tanto darle, escuché que alguien decía: ‘Sigue tocando, repica, repica’”. Aquella respuesta le inyectó fuerzas para seguir intentando, aunque el retumbe de los golpes bajo los escombros la dejaba aturdida.

Aquellos escombros estaban siendo removidos por un grupo de rescatistas de El Salvador, enviado a Venezuela por el gobierno del presidente Nayib Bukele.

“Supongo que afuera apenas se escuchaba un poco, porque ellos pensaban que yo estaba tocando una cucharita y realmente era un tubo de hierro de baño”.

Las voces de fuera se acercaron y se alejaron tres veces, según la cuenta de Nayarit. Cada vez que el silencio regresaba, ella temía que la abandonaran a su suerte.

“Cuando lograron abrir el hueco y escucharme bien, lo primero que hicieron fue decirme que eran los bomberos de El Salvador y que habían ido a rescatarme”, recuerda. “Una de las alegrías más grandes fue que ellos me dijeron literalmente: ‘De aquí no nos vamos a ir hasta que te saquemos’”.

Los rescatistas de El Salvador trabajaron durante siete horas para despejar los escombros y sacar a Nayarit debajo de las ruinas. (Cortesía de Nayarit Colmenares).

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Los rescatistas salvadoreños abrieron espacio para que uno de ellos entrara de cabeza, mientras otros lo jalaban desde arriba por los pies.

“Él me decía: ‘Impúlsate con tu pierna izquierda’… Pero la pierna izquierda me temblaba. Yo quería salir de ahí con todas mis ganas y lo intenté, pero lo más que podía hacer era moverme como una oruguita, poquito a poquito”.

Cuando hubo espacio suficiente para que la luz penetrara a través de los escombros, Nayarit se dio cuenta de que había quedado atrapada en el baño de un apartamento vecino.

Lo más difícil de su rescate, que se prolongó durante siete horas, fue sacar el brazo que había quedado debajo del cuerpo de Henry.

Videos grabados por rescatistas y espontáneos muestran el momento en el que Nayarit salió de los escombros acostada boca abajo en una camilla, con la dos manos hacia adelante.

Cuando los bomberos le dieron la vuelta, ella se sorprendió al comprobar que decenas de personas la rodeaban. “El momento en el que salí, sentí la brisa y pude respirar un aire que no fuera polvo. Eso me alivió mucho”.

Después de perder a Henry, solo deseaba ver a su familia. “Si yo moría allí a causa de mis heridas, iba a morir feliz porque al menos no estaba sola. Estaba fuera, respirando aire y viendo el cielo”.

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