Contemplar al mejor del mundo implica una solemnidad que no se disfruta hasta horas después, producto de la impresión sobrenatural que genera tenerlo tan cerca. La alegría, más espontánea, brota sencillo. Como cuando Paolo Guerrero, una figura más terrenal en Alianza Lima, reafirma que, pese a sus 42 años, sigue siendo todavía más que un buen recuerdo.
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Porque en la Noche Blanquiazul que terminó siendo tarde, en la noche que perdió expectativa por escándalos extradeportivos, en la noche que hubo que hacer desfilar a todo el plantel en grupo y se desestimó la presentación uno por uno para evitar el escarnio de su propia hinchada, en esa noche que parecía desacreditada y fría; Paolo, el incansable, firmó un pacto de paz sentimental imaginario –y emotivo– con el hincha de Alianza Lima.
Lo firmó con un doblete hermoso. Primero con un cabezazo de titán en el que dejó a Mura y Falcón como conos; y luego con una definición soberbia, a primer toque, muy similar al último gol de Messi, el genio, con Argentina ante Perú en el 2023, en Lima.
Alianza, más compacto, más sólido que un Inter Miami acomplejado por la dependencia de Messi; terminó siendo superior de a poquitos. Con Jairo Vélez como el hombre orquesta, trepidante y preciso para hacer volar a Eryc Castillo o indicarle el camino a Advíncula. Así hasta que apareció Paolo y en cinco minutos marcó dos goles que ratifican su liderazgo, su jerarquía y la imposibilidad de no aplaudirlo como la figura de la cancha aunque apenas metros más allá esté el mejor del mundo.
—La noche de Messi—
Del argentino, ya con 38 años, se vio poquito. Pero suficiente para comprender que alguna vez, hace no mucho, fue un extraterrestre. Contemplarlo en Matute, más de carne y hueso que póster, nos hizo dar cuenta de que todos –sin excepción– padecemos el paso del tiempo.
Aún con amagues inexplicables desde la física, como el que le metió a Jesús Castillo para triturarle la cintura, o con pases milimétricos que solo él ve posible, el Messi que todos vimos ayer en Matute fue una versión más de museo. Una oda a la nostalgia de tener cerca al que alguna vez fue imparable y hoy desfila como una pieza invaluable de museo.
Es, finalmente, Messi. Si no que lo diga Alan Cantero, que acabado el partido fue corriendo a buscarlo para enseñarle su tatuaje en la pierna y decirle “que lo amaba”, y que luego de declararle su amor y tener su camiseta, se la pusiera de inmediato para evitar el riesgo de que alguien se la quitara.

Messi sigue siendo y será siempre el ídolo de nuestras figuras, el genio que por octava vez llegó a Lima y que por primera vez empaquetará entre sus cosas en la maleta el recuerdo de la derrota. Mientras, en Alianza Lima, Paolo, aunque su apellido no lo diga, se convirtió en la figura que sentó las bases para amistarse y empezar de nuevo.
Luego vino Luis Ramos para sentenciar un 3-0 inolvidable. Una goleada al mejor del mundo en el momento que más se necesitaba. En la noche que terminó siendo tarde, pero que dejó a todos contentos. A todos, menos al ocho veces Balón de Oro. Y eso ya es bastante.
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