Uno de los relatos más emotivos que se hayan escrito sobre la muerte de un perro le pertenece a la estadounidense Lydia Davis, que sintetizó el asunto en menos de 80 palabras: “El perro ya no existe. Lo echamos de menos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos del trabajo por la noche, nadie nos está esperando. Seguimos encontrando sus pelos blancos por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos una loca esperanza: si recogemos los suficientes pelitos, tal vez podamos armar el perro de nuevo”.
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De ese difícil proceso de duelo también se ocupa Julia Navarro (Madrid, 1953) en “Cuando ellos se van”, un libro en el que reflexiona sobre la muerte de su perro Argos y todo lo que ello implica: el hondo pesar que trae extrañarlo, la transformación de las rutinas, el dilema entre no querer sufrir nunca más por un perro y darle la bienvenida a otro, y más. De eso conversamos con ella a través del Zoom.
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― Un tema que cruza todo el libro es el dolor y la indignación por el maltrato a los perros, a los animales en general. ¿El ser humano es naturalmente cruel con ellos?
De todos los animales que habitamos el planeta, el hombre tiene unas cualidades que no tienen otros. Por ejemplo, hablamos. Eso nos da una ventaja sobre otras especies, y las miramos con una enorme superioridad. Esa superioridad se manifiesta en cómo tratamos a animales que incluso nos han acompañado desde principio de los tiempos. Porque los hombres y los perros han caminado junto desde los albores de la humanidad. No se puede explicar nuestra historia si no es también en compañía de ellos. Lo que yo creo es que esa mirada arrogante que tenemos los seres humanos sobre los animales es lo que se debería de modificar. Y eso solo se puede modificar a través de la educación, enseñándoles a los niños desde que empiezan a andar que deben tener respeto por esos animalitos. Que los tiene que tratar bien. Que los animales son seres que no hablan, pero que sí sienten.
― Pero hay muchas personas que se indignan si uno equipara los derechos de los animales con los derechos del ser humano…
Sí, es para justificar el maltrato y la suficiencia con la que se les trata. Yo insisto en que los perros han acompañado a los hombres desde el principio de los tiempos. Y evidentemente no se puede equiparar. Somos seres vivos diferentes, que jugamos roles diferentes en este planeta. Pero sabemos que sienten. y por tanto tienen que ser tratados con respeto. A mí me parece que son muy simples las personas que piensan que por tratar a un animal con respeto estamos haciendo una equiparación con los seres humanos. Todos ocupamos un lugar diferente dentro de ese magma, en este gran misterio que es la creación. Pero eso no significa que tengamos que maltratar al resto de seres.
― ¿Qué opina de la compra de mascotas, del comercio de animales? ¿No le parece una mejor opción adoptar?
El comercio de animales y los criaderos de perros existen porque hay demanda. Hay gente que busca un cachorrito y lo quiere con ciertas características, pero yo prefiero siempre aconsejar que se adopte. No se trata de un capricho o un juguete: si de verdad quieres tener como compañero de un tramo de tu vida a un perro, adóptale. Hay miles y miles de perros en todo el mundo solos, abandonados, que han sufrido maltrato, que están esperando que alguien les abra las puertas de su casa. No hay un ser más agradecido que un perro, y los perros adoptados son de una fidelidad asombrosa. Porque también nos adoptan a nosotros. Yo ahora tengo una perrita adoptada, Barbie, que me sigue a todas partes. Y en su mirada veo agradecimiento, aunque soy yo la que le agradezco que forme parte de mi vida y que me regale tanto cariño.
― En su libro también plantea un recorrido por libros, películas y pinturas con perros como protagonistas. Y menciona al cuadro “Perros jugando al póquer”, de Coolidge, como una obra que le desagrada.
Es que no me gusta. Entiendo que es un genio de la pintura, pero no me gusta porque los perros no son así, se les está trasladando una práctica que no es suya, algunos vicios humanos. Seguramente ese cuadro se considera una genialidad, pero a mí me produce un enorme rechazo. Si alguien me lo regalara, probablemente lo rechazaría; me produciría tal inquietud que no lo podría tener. Lo veo como un intento de que los perros representen lo peor que hay en el ser humano, y eso no me gusta.

― Es rara la tendencia a humanizarlos, ¿no?
Es que tampoco estoy segura de que se les humanice. Creo que quienes hablan de humanizarlos son aquellas personas que nunca han tenido un perro. O cuya visión de los perros es la de un objeto, no un ser vivo. Entonces cuando ven que alguien trata con cariño y respeto a un perro, dicen que lo humaniza. No, no, lo que no estoy haciendo simplemente es maltratarlo o abusar de mi superioridad física. Lo que sí es cierto es que a mí hay cosas que me parecen muy ridícula y que me parecen maltrato. Esas personas que los llenan de lazos, o los ponen en cochecitos de niño pequeño… puedo entenderlo si el perro está paralítico y no puede andar. Pero hacerlo como si se tratar de un bebé me parece una manipulación y una utilización que a mí me resulta insoportable. Como me resulta insoportable cuando leo que hay actrices que contratan a grandes modistos para que les hagan un jersey o un abrigo a sus perritos. ¿Pero esto qué es? ¡Están jugando de la peor manera posible con este ser vivo!
― ¿Y no siempre siente que hoy se prefiere más a los gatos que a los perros? ¿No será un deseo de no generar compromisos y apegos?
Yo voy a hacer aquí la lectura positiva: hay personas que quieren la compañía de un animal, pero su trabajo o tipo de vida les impide ocuparse de un perrete. Entonces me parece bien que los acompañe un gato. Porque si tú no puedes dedicarle la atención y el tiempo que requiere a un perro, si lo vas a tener desde las 8 de la mañana sin salir de casa hasta que regreses por la noche, eso es una tortura. Así que no me parece mal que esas personas se hagan acompañar de un gato. Son más independientes, les puede dejar todo el día solos porque se organizan la vida. Y son también parte de la compañía de vida de los hombres. Ahora, te voy a dar un dato: en España actualmente nacen más perros que niños. Porque es verdad que vivimos en una sociedad cada vez más egoísta, egocéntrica, que no quiere tener compromisos. Y hacerte cargo de un hijo es compromiso tremendo.
― ¿Qué opinión le merece el presidente argentino Javier Milei, que clonó a su perro y generó cinco copias idénticas?
Me sobrecoge. Ojalá las personas y los seres a los que queremos no desaparecieran nunca. Pero el ciclo de la vida es así. A mí me gustaría que Argos no se hubiese ido, que Tifis no se hubiese ido. Pero no los habría clonado. A lo mejor aquello que hoy nos parece antinatural en 50 años sea lo normal. Pero ahora mismo me produce inquietud y rechazo, pese a que está muy de moda. Hay gente en Silicon Valley que invierte millones de dólares en laboratorios que persiguen la eternidad. Pero bueno, a mí lo de jugar a ser dioses no me gusta.
― Entiendo que cada quien vive el duelo a su manera, pero ¿qué consejo podría darle a alguien que acaba de perder a un perro?
Cuando yo nací en casa de mis abuelos, había una perrita San Bernardo. Desde entonces, nunca en ninguna etapa de mi vida he estado sin un perro a mi lado. Siempre me han acompañado. Pero esta ha sido la primera vez que un perro muere en mis brazos. Y no supe gestionar esa situación, me afectó muchísimo. Argos ya no podía andar, no comía, no bebía, y yo me empeñé en que tenía que seguir viviendo. Me pasé la Semana Santa del 2024 yendo de veterinaria a veterinaria con la esperanza de que alguien me dijera “no te preocupes, se va a salvar, va a volver a correr”. Pero en todos lados me decían lo mismo: “no tiene remedio, déjale irse”. Una doctora se sentó en frente de mí y me dijo “Julia, Argos se quiere ir. No lo retengas. Déjalo que se marche”. Me decían que podía ser cuestión de 3 días, 5 días, una semana. Pero estaba sufriendo. Entonces al final se trataba de ponerle la famosa inyección. Y yo que siempre he creído que algunas cosas las tenía claras, como la eutanasia, de repente tuve que tomar la decisión y fue para mí una convulsión. Argos murió en mis brazos mientras yo le daba besos y le decía lo mucho que lo quería y le daba las gracias por haber compartido 13 años y medio de su vida con nosotros, con mi familia. Cuando cerró los ojos, no supe cómo gestionar todo eso. Tomé una decisión para la cual creía que estaba preparada, pero fue evidente que no lo estaba. Argos ya no está y ya no sé qué hacer. En ese momento estaba escribiendo una novela, pero no fui capaz de seguir escribiendo. Al final, creo que ha sido terapéutico escribir este libro en específico. Hoy tengo las fotos de mis perretes en casa. La de Argos está en mi escritorio. Lo veo y hablo con él. Así como hablo con Barbie, que ahora me acompaña.
TRES LIBROS
Para despedir al mejor de los amigos
- En “Última voluntad y testamento de un perro distinguidísimo”, Eugene O’Neill traza una bella elegía dedicada a su dálmata Blemie, escrita desde el punto de vista del perro.
- El filósofo francés Jean Grenier ve su pensamiento y teorías desafiadas tras la pérdida de su amado Taïaut y escribe “Sobre la muerte de un perro” como un intento de honrar su memoria.
- Uno de los textos más sentidos dedicados a una mascota es el de Claude Duneton en “La perra de mi vida”, un relato que mezcla el amor animal con temas universales.











