sábado, enero 24

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La obra de Francesco Mariotti nunca partió de una pregunta estética en sentido estricto, sino de una inquietud más urgente: para qué sirve el arte y a quién le habla. Nacido en Berna en 1943, pero formado vitalmente entre Europa y el Perú, Mariotti entendió muy temprano que el museo no podía ser el único destino posible de una obra. Había que salir, convocar, provocar encuentros. Hacer del espacio público un laboratorio.

La obra de Francesco Mariotti nunca partió de una pregunta estética en sentido estricto, sino de una inquietud más urgente: para qué sirve el arte y a quién le habla. Nacido en Berna en 1943, pero formado vitalmente entre Europa y el Perú, Mariotti entendió muy temprano que el museo no podía ser el único destino posible de una obra. Había que salir, convocar, provocar encuentros. Hacer del espacio público un laboratorio.

Esa intuición se volvió acción concreta a su regreso al Perú, a inicios de los años setenta, luego de haber participado en la Documenta 4 de Kassel y en la Bienal de São Paulo. En julio de 1971, junto con Luis Arias Vera, organizó Contacta 71 en el Parque Neptuno: una convocatoria abierta que reunió a artistas, artesanos, músicos, poetas, grupos de teatro y curiosos. Un año después, Contacta 72 congregó a cerca de 250 mil personas en el Parque de la Reserva. El arte, como siempre lo quiso, había salido a la calle.

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Mariotti desconfiaba de la obra cerrada y del objeto autosuficiente. Su célebre “cubo luminoso”, presentado en Documenta 4 junto a Klaus Geldmacher, no buscaba ser contemplado, sino habitado. Construido con miles de bombillas, micrófonos y ventiladores industriales, funcionaba como un espacio de discusión en una Alemania todavía atravesada por las heridas de la posguerra. Así ocurrió también en obras como “Tomatl. El retorno del inmigrante”, que siguió las pistas del gesto artístico hasta sus fuentes materiales, las cuales reusaba para darles nueva vida y, de paso, mantener la coherencia con su propio discurso.

Ese mismo espíritu guiaría su trabajo en el Perú: los festivales Inkari en Cusco, su participación en el colectivo EPS Huayco, el diálogo con la cultura popular y el uso de materiales reciclados como forma de resistencia simbólica. Con María Luy —artista maldonadina, cómplice y compañera de vida— construyó una práctica artística profundamente colaborativa, en la que la autoría individual perdía importancia frente a la acción común.

Contacta 72, Parque de la Reserva (Lima). La convocatoria organizada por Mariotti reunió a artistas, artesanos, músicos y público general, consolidándose como uno de los hitos del arte experimental y participativo en el Perú

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A comienzos de la década de 1980, Mariotti volvió a instalarse en Suiza. El traslado no implicó un repliegue ni una clausura, sino un cambio de escala. Si en Lima y Cusco había trabajado con multitudes y convocatorias abiertas, en Europa su investigación se volvió más silenciosa y más precisa. Empezó a explorar materiales industriales, circuitos eléctricos y sistemas lumínicos que escapaban a la lógica del monumento y se acercaban a la idea de señal, de advertencia.

A partir de esa observación, desarrolló proyectos de intervención mínima en espacios degradados o abandonados, activando pequeños focos de luz que invitaban a pensar la relación entre tecnología, naturaleza y responsabilidad humana. Ese interés lo llevó a trabajar de manera sostenida con científicos, ecologistas y comunidades locales, alejándose deliberadamente del circuito tradicional del arte contemporáneo. “Lograr una convivencia entre ciencia, tecnología y equilibrio con el medio ambiente, como perspectiva para una sociedad futura, siempre ha sido una visión fabulosa”, dijo el artista en una entrevista con El Comercio en 2010.

El «Cubo Mágico- Proyecto Geldmacher-Mariotti» cumple 50 años desde su presentación (Difusión).

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En sus últimos años, parte de ese recorrido quedó reunido en la exposición “El pensamiento es un jardín híbrido. El archivo Mariotti-Luy (1964–2024)”, desplegada entre el MALI y el MAC de Barranco. Apenas una fracción de un archivo inmenso que hoy queda abierto a investigadores, artistas y público.

Francesco Mariotti vivió siempre entre dos continentes, sin pertenecer del todo a ninguno. Tal vez por eso su obra insistió tanto en el cruce, en lo híbrido, en la conexión. Murió lejos del ruido del mercado, pero cerca de aquello que lo obsesionó hasta el final: la posibilidad de que, incluso en estos tiempos oscuros, alguien —una persona, una idea, un movimiento— encuentre, al igual que él, una luz que lo guie.

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