Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Pese a los ataques recientes de Estados Unidos e Israel, la inteligencia de Washington ha concluido que el daño al programa nuclear de Irán ha sido limitado, lo que pone en duda la eficacia de la estrategia impulsada por el presidente Donald Trump para frenar el avance iraní en este ámbito clave. Ya el año pasado, los mismos países habían bombardeado con potentes proyectiles antibúnker las instalaciones físicas donde estaban las centrifugadoras de enriquecimiento de uranio y posiblemente los lugares donde se guardaban los 440 kilos de uranio enriquecido al 60% que posee la República Islámica.
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Antes de la llamada guerra de los 12 días de junio del año pasado, las agencias de inteligencia de Estados Unidos estimaban que Irán podría estar en condiciones de fabricar una bomba nuclear en un plazo de entre tres y seis meses, una vez que alcanzara el umbral crítico de enriquecimiento de uranio al 90%; es decir, el nivel necesario para uso militar.
Durante esa guerra, Estados Unidos llevó a cabo una serie de ataques selectivos contra instalaciones clave vinculadas al programa nuclear de Irán, en coordinación estrecha con Israel. La operación combinó bombarderos estratégicos como el B-2 Spirit con cazas de apoyo y misiles de precisión.

Un bombardero B-2 Spirit de Estados Unidos lanzando un misil JASSM. (Dominio público).
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El bombardeo de Estados Unidos en Fordow. (AFP).
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Según reportes, se emplearon bombas antibúnker de alta penetración, diseñadas para alcanzar instalaciones subterráneas fortificadas, así como municiones guiadas de precisión contra infraestructura crítica, incluidas plantas de enriquecimiento y centros de investigación asociados al ciclo nuclear.
Tras los ataques, tanto Estados Unidos como Israel ofrecieron evaluaciones inicialmente contundentes, señalando que se habían infligido “daños significativos” a la infraestructura nuclear iraní y que algunas capacidades clave habían sido degradadas. Sin embargo, análisis posteriores de inteligencia matizaron ese balance.
En la actual guerra iniciada el pasado 28 de febrero, los ataques de Estados Unidos e Israel se centraron en objetivos militares convencionales. Pero también se golpeó infraestructura nuclear clave, aunque sin la misma intensidad que los bombardeos del año pasado.
La clave de que el programa nuclear iraní no haya sido degradado por completo está en las reservas de uranio enriquecido que posee y que se cree permanece intacto.
Para los analistas consultados por Reuters, el programa nuclear iraní será frenado solo si se incautan o destruyen sus reservas de uranio altamente enriquecido. Mientras ese material siga disponible, Teherán conserva la base para avanzar hacia una bomba nuclear.
Daño limitado al programa nuclear iraní

Las instalaciones nucleares de Irán. (AFP).
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El analista internacional Roberto Heimovits explica a El Comercio que la guerra de junio del 2025 sí logró retrasar el avance nuclear iraní, pero solo de forma acotada. “Antes de esa guerra, Irán estaba a semanas, o meses, de poder obtener una bomba; lo que se logró fue alargar ese plazo a entre nueve y doce meses”, señala.
Sin embargo, sostiene que si se confirma que el daño en realidad es limitado y que Teherán tiene un retraso de un año para obtener la bomba atómica, el balance final de la actual guerra sería preocupante para Estados Unidos e Israel.
“Si esta nueva guerra no ha logrado alargar el plazo nuclear iraní, estaríamos ante una situación muy grave”, advierte.
“Esto sería un ejemplo de cómo numerosos éxitos tácticos —los bombardeos, la eliminación de líderes— no necesariamente se traducen en un éxito estratégico”, afirma Heimovits.















