Para muchos limeños, el verdadero clímax de las Fiestas Patrias llega el 29 de julio. El espíritu de la fecha no habita en los discursos de Palacio de Gobierno o del Congreso ni en el Te Deum, sino en el eco marcial que estalla cada año en la avenida Brasil. Es la gran parada y desfile militar (hoy cívico-militar), una tradición entrañable que se arraiga en el corazón de la ciudad. ¿Cómo era aquella celebración en la década de 1960?
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
A falta de tribunas para todo el público, muchos paraban a un lado de la pista central de la avenida Brasil con sus carromatos o camiones y allí, trepados como sea, veían el “espectáculo gratuito”. El bullicio era incesante, una mezcla de expectativa y alegría que se amplificaba con la venta de emolientes, anticuchos y butifarras a los alrededores.
Los niños, ajenos a la formalidad del evento, correteaban por las veredas, mientras los adultos repasaban mentalmente la lista de unidades militares que desfilarían. Pero, había un momento solemne, antes el canto del himno nacional. Era cuando el presidente de la República, Fernando Belaunde Terry llegaba con su Cadillac descapotado. Ese arribo era una señal de que todo empezaría en minutos. Los honores de estilo, la revista a las tropas, y entonces, sí, la parada se transformaba en desfile, en un espectáculo militar por tierra y aire.
MIRA ADEMÁS: Mensaje a la Nación: un breve recorrido histórico por los discursos presidenciales en Fiestas Patrias

Solemne saludo a la bandera peruana por parte de los miembros de las Fuerzas Armadas durante la Gran Parada Militar en la avenida Brasil, el 29 de julio de 1967. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio / Eduardo Caso)
/ EDUARDO CASO
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Primero, el paso imponente de la caballería, con sus equinos perfectamente ataviados y los jinetes luciendo uniformes de gala, una postal que evocaba tiempos pasados. La elegancia de una era donde el caballo era el rey. Los aplausos estallaban, sobre todo cuando los «Húsares de Junín“, con sus inconfundibles capes y morriones, cruzaban la tribuna principal, en una evocación directa a la gesta de la independencia.
Después, el ritmo se volvía más contundente. Las distintas ramas del Ejército: infantería, artillería, ingenieros. Cadetes jóvenes y experimentados oficiales, marchaban al unísono, con sus botas golpeando el asfalto en una precisión casi hipnótica.














