Desde mediados de los años 60 y hasta finales de los años 90, los meses de julio y agosto en Lima estaban marcados por la Feria del Hogar. Coincidiendo con las Fiestas Patrias y las vacaciones escolares de mitad de año, este evento se consolidó como uno de los principales centros de actividad y encuentro en la capital.
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La década de los 80 representó el apogeo de la feria, convirtiéndola en un epicentro de gran dinamismo comercial y social. En 1982, este espacio se llenó de un público masivo que acudía a lo que ya era un evento clásico e ineludible en el calendario limeño, un punto de referencia para el comercio y el entretenimiento.
Ese año, la decimosexta edición de la Feria del Hogar se inauguró el jueves 22 de julio y se extendió hasta el domingo 8 de agosto. Este evento tuvo lugar días después de la final del mundial de fútbol de España 82 y un poco antes de que se manifestaran las primeras señales del severo Fenómeno de El Niño que afectaría al Perú entre fines de 1982 y durante el verano de 1983.
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FERIA DEL HOGAR: UNA APERTURA MULTITUDINARIA
El público peruano, en busca de un alivio en medio de una economía turbulenta y una vida social marcada por la violencia, respondía de manera masiva al llamado de la feria; y se movilizaba de extremo a extremo de la ciudad solo para estar en el escenario de más distensión de esos tiempos.
Con el eslogan “Te llama la llama”, que se difundía en los medios semanas antes, el evento se convirtió en un destino casi obligado, haciendo que decenas de miles de personas rompieran sus alcancías de “chanchito” o de cualquier otro animal para gastarlo todo en la Feria del Hogar.
Esa fuerte campaña publicitaria en medios impresos, radiales y televisivos aseguraba una asistencia constante. A pesar de las dificultades económicas y el aumento de la inseguridad, con salarios estancados o a la baja, los padres y madres veían en la feria una forma de ofrecer a sus hijos un momento de ilusión. Y simplemente, iban.
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UN UNIVERSO PARALELO EN LA MARINA
El recinto de la avenida La Marina se había transformado en un universo paralelo, un vasto parque de atracciones y un inmenso centro comercial al aire libre. La feria, nacida en 1966 al amparo de la Feria Internacional del Pacífico, había evolucionado más allá, y de ser una mera vitrina de productos importados se había convertido en un punto de encuentro fundamental para las familias limeñas.
Para el 31 de julio de 1982, las cifras hablaban por sí solas: más de 850 mil personas habían visitado el recinto ferial, y las proyecciones hacia el final de la temporada indicaban que la asistencia total superaría el millón y medio de visitantes.
El estruendo de los juegos mecánicos se mezclaba con el bullicio de casi 900 stands comerciales, que ofrecían desde electrodomésticos de importación hasta productos de la industria nacional. Esta edición 16 marcó récords, superando la participación de expositores locales con un total de 1,932 participantes, que ocuparon incluso los espacios abiertos del campo ferial.
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LA MAGIA DE LA INFANCIA Y LAS OFERTAS PARA ADULTOS
La Feria del Hogar, sin embargo, trascendía las cifras y atracciones; era un estado de ánimo, de buen ánimo; y para los niños representaba un paraíso prometido: podían ingresar gratis (aunque siempre acompañados de un adulto) y sumergirse en un universo de títeres, espectáculos de pantomima, teatro y dibujos animados en el teatrín.
La presencia de la animadora de televisión Yola Polastri era un imán para la “gente menuda”, que tenía la oportunidad de verla en vivo, fuera de la pantalla. Los juegos mecánicos, además, constituían una gran atracción por las emociones de alegría y sorpresa que generaban, y además de la intensa velocidad que los niños anhelaban vivir en sus incursiones feriales.
Para los adultos, el atractivo era doble. Por un lado, tenían la posibilidad de recorrer los stands en busca de ofertas que se adaptaban a “todos los bolsillos”, abarcando desde ropa y objetos decorativos hasta artefactos modernos. Y, por otro lado, disfrutaban de un programa de espectáculos gratuitos que era un auténtico deleite.
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UN FESTIVAL DE MÚSICA Y FOLCLORE
En el auditorio del “Gran Estelar”, el público de 1982 se entregó por completo a la “Reina de la Salsa”, Celia Cruz. La artista cubana, recién llegada de una exitosa gira por Europa, encendió al público con sus bailes y canciones.
Los asistentes la aclamaron con una ovación mientras interpretaba sus éxitos de 1981, como “Apaga la luz” y “Bemba colorá”, además del clásico peruano “Toro Mata”, un tema de los años 60 que seguía resonando con fuerza por el ritmo que le añadió la sonera Celia. La oferta cultural era vasta y ecléctica, incluyendo al Ballet Nacional, el Coro Nacional, Tunas Universitarias, grupos de rock nacionales y extranjeros, y el vistoso Gran Desfile Folclórico.
El ambiente era de celebración, y la seguridad estaba garantizada, ya que un servicio permanente de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) y la Policía femenina velaba por la tranquilidad de los asistentes. La seguridad policial ayudó a las más de 500 personas, entre niños y ancianos, que en esa edición se extraviaron en el inmenso recinto ferial.
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KENDO, UNA SORPRESA INESPERADA
En medio de este ambiente, el año de 1982 ofreció exhibiciones inesperadas. Una de ellas fue una demostración de Kendo, un antiguo arte marcial japonés. Este inusual espectáculo de esgrimistas con sus sables de bambú captó la atención de un numeroso público, convirtiéndose en una de las atracciones más singulares de la feria.
Este tipo de eventos demostraba que la Feria del Hogar era más que un simple escaparate comercial; era una especie de “crisol de culturas”, un punto de encuentro entre lo tradicional y lo moderno. Visto desde la distancia, aquellos días de feria de 1982 no solo son un recuerdo, sino también nos permite tener una imagen de cómo era Lima, la cual, a pesar de las adversidades, encontraba allí un espacio para la ilusión.
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Era una Lima que se maravillaba con solo ver lo novedoso o disfrutar de los juegos o las rutinas de un payaso, y que, al final de la jornada ferial, regresaba a casa con las bolsas llenas o medio llenas de compras, pero con el corazón colmado de nuevas experiencias.




