viernes, enero 23

La primera salida del Cristo Morado en los años 20 era tradicionalmente los días 18 y 19 de octubre, dos intensas jornadas que empezaban desde el amanecer del 18 hasta el retorno de la imagen al monasterio de las Nazarenas el 19.

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Y lo hacía con regocijo de sus fieles seguidores, pues en 1922, el Señor de Pachacamilla había estrenado andas de plata, que hacía relucir su figura tanto como la de “Nuestra Señora de la Nube”, la Virgen de la Nube, que estaba ubicada en el reverso de la imagen del Cristo.

Estampa del Señor de los Milagros publicada en El Comercio el 18 de octubre de 1926.   (Foto: Archivo Histórico de El Comercio, restaurada con IA)

Por eso, nadie se perdía cada 18 de octubre durante la década de 1920. Elijamos cualquier año de ese decenio, y siempre escucharemos las campanadas que despertaban a la ciudad y convocaban a la Hermandad del Hábito Morado. Era el inicio de una larga marcha procesional. Los devotos se concentraban en el monasterio de las Nazarenas, aguardando el momento solemne en que la venerada imagen del Señor de los Milagros cruzaría el umbral del templo para iniciar su recorrido por la ciudad.

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Las calles modernizadas de Lima, fieles a la tradición, recibían a una multitud creyente y recogida. La procesión avanzaba con una cadencia lenta, solemne y majestuosa, marcando su paso con el denso aroma del incienso y los cánticos litúrgicos. El bullicio de visitantes y curiosos se mezclaba armoniosamente, fusionando la festividad popular con la profunda solemnidad religiosa.

A lo largo del vasto itinerario, penitentes y familias enteras caminaban al solemne ritmo de la música procesional, que acompañaba el trayecto por las plazas e iglesias más emblemáticas de Lima. El Señor de los Milagros hacía paradas rituales en templos mayores, como los de la Merced, Descalzas, Basílica Metropolitana (Catedral de Lima), Iglesia de la Concepción y la del Carmen, donde pernoctaba. En cada parada, la imagen era recibida con tributos, flores y sentidas plegarias de devotos provenientes de todos los grupos sociales.

CRISTO MORADO: ORÍGENES Y LEYENDA

El “milagro de Pachacamilla” era el relato fundacional que inspiraba toda la devoción. Surgido en el siglo XVII, tras el terremoto de 1655 que dejó intacta la imagen pintada por un esclavo angola, este hecho cimentó la fe al Cristo crucificado. Evocada por cronistas y predicadores, esta historia reforzaba la fe colectiva.

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Si bien persistía en su esencia colonial, la procesión de esos años 20 era organizada meticulosamente por la Hermandad en coordinación con las autoridades civiles. Cuerpos de seguridad y barreras protegían el recorrido, especialmente en puntos de alta concentración donde el fervor podía desbordarse. Esta logística evidenciaba el contraste social y de control que coexistía con la entrega espiritual de la multitud.

Mientras el anda seguía su solemne marcha, personajes pintorescos aportaban el color y sabor únicos al desfile religioso. Las sahumadoras, ataviadas con pañolones y joyas, portaban pebeteros de plata, azafates repletos de flores y resinas aromáticas. Ellas llenaban el aire de intensos perfumes, marcando el paso y enriqueciendo la atmósfera espiritual de la fiesta.

SEÑOR DE LOS MILAGROS: EL PUEBLO Y SUS COSTUMBRES DE LOS AÑOS 20

El público se entregaba a la devoción, vestido con hábitos morados y cordones blancos, aunque también había trajes lilas, azules y negros, y repetían letanías y oraciones en un rito que cruzaba generaciones. A lo largo de la ruta, picaroneras y vivanderas apostadas en las esquinas ofrecían los deliciosos picarones y platos típicos.

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Era común ver, como señalan las crónicas de El Comercio, la oferta de platos como carapulcra, guisos criollos, anticuchos, y de beber chicha y aguardiente. Todo ello convocaba a la comunidad en torno a la imagen del Cristo crucificado, mezclando la fe profunda con la celebración del sabor.

En los barrios altos y templos alejados, el fervor nunca desaparecía. El Señor de los Milagros visitaba iglesias como Trinitarias, Santa Clara, Mercedarias, Concepción, Virgen del Carmen y Encarnación, por la plaza San Martín, donde la gente se arrodillaba, lanzando nubes de incienso y renovaba promesas de fe cristiana.

En esos años del Leguiísmo ya aposentado en el poder, las historias de devotos agradecidos circulaban a lo largo de la procesión. Se hablaba de madres descalzas que rogaban por la salud de sus hijos, de enfermos que encontraban alivio y de “paralíticos” que abandonaban sus muletas. Así, el ciclo procesional era también espacio de encuentro y narración, donde las leyendas urbanas reforzaban el vínculo social y espiritual entre los asistentes.​

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El sentimiento místico era respaldado por la “carta pastoral” del Arzobispado de Lima, que pedía proteger el culto contra influencias modernistas“, y recordaba la centralidad del milagro en la identidad limeña. Durante esos días de los años 20, el ritmo de la ciudad se suspendía: oficinas, comercios y autoridades ajustaban horarios y prioridades para acompañar la festividad religiosa.​

SEÑOR DE PACHACAMILLA: COMERCIO Y CONVIVENCIA HACE UN SIGLO

Más allá de la devoción, la procesión creaba una feria espontánea. Dulcerías y pastelerías lanzaban ediciones especiales de turrones y biscochos, y la oferta culinaria llenaba de aromas la ruta procesional. Los lazos comunitarios se fortalecían; era una oportunidad para celebrar el milagro y la alegría del reencuentro.

La actividad comercial, como la fe, cruzaba todos los estratos sociales: desde los vendedores de San Juan de Dios hasta los ambulantes del Rastro. El evento propiciaba el intercambio y la solidaridad, consolidando a Lima como una ciudad participativa y hospitalaria.​

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Mientras la procesión del Cristo Morado avanzaba en medio de una “humanidad mestiza y creyente”, como lo describiera bien el escritor Abraham Valdelomar en una crónica publicada en La Prensa en 1915 (firmó como “Conde de Lemos”), los grupos de hermanos recolectaban limosnas para el mantenimiento de la Hermandad y el culto, asegurando que el milagro siguiera vivo año tras año.​

La organización de la procesión implicaba un despliegue cuidadosamente planeado por las fuerzas del orden y los voluntarios. Los policías vigilaban los ingresos a los templos y los puntos de mayor afluencia para evitar robos y accidentes. El trayecto procesional se aseguraba con vigilancia constante y colaboración de ciudadanos solidarios, que atendían especialmente a mujeres, niños y ancianos.

La disciplina y el sentido de oración común imponían respeto y armonía, aún en medio de la multitud abrumadora. El orden prevalecía gracias a la cooperación de todos los actores sociales, reforzando la atmósfera de paz y comunión.​

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EL MILAGROSO CRISTO: MODERNIZACIÓN Y CONTINUIDAD

Durante esos años de 1926, 1927 o 1929, la procesión vivió transformaciones en detalles organizativos y de participación, adaptándose al crecimiento urbano y a la llegada de nuevos actores sociales. Instituciones educativas y grupos organizados se sumaron a la celebración, enriqueciéndola con iniciativas pedagógicas, culturales y de beneficencia.​

La última jornada, con el retorno del Señor de los Milagros al monasterio de la avenida Tacna, en el Centro de Lima, cerraba el ciclo de oración, convivencia y esperanza. El anda era recibida con emoción renovada, mientras Lima regresaba lentamente a su rutina.

No obstante, en el corazón de cada limeño quedaba viva la promesa de un nuevo octubre y la certeza de que el milagro del Cristo de Pachacamilla seguiría convocando a la ciudad a su mayor gesto de unión y fe.​

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El misticismo, la religiosidad popular y el folclore convergirían año tras año, consolidando la identidad limeña. La festividad del Señor de los Milagros haría frente a los cambios sociales, integrando modernidad y tradición en un mismo abrazo colectivo.​

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