domingo, enero 18

Carol Núñez Vélez

Comunicadora y psicóloga

El periodismo y la comunicación —oficios de narrar, de conectar, de iluminar zonas oscuras— viven hoy una paradoja compleja: nunca tuvimos tantas herramientas para contar historias, pero también nunca hubo tanto ruido, tanta prisa, tanta distorsión. La ética del comunicador, lejos de volverse un ideal romántico, es hoy una urgencia. Y no por teoría: por supervivencia.

La adaptabilidad es clave. Hoy, los comunicadores debemos ser maleables, ágiles y curiosos. El mundo cambió: pasamos de boletines impresos a viralidad en segundos, y ahora a bots que redactan por nosotros. Sin embargo, el fondo sigue siendo el mismo: ¿cómo llegamos al otro con claridad y propósito? Si bien las herramientas se transforman, la esencia de nuestra labor sigue intacta.

En medio de estos cambios, la ética no puede ser un accesorio que desempolvamos en los talleres o paneles académicos. Es, o debería ser, el punto de partida de todo lo que hacemos. La presión por generar contenido rápido, viral, rentable y constante nos está llevando —a veces sin notarlo— a diluir la rigurosidad y priorizar la emoción sobre el contexto. La fórmula del clickbait, que reduce la complejidad a un titular escandaloso, se ha convertido en el estándar de muchos medios. Y lo más grave: se ha normalizado.

Con cada avance tecnológico crece también nuestra responsabilidad ética. El uso de inteligencia artificial, por ejemplo, en la generación de contenidos plantea dilemas urgentes. ¿Qué hacemos con los datos que obtenemos? ¿Cómo protegemos la privacidad de las audiencias? ¿Qué pasa cuando se genera información errónea? En ese contexto, todo recae en el comunicador. Sus valores éticos, su voluntad de mantenerse honesto y transparente son la base de toda estrategia sostenible.

Esto no significa que haya que rechazar la tecnología. El reto está en entenderla. Por eso, la formación continua ya no es un lujo: es una necesidad. Todo profesional de la comunicación debería actualizarse constantemente, no solo en narrativa y lenguaje, sino también en nuevas herramientas digitales, algoritmos, inteligencia artificial, incluso principios de machine learning. Debemos saber cómo funcionan, qué impactos tienen y, sobre todo, cuándo no usarlas. La última palabra, la que marca la diferencia, siempre debe pasar por la conciencia crítica del profesional.

Un ejemplo claro: hoy es posible automatizar notas periodísticas, hacer resúmenes con IA, generar titulares con herramientas predictivas. Ahora bien, ¿eso nos exime de revisar, contrastar, interpretar? En absoluto. La tecnología puede ser un aliado extraordinario, pero nunca debe reemplazar el juicio ético ni la sensibilidad humana que hacen de este oficio algo más que la gestión de datos. La información puede generarse sola; el criterio, no.

Entonces, resulta crucial recordar que comunicar no es solo informar. Es también formar. Y eso implica un compromiso con la verdad, con la ciudadanía y con el largo plazo. Porque el impacto de lo que decimos no se mide en trending topics, sino en la confianza que construimos —o destruimos— cada día.

El fin del marketing, por ejemplo, no es solo aumentar ventas ni repetir eslóganes. Es vincular la marca con el público. Y eso no se logra solo con data, ni siquiera con clickbait. Se construye con narrativas coherentes, con verdades sostenidas en el tiempo, con humanidad. Lo mismo aplica al periodismo: sin ética, podemos tener audiencia, mas no comunidad. Podemos tener impacto, mas no credibilidad.

El gran reto de nuestra generación de comunicadores es encontrar el equilibrio entre velocidad y veracidad, entre innovación y criterio, entre engagement y responsabilidad. No es fácil, pero es necesario. Y no basta con esperar que los medios cambien: el cambio empieza por cada profesional, por cada nota que escribimos, cada titular que publicamos, cada historia que decidimos contar —o callar.

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