Las inciertas treguas del vigente conflicto de Medio Oriente, la experiencia vivida semanas atrás con el suministro interrumpido de gas, los “desabastecimientos” y el oscilante precio de gasolinas y diésel, vuelven a poner a discusión una variable que muchas empresas tienden a observar solo desde la logística: el combustible. Cuando el abastecimiento se vuelve incierto, los precios internacionales de fletes y combustibles reaccionan a tensiones geopolíticas, la gestión de inventarios deja de ser un asunto operativo y pasa a convertirse en una decisión estratégica de negocio.
Las inciertas treguas del vigente conflicto de Medio Oriente, la experiencia vivida semanas atrás con el suministro interrumpido de gas, los “desabastecimientos” y el oscilante precio de gasolinas y diésel, vuelven a poner a discusión una variable que muchas empresas tienden a observar solo desde la logística: el combustible. Cuando el abastecimiento se vuelve incierto, los precios internacionales de fletes y combustibles reaccionan a tensiones geopolíticas, la gestión de inventarios deja de ser un asunto operativo y pasa a convertirse en una decisión estratégica de negocio.
La U.S. Energy Information Administration (EIA) sostiene que cerca del 20% del petróleo que se consume en el mundo transita por el Estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta; y descrubrimos que los fertilizantes son la segunda mercancía más crítica afectada. Con tensión bélica, los mercados anticipan interrupciones y los precios de combustibles reaccionan incluso antes de que se produzcan restricciones reales de oferta.
Para muchas empresas -y más en las de naturaleza comercial- el transporte representa entre 30 y 50 % del costo logístico, en las cadenas de distribución en Latinoamérica, según lo reportó el BID. Cuando el combustible se encarece o escasea, el impacto se traslada a los márgenes, a la frecuencia de entregas y a la capacidad de abastecer a los canales. Y al consumidor.
Así, la gestión de inventarios cambia de lógica. Empresas que dependen de reposiciones frecuentes o de inventarios mínimos quedan expuestas a interrupciones logísticas, mientras que aquellas que desarrollan modelos de inventario de seguridad y planificación de demanda pueden sostener la continuidad de su red comercial, incluso en entornos especulativos.
El factor más determinante en este tipo de coyunturas no es el inventario en sí, sino el canal de distribución. En mercados volátiles, se convierten en la verdadera infraestructura comercial de una empresa; y cuando el abastecimiento se tensiona, adquieren mayor poder de negociación, controlan la capilaridad del mercado y pueden definir qué marcas mantienen presencia y cuáles desaparecen temporalmente de la oferta.
Esto reconfigura relaciones comerciales. Empresas con canales sólidos, acuerdos de distribución claros y planificación de inventarios logran absorber o mitigar la volatilidad. Aquellas que dependen de cadenas frágiles quedan expuestas a la especulación y a la pérdida de participación. La escasez de combustibles y escenarios como el proyectado Fenómeno de El Niño se convierten en una prueba de la madurez estratégica con la que las empresas gestionan sus inventarios y calibran el poder de sus canales de distribución.




