Hay algo agotador en volver una y otra vez al mismo lugar. El cine lleva años resucitando personajes, extendiendo historias y exprimiendo hasta la última gota de nostalgia de sus franquicias más conocidas. Una secuela conduce a otra, un remake prepara el siguiente y una propiedad intelectual parece no estar nunca realmente muerta. “Teenage Sex and Death at Camp Miasma”, la nueva película de Jane Schoenbrun, parte precisamente de esa lógica. La cinta imagina el regreso de una franquicia de slasher y se pregunta qué queda de aquellas historias cuando una nueva generación intenta apropiárselas.
Hay algo agotador en volver una y otra vez al mismo lugar. El cine lleva años resucitando personajes, extendiendo historias y exprimiendo hasta la última gota de nostalgia de sus franquicias más conocidas. Una secuela conduce a otra, un remake prepara el siguiente y una propiedad intelectual parece no estar nunca realmente muerta. “Teenage Sex and Death at Camp Miasma”, la nueva película de Jane Schoenbrun, parte precisamente de esa lógica. La cinta imagina el regreso de una franquicia de slasher y se pregunta qué queda de aquellas historias cuando una nueva generación intenta apropiárselas.
La historia sigue a Kris Williams, una joven cineasta interpretada por Hannah Einbinder, protagonista de la serie “Hacks”, quien recibe el encargo de un estudio para revivir Camp Miasma, una saga ficticia de películas de terror iniciada en los años ochenta. La franquicia tiene como figura central a Little Death, un asesino que aparece en un campamento para perseguir a sus jóvenes habitantes. Kris conoce las películas desde que tenía ocho años y siente una particular fascinación por Squeak, una de las adolescentes de la saga.
Para encontrarla, Kris llega hasta Billy Presley, la actriz que interpretó a Squeak, encarnada por Gillian Anderson, conocida por su papel de Scully en “Los expedientes secretos X”. Billy abandonó la vida pública después de aquella única actuación y ahora vive aislada en el mismo campamento donde se rodó la película. El encuentro entre ambas hace que Kris empiece a mirar el proyecto desde un lugar distinto y la lleva a cuestionar qué significa recuperar una historia que marcó su infancia.

Jane Schoenbrun escribió y dirigió “Teenage Sex and Death at Camp Miasma”, su tercer largometraje después de “We’re All Going to the World’s Fair” e “I Saw the TV Glow”.
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La película parte de una verdad en el mundo del slasher. Camp Miasma es una franquicia ficticia, pero su historia repite otras tantas. Adolescentes, un campamento, sexo, asesinatos y un criminal que regresa una y otra vez remiten a la tradición del slasher, que tuvo en “Friday the 13th” y “Sleepaway Camp” algunos de sus referentes más reconocibles. Décadas después, la industria vuelve a ese archivo en busca de historias conocidas que puedan convertirse nuevamente en productos.
Schoenbrun utiliza esa operación para cuestionar la dependencia de Hollywood de las secuelas, los remakes y los reinicios. El estudio que contrata a Kris quiere recuperar Camp Miasma para una nueva generación, mientras ella observa la franquicia desde un lugar completamente distinto. Para los ejecutivos es una propiedad intelectual que puede volver a explotarse; para ella es una película que forma parte de sus recuerdos y que influyó en su manera de mirar el mundo.
El personaje de Little Death es interpretado por Jack Haven, quien también trabajó con Schoenbrun en “I Saw the TV Glow”. La máscara del asesino fue diseñada a partir de la imagen de una rejilla de ventilación que obsesionaba a la directora.
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“Estamos en una época en la que las películas nostálgicas parecen estar superando en ventas a las ideas e historias originales”, señala Hannah Einbinder. “No hay nada malo con los reinicios o las adaptaciones. El problema aparece cuando empiezan a superar en cantidad a las historias nuevas”.
La observación resulta especialmente pertinente dentro de la película porque Camp Miasma funciona como una franquicia que se niega a desaparecer. Kris intenta devolverla a las salas mientras el relato se pregunta por qué seguimos regresando a las mismas historias. “El fenómeno del remake se está convirtiendo en un problema. Todos los que trabajamos en la industria de cine estamos llegando colectivamente a esa conclusión como una reacción instintiva frente a esa realidad”, añade Einbinder.
La producción construyó una historia ficticia para Camp Miasma que incluye secuelas, videojuegos arcade, juegos de mesa, VHS, disfraces, figuras de acción y otros productos asociados a la supuesta franquicia..
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La directora no utiliza el slasher únicamente para hacer una sátira de Hollywood. También convierte sus convenciones en una herramienta para hablar de la relación entre el cine y la construcción de la identidad. Kris no recuerda Camp Miasma como una película cualquiera. La vio cuando era niña y quedó fascinada con sus personajes, especialmente con Squeak. Ahora, al intentar recuperarla, debe enfrentarse a la distancia entre la película que recuerda y la historia que existe realmente.
Por su parte, Billy representa la otra cara de esa relación. Su vida quedó vinculada a una película que la convirtió brevemente en una figura reconocible y después la dejó atrás. Al permanecer en el antiguo campamento, rodeada de objetos y recuerdos de aquella producción, parece vivir dentro de una memoria que para Kris todavía está comenzando. El encuentro entre ambas permite observar qué sucede cuando una obra de ficción deja de ser solamente una obra de ficción y comienza a formar parte de la vida de quien la contempla.
El rodaje comenzó en mayo de 2025 en la Columbia Británica, Canadá, y concluyó el 17 de junio del mismo año. Algunas escenas se filmaron en Camp Barnard, cerca de Sooke.
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El slasher tradicional convirtió durante décadas el sexo adolescente en uno de sus principales motores narrativos y utilizó el cuerpo como lugar de castigo. “Teenage Sex and Death at Camp Miasma” toma esas convenciones y las observa desde otra perspectiva. La película se interesa por aquello que ocurre cuando quienes alguna vez fueron representados como víctimas, monstruos o personajes secundarios ocupan ahora el centro de la historia.



