Una mole de acero y tecnología, erigida por la firma japonesa Nippon Electric Company (NEC) con una inversión de 4’125,000 dólares, se alzaba como un faro.
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Tras años de trabajo y la diligente supervisión del Comité Interino de Telecomunicaciones (CITI), la “Estación Terrena de Comunicaciones Vía Satélite de Lurín”, nombre técnico completo, era la materialización de un sueño, un salto audaz hacia la era espacial.

Monseñor Luis Bambarén impartió la bendición, mientras la primera dama María Consuelo de Velasco, y el doctor Oscar Miró Quesada de la Guerra, Racso, padrinos de la ceremonia, testificaban este hito.
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El himno nacional, seguido de las palabras del comandante (r) Miguel Colina, presidente del CITI, y del general Aníbal Meza Cuadra, ministro de Transportes, sellaron el acto ceremonial.
Desde ese instante, Lurín comenzaría a operar, abriendo las compuertas a la comunicación telefónica, telegráfica, télex y, por primera vez, a la televisión internacional. Pero la senda hacia esa conquista estuvo marcada por una soterrada batalla de voluntades.

EL COMERCIO Y SU APOYO A LA ESTACION DE LURÍN
Algunos dudaban del proyecto en el Perú por la falta de recursos y proponían entregarlo a manos extranjeras, incluso ofreciendo asumir la participación peruana en la COMSAT (Communications Satellite Corporation).
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COMSAT era una empresa creada en 1963 por el gobierno estadounidense, que se encargaba de desarrollar y operar sistemas de telecomunicaciones por satélite.
Sin embargo, fue la tenaz campaña del diario El Comercio y la decisión del gobierno militar, lo que dio luz verde al proyecto de la “Estación Terrana de Lurín” tal y como se construyó e inauguró ese 14 de julio de 1969. El diario Decano dio muestras de un sincero interés nacionalista en este caso.

Fue el propio presidente Velasco Alvarado, hacia el mediodía, quien realizó la primera llamada, la inaugural, desde Lurín, estableciendo contacto con Longovillos, Chile, y enviando un saludo en nombre de la nación.
Se trató de un gesto simbólico, sellado por un cálido abrazo con Racso, el periodista que representaba a la prensa que había luchado por sacar adelante la visionaria estación.
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Al día siguiente, el 15 de julio, la resonancia de la inauguración llenó las páginas de los diarios, confirmando que el Perú había «Ingresado a la Era Espacial“.
Los medios dieron cuenta de lo dicho ese día por el ministro Meza Cuadra, quien enfático argumentó que las telecomunicaciones, como baluarte de la soberanía, debían permanecer bajo el estricto control del Estado.

EL PROGRESO QUE ALGUNA VEZ SOÑÓ PAULET
La estación de Lurín, con una vida útil estimada entonces en 15 años, prometía “comunicaciones cristalinas” con países como Estados Unidos, Brasil, Chile, Panamá, España, Italia y Alemania.
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Su gigantesca antena parabólica de 30 metros de altura, capaz de emitir y captar señales a 35 mil 600 kilómetros sobre el ecuador, era la manifestación palpable de esa nueva era.
Y mientras la mirada se perdía en la inmensidad del espacio, el recuerdo de un peruano adelantado a su tiempo, Pedro Paulet, cobraba nueva luz. En vísperas del viaje del hombre a la Luna (fue el 20 de julio), se recordó que el motor de cohete de 1895 de Paulet, con sus explosiones consecutivas, fue el remoto precursor del poderoso Saturno-5.

La apertura de la nueva estación de telecomunicaciones fue, sin duda, un recordatorio real y concreto de que la chispa de la innovación espacial, aunque silente por décadas, ardía en el alma de la tierra peruana.
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La estación terrena, que dos años después de su inauguración, en 1971, ya era un pilar del desarrollo con un crecimiento del 400% en las comunicaciones satelitales, siguió recordándonos que el verdadero progreso era aquel que se construía con la bandera en alto y la mirada fija en las estrellas.















