lunes, julio 20

Derribado a un costado del campo, el rey del mundo se pone de pie solo cuando se le acerca el nuevo joven rey de Europa. Más allá, una escaramuza entre perdedores no empaña la unción del justo campeón. Al contrario, la eleva. Quizá sea esa la escena más reveladora de esta final de la Copa, que en realidad fue una trituradora: Lionel Messi, propietario de todos los récords del torneo, se levanta para abrazar a Lamine Yamal, el bebe de la premonitoria foto del 2007, el adolescente que dio los exámenes finales en plena Euro 2024, el joven que resume el apetito de esta España campeón del mundo. El círculo se cierra con esa honestidad, con esa grandeza. Termina el abrazo y Messi se entierra en el piso, otra vez. Yamal lo despide y corre hacia lo que será una imparable carrera.

Derribado a un costado del campo, el rey del mundo se pone de pie solo cuando se le acerca el nuevo joven rey de Europa. Más allá, una escaramuza entre perdedores no empaña la unción del justo campeón. Al contrario, la eleva. Quizá sea esa la escena más reveladora de esta final de la Copa, que en realidad fue una trituradora: Lionel Messi, propietario de todos los récords del torneo, se levanta para abrazar a Lamine Yamal, el bebe de la premonitoria foto del 2007, el adolescente que dio los exámenes finales en plena Euro 2024, el joven que resume el apetito de esta España campeón del mundo. El círculo se cierra con esa honestidad, con esa grandeza. Termina el abrazo y Messi se entierra en el piso, otra vez. Yamal lo despide y corre hacia lo que será una imparable carrera.

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Que tendrá, no solo para él, sino su selección promedio 26 años, al menos dos Copas más si quiere alargar su notable hegemonía.

EL PARTIDO

El misterio de España es su perfección. Ha encontrado hace 38 partidos una velocidad ideal para completar, cuando menos 1000 pases por partidos, y transita serena en cualquier lugar del campo. Lo mismo da que Cucurella cargue presión, se la da igual a Unai; lo mismo es que cierren cuatro piernas a Yamal: se liberará con un amague nacido desde sus 19 años. Ocurre con Pedri, los minutos que juega, Dani Olmo, Oyarzábal o Baena. Incluso el púber back Cubarsí, el mejor jugador joven del mundial, sabe que tiene montado un sistema para jugar con Unai, aún en el límite de su área propia, y salir ileso.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le entregó la Copa a la selección de España.

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Vuelvo al partido. Es el minuto 35 y ya tiene el 65% de posesión, entre otras razones que incluyen disciplina y simpleza, por la presencia del todocampista Rodri, capitán del campeón. O de los Rodri que parecen haber en el campo: siempre hay un volante con el 16 merodeando, recibiendo, cortando. Es un termómetro. Si hay una forma de explicar a la España de Luis De la Fuente, entendiendo que se define en las áreas, es investigando los movimientos del mediocampista del Manchester City. Lo que ocurra en el campo depende de sus intenciones.

¿Argentina? En términos futbolísticos, fue sometido por el dominio español, que traslada y toca, con paciencia, y que impidió cualquier asonada que insinúe peligro en el arco rival. Este dato explicaría su primer tiempo, sin tener que decir más: 0 remates al arco, 0 tiros de esquina y solo 185 pases. Y los liquida, con los números finales: no pateó nunca con real peligro de gol. En términos más emocionales, patrióticos si se quiere, fue un equipo al límite de la rendición. Solo cuando Lionel Messi retrocedió unos metros y se alejó de la pared española, Argentina provocó algo parecido a una reacción. Fue insuficiente. Los primeros 45 minutos terminaron 0-0, pero Argentina se fue al descanso derrotado anímicamente. La expulsión de Enzo Fernández casi al final del complemento fue, más que una señal, epitafio.

Lo que es virtud, sin embargo, podría convertirse en cansancio: España tuvo la pelota como si la hubiese inventado pero en 90 minutos no pudo concretar un gol. Así llegó al tiempo suplementario, en la búsqueda de un héroe. Dibu Martínez, por ejemplo, el mejor de los once argentinos, clave para detener hasta cuatro remates en más de 100 minutos y una influencia tal que, a los 102’, le atajó un cabezazo del milagroso Merino con los ojos. Y cuando parecía que los penales lo elevarían todavía más, ocurrió la catástrofe. La segunda vez que quiso hacer lo mismo debió usar los guantes: a los 106 minutos, Yamal tomó la mejor decisión del partido -no enganchar-, cedió a Porro que mandó largo, pasado, pivoteó Nico Williams y Ferrán Torres, uno de los 7 barcelonistas en el campo, metió un zurdazo que rompió el arco de Dibu. El sismo se sintió incluso en los cimientos del Obelisco.

España continuó jugando de la misma preciosa forma que inventaron Iniesta y Xavi, que cultivó Guardiola, hoy en la curaduría de estos señores: hacen fácil lo que parece imposible. Parecen máquinas. La sonrisa de los campeones, el sudor en sus camisetas, probó sin embargo que son hombres en estadio de gracia, felizmente.

SOBRE EL AUTOR

Estudió Comunicaciones en la Universidad de San Martín de Porres (USMP). Ingresó a El Comercio en el 2004, y trabajó diez años para Deporte Total. En el 2015 se mudó al equipo web del diario para formar parte de Mesa Digital y la revista Somos. Hoy es subjefe de Gestión Digital de El Comercio.
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