El Rímac de 1961 olía a calles húmedas, a paseos nostálgicos y recuerdos coloniales. Entre balcones descascarados y voces de barrio, el Cuartel de El Potao levantaba su mole de disciplina militar.
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Ese día, el silencio del mediodía se quebró con un coro distinto: veinte perros inquietos, de mirada eléctrica, aguardaban la orden de sus guías. No eran simples animales: en sus collares brillaba el anuncio de una nueva época para la Guardia Civil.


La inauguración de la Escuela de Adiestramiento de Perros Policía fue más que una ceremonia. Fue un acto de fe en la modernidad, una apuesta por sumar instinto y lealtad al uniforme. Pastores alemanes y dóberman, entrenados desde abril de ese año 1961 con paciencia y rigor, se mostraban al público capaces de rastrear, obedecer y contener. Desde entonces Lima presintió que la seguridad urbana empezaba a caminar también con cuatro patas.
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EL POTAO COMO CUNA DE DISCIPLINA
El Potao, con su historia de orden castrense, parecía el lugar exacto para acoger esta novedad. Allí se habían instalado caniles, áreas de entrenamiento y un equipo de veterinarios. No era un experimento pasajero, sino la fundación de un cuerpo especializado que aspiraba a quedarse en la memoria policial del país.

Médicos veterinarios velaban por la salud de los animales, mientras instructores curtidos en técnicas de adiestramiento afinaban cada detalle. El guardia-guía recibía una instrucción especial, pues no se trataba solo de manejar a un perro: debía construir con él una relación de confianza absoluta, casi fraterna.
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En la exhibición inaugural, los canes rastrearon objetos escondidos, respondieron a órdenes secas y simularon la captura de un delincuente. El público aplaudió con entusiasmo. Para muchos limeños, aquella escena resultaba insólita, como si de pronto un momento de una película de cine europeo se hubiera instalado en pleno Rímac.

PERROS CON RANGO POLICIAL
No eran perros amaestrados para entretener, sino aliados en la lucha contra la delincuencia. Su olfato fino y su oído agudo se convertían en herramientas tan valiosas como una patrulla motorizada. A partir de ese día, cada guía y su perro serían vistos como una dupla inseparable.
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En esos años, la capital limeña crecía con vértigo, y también la delincuencia urbana. Incorporar a los perros-policía era, en parte, un gesto de modernidad: el Perú se alineaba con las prácticas de países europeos y norteamericanos, donde estos animales ya eran pieza clave de la seguridad urbana. Lima no quería quedarse atrás.

Los instructores policiales repetían que el secreto del éxito estaba en el vínculo. Sin afecto, no había obediencia. Sin disciplina, no había confianza. Era un equilibrio delicado que convertía al perro en mucho más que un recurso: en compañero de vida del guardia, en sombra fiel durante la patrulla nocturna.
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LA HUELLA DE UN MEDIODÍA LIMEÑO
Veinte perros y sus policías guías fueron el punto de partida. Nadie imaginaba entonces que, con los años, la policía canina peruana se convertiría en parte del paisaje cotidiano: estarían en desfiles patrios, en operativos de alto riesgo, así como en entrenamientos que deslumbraban en estadios y plazas públicas.

Ese mediodía del 24 de agosto de 1961 fue el inicio de una tradición que todavía respira en El Potao. Allí, donde alguna vez se escucharon los primeros ladridos en uniforme, se sigue recordando aquel acto fundacional que unió a hombres y animales en un mismo deber: velar por el bien común de la ciudad.
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Han pasado más de seis décadas, pero la imagen permanece intacta: el sol tibio del Rímac que iluminaba los collares, al tiempo que los ladridos marcaban el compás de una ceremonia inusual. Así, la Guardia Civil escribía un capítulo inesperado de su historia. Fue entonces cuando Lima comprendió que también un perro podía llevar uniforme y servir a la ciudadanía.














