“Hombre no es gente”. La frase se repite cada vez que una infidelidad protagonizada por un varón se hace pública, cuando un ‘ampay’ estalla en redes o televisión. En ese contexto, el término “masculinidad tóxica” aparece como una forma de explicar conductas que durante años se normalizaron. Pero, ¿qué hay detrás de ese comportamiento? ¿Se puede cambiar? ¿Es posible dejar de ser esa persona?
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Esa desconexión se traduce, sobre todo, en las relaciones: infidelidad, celos, control, dependencia emocional. No son hechos aislados, sino patrones que se repiten. “La pareja es el principal lugar donde se ve cómo estás internamente”, dice. Lo llamativo es que muchos hombres no cuestionan estos comportamientos hasta que algo se rompe. La mayoría de los casos que atiende Drago comienzan en una crisis: una separación, una ruptura, una familia que se desarma. “El dolor es la puerta. Es ahí donde aparece la oportunidad de cambio”, sostiene.
A partir de ahí empieza el trabajo. Su programa propone un proceso estructurado: evaluación inicial, diagnóstico emocional y un camino paso a paso que combina hábitos, revisión de creencias y trabajo con heridas de infancia. Porque, insiste, el problema visible no es el verdadero problema. “El patrón es solo la punta del iceberg. Si no vas a la raíz emocional, vas a seguir repitiendo lo mismo, incluso cuando ya sabes que te hace daño”, afirma. “Pero nada de eso funciona si no hay una decisión real: el cambio empieza cuando el hombre deja de justificarse”, añade.

Cada vez más hombres comienzan a cuestionar los patrones con los que crecieron y buscan nuevas formas de vincularse.
/ skynesher
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Cambiar implica desmontar una identidad que ha sido validada socialmente durante años. “Los patrones no aparecen de la nada. Son conductas inconscientes que vienes repitiendo y te generan sufrimiento a ti y a quienes te rodean. Si no miras la raíz, vas a seguir haciendo lo mismo, incluso cuando sabes que te hace daño”, advierte Drago. “Por eso no se trata solo de controlar la conducta, sino de entender de dónde viene: qué emoción, qué historia o qué herida la sostiene”, añade.
¿Y qué gana un hombre cuando hace ese trabajo? “Autonomía”, responde el experto. Capacidad de decidir distinto, de no repetir. “Dejas de estar atado a un comportamiento automático. Puedes elegir cómo actuar”, explica. Liberarse de la masculinidad tóxica no es convertirse en alguien perfecto ni en un modelo ideal. Es, más bien, dejar de actuar desde la inconsciencia. Y, sobre todo, hacerse cargo. //













