domingo, junio 14

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Es la primera semana de junio en Barcelona y se percibe una ciudad agitada. Por un lado, carteles y montajes anticipan la visita de León XIV –el Papa peruano–, que está a solo unos días de llegar para inaugurar y bendecir la Sagrada Familia, el edificio más icónico de la capital catalana. Por el otro, miles de maestros se movilizan por aumentos salariales y mejoras en su situación laboral. Vestidos de amarillo, bloquean avenidas enteras, paralizan el tránsito, arengan contra un gobierno que les da la espalda.

Es la primera semana de junio en Barcelona y se percibe una ciudad agitada. Por un lado, carteles y montajes anticipan la visita de León XIV –el Papa peruano–, que está a solo unos días de llegar para inaugurar y bendecir la Sagrada Familia, el edificio más icónico de la capital catalana. Por el otro, miles de maestros se movilizan por aumentos salariales y mejoras en su situación laboral. Vestidos de amarillo, bloquean avenidas enteras, paralizan el tránsito, arengan contra un gobierno que les da la espalda.

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En medio de ese clima caliente es que también tiene lugar el Primavera Sound 2026, sin duda uno de los festivales más prestigiosos del mundo. Durante sus tres días de duración, el Primavera recibirá a casi 300 mil asistentes. Es tan grande el evento, que se da el lujo de tener conciertos previos y posteriores en recintos que funcionan como satélites de su escenario principal, el Parc del Fòrum y sus 14 hectáreas ubicadas justo en el litoral, frente a las aguas del Mediterráneo.

El monumental Parc del Fòrum, en la costa de Barcelona, fue el escenario del Primavera Sound 2026. Según la organización, acudieron casi 300 mil personas.

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Es tan grande el Primavera, decía, que también se da el lujo de tener una jornada inaugural de ingreso gratuito. Ocurrió el miércoles 3 de junio, con la banda británica Wet Leg como plato de fondo. Al día siguiente, el jueves 4, la primera fecha del festival comenzaría bastante bien: Blood Orange, Panda Bear y Geese (la agrupación neoyorquina del momento) ofrecerían shows a la altura. Lo que nadie veía venir, o al menos no en tal magnitud, era que los pronósticos de lluvia y fuertes vientos para esa noche se confirmarían y sobrepasarían cualquier contingencia: el brusco temporal acabaría obligando a cancelar las presentaciones más importantes del día. Massive Attack, Doja Cat, Bad Gyal, Mac DeMarco, entre otros, se quedarían con los equipos ya instalados y publicarían sendas disculpas en sus redes sociales. Hubo malestar entre el público, desde luego, y el festival se comprometió a devolver las entradas del día.

“Una pena, pero lo único que esto significa es que los dos siguientes días serán legendarios”, escribió alguien en un chat de WhatsApp de asistentes al festival. Y el tiempo le daría la razón.

Para el viernes 5 y el sábado 6, las apps del clima arrojaban pronósticos mucho más amigables. Slowdive tomaría el escenario con una descarga de shoegaze inobjetable, aunque quizá se hubiera disfrutado más oscuro que iluminado: por estas fechas, sin embargo, la noche catalana cae recién muy pasadas las 9 p.m.

Tan solo un rato después, irrumpiría en ese mismo escenario la estadounidense Addison Rae con un show excesivo, burlesco y pop. Surgida en TikTok, Rae es un emblema de la generación Z, ávida de pirotecnia y colorida parafernalia, incluso a pesar del ‘playback’. Lo más curioso de la situación fue encontrar entre el público a cientos de lúgubres (y confundidos) fans de The Cure que estaban allí para asegurarse el mejor lugar para ver a sus ídolos minutos más tarde.

Ese peculiar programa doble entre Addison y The Cure resume bien el cartel de este festival. Uno que no peca de esnobismo, pero que tampoco se entrega por completo a las tendencias del ‘mainstream’ y el algoritmo. El Primavera Sound ha conseguido una democratización que permite convivir a ‘indies’ y ‘popheads’, a clásicos y novedades. Lo vemos también en su diversidad de edades, géneros, idiomas y estilos: jovencitas y señorones, japoneses de onda country e indios góticos, familias tradicionales y clanes no binarios; todos orbitando en una mezcla de lenguas que también deja muy en claro la procedencia mayoritaria del público: muchos más extranjeros que españoles.

Los legendarios The Cure ofrecieron un show de dos horas y media, cargado de clásicos y temas inesperados. Para muchos, fue la presentación más emocionante del festival.

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Pero volvamos a The Cure que fue, casi sin dudas, la gran presencia de esa segunda jornada. Dos horas y media de show y una suerte de paradoja: la banda más longeva del ‘line-up’ firmó el set más largo del festival. Como si a más edad, más energía tuvieran para desplegar un emocionante conjunto de canciones que incluyó los clásicos de siempre y algunas gratas sorpresas (“2 Late”, por ejemplo, un lado B de fines de los 80).

Pese a lo maratónico del asunto, había que guardar fuerzas para más: marcadas las 3 a.m., la banda sueca Viagra Boys se encargaría de ratificar por qué la prensa especializada los considera uno de los mejores actos en vivo del momento. El pogo masivo se extendió de inicio a fin en una hora intensísima que se quedó corta. Fin del día y a esperar a mañana.

La jornada de cierre del sábado fue quizá la más extensa de todas: empezó con el inglés Baxter Dury —frenético, muy simpático, una de las sorpresas del festival—; siguió con la belleza country de Big Thief, que en vivo posee una fuerza más cruda y arrolladora, haciendo relucir las letras de su vocalista Adrianne Lenker, una cantautora que se las trae; y se prolongó con la joven rapera británica Little Simz, de entrega impecable y gran dominio escénico.

Uno de los acontecimientos de esa jornada fue el anuncio de Olivia Rodrigo como el show sorpresa de esta edición del festival. Se dio a conocer apenas unas horas antes en redes sociales y no tardó en movilizar a miles de seguidores. Ya en el escenario, tuvo como invitado nada más y nada menos que a Robert Smith, el histórico cantante de The Cure, junto a quien interpretó uno de los temas de su nuevo disco.

La estadounidense Olivia Rodrigo ofreció un show sorpresa en el que incluyó temas de su más reciente placa.

/ Christian Bertrand

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Nada de eso pudimos verlo, valgan verdades, porque el show de Olivia coincidió con otro de los ‘highlights’ del festival (los cruces entre conciertos son un doloroso dilema): el de la banda My Bloody Valentine, reyes absolutos del ruido envolvente. Ni los tapones para los oídos que repartió la organización del Primavera pudieron contener sus ondas expansivas, en un show que mezcló penumbras, visuales supersónicos y casi nula interacción con el público. Músicos evidentemente tímidos e introvertidos que solo necesitaron de la potencia de sus guitarras para provocar fascinación.

No mucho después, la seguidilla de shows continuaría: el trío The xx, con una estética en blanco y negro elegantísima, marcaría uno de los grandes regresos del festival; Gorillaz, ya de madrugada, derrocharía ritmo y eclecticismo con un gran número de invitados y la narrativa gráfica de sus personajes ilustrados; y la banda de hip hop Kneecap, gran voz de protesta sociopolítica, sacudiría aún más al respetable casi hasta el amanecer. Ya para ese entonces los imprevistos del primer día quedaban casi olvidados. Porque hay algo de estrella y de mística en un festival que sabe capear una tormenta. //

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