lunes, mayo 4

El mundo vive una ola de populismo sin precedentes. Más del 25% de los países del mundo son gobernados por populistas, tres veces más que a inicios de siglo, según el prestigioso Instituto Kiel. Y el Perú no ha sido la excepción. El creciente populismo viene construyendo su poder destruyendo la —ya escasa— institucionalidad. Un Congreso irresponsable —que podría elevar el déficit fiscal a casi 6% del PBI y la deuda pública al 70% del PBI— juega en pared con un Ejecutivo hipotecado, que observó menos de la mitad de las leyes con impacto fiscal.

El problema es que, una vez instalado, el populismo empeora todo lo que toca. En el corto plazo, distribuye poder y dinero con aplausos; en el largo plazo, destruye el crecimiento y la confianza. Pero, ¿cuánto cuesta realmente el populismo? Una investigación del Instituto Kiel, que analiza más de 60 países y casi 1.500 líderes a lo largo de hasta 120 años, ofrece una respuesta bastante clara: tras 15 años de populismo, el PBI per cápita termina siendo, en promedio, 10% menor de lo que habría sido de otro modo.

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¿Por qué caemos una y otra vez? Simple: frente a problemas complejos, ofrecen atajos, pero no verdaderas soluciones. Pensemos, por ejemplo, en el problema de ingresos bajos. La solución de largo plazo pasa por impulsar la inversión privada a partir de un clima favorable para los negocios y una regulación laboral competitiva, que en conjunto generen más empleos y mejores salarios. En contraste, la receta populista se resume en más de una decena de proyectos de ley para subir la remuneración Mínima Vital, los cuales al aprobarse terminarán alimentando la informalidad.

Si los precios suben, proponen controles. Si Petro-Perú se hunde, anuncian salvatajes. Si el turismo no despega, inventan “zonas económicas especiales”. Todo suena bien, pero nada funciona.

El populismo es una fórmula que se disfraza de “justicia social” y se sostiene en irresponsabilidad. Deteriora la confianza y debilita las instituciones hasta volverlas irrelevantes. Su costo no se mide solo en puntos del PBI, sino en las décadas que toma revertir sus efectos. La gran mayoría de leyes “populares” que buscan el aplauso fácil erosionan la estabilidad fiscal. El riesgo apenas empieza en lo macroeconómico: el oportunismo amenaza la predictibilidad y la inversión privada y, más temprano que tarde, le pasará factura al bolsillo de todos los peruanos, especialmente a los más vulnerables.

Así las cosas, el déficit fiscal es solo el síntoma más visible de una enfermedad crónica: el populismo.

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