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En Venezuela, durante décadas, los colores podían decir más que un discurso político. Bastaba mirar una papeleta electoral para reconocer un partido, una ideología y una promesa de futuro. Alexander Apóstol convierte ahora esos códigos cromáticos en materia artística para examinar qué ocurrió cuando aquellas promesas comenzaron a perder significado. Su exposición “Quítate tú pa’ ponerme yo!” en la galería Livia Benavides revisa, desde la fotografía y el video, las transformaciones y contradicciones de la historia política venezolana.
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La exposición reúne tres conjuntos de trabajos realizados entre 2012 y la actualidad. En ellos aparecen los procesos electorales, la desaparición de los partidos, el legado del arte cinético y la manera en que diferentes gobiernos venezolanos utilizaron determinadas formas visuales para construir identificación política. Apóstol observa una continuidad incómoda entre estética y poder. Lo que parece pertenecer al terreno de la belleza, la abstracción o el diseño también puede convertirse en una herramienta para representar una idea de país.
Su mirada parte de Venezuela, pero no permanece encerrada allí. La experiencia de ese país sirve como laboratorio para formular preguntas sobre América Latina, una región donde los cambios políticos suelen presentarse como rupturas definitivas mientras sobreviven prácticas, instituciones y formas de relación con el poder. “Yo hago mis trabajos pensando en respuestas que aún no tengo”, dice.

El video relaciona las transformaciones cromáticas del arte cinético con las distintas formas en que el populismo fue experimentado por la sociedad venezolana.
/ Juan Pablo Murrugarra
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Una de las claves de la exposición está en la relación que Apóstol establece entre el arte abstracto y la historia política venezolana. Durante buena parte del periodo democrático iniciado en 1958, el cinetismo y la abstracción adquirieron una presencia institucional particularmente fuerte. Artistas como Carlos Cruz-Diez ayudaron a construir una imagen moderna del país, asociada al movimiento, la innovación y el progreso.
Apóstol toma ese legado y lo cruza con las papeletas electorales de distintas épocas. En “Color Is My Business”, los colores identificados con los partidos dejan de funcionar como simples signos partidarios y comienzan a mezclarse, invadirse y degradarse. La operación visual plantea una metáfora sobre la corrupción y el desgaste de las instituciones. “En Venezuela las cosas cambian para seguir siendo exactamente igual”, sostiene el artista.

La serie utiliza los colores de antiguos partidos políticos venezolanos para representar el desgaste institucional y la corrupción que atravesaron el periodo democrático.
/ Juan Pablo Murrugarra
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La otra serie, “Partidos políticos desaparecidos”, elimina de las papeletas los nombres, fotografías y textos para conservar únicamente sus colores. El procedimiento convierte aquello que alguna vez permitió distinguir las opciones electorales en una especie de archivo abstracto de la desaparición política. La historia deja de leerse mediante rostros o consignas y aparece reducida a una paleta cromática.
Para Apóstol, esa pérdida de diferencias resulta especialmente significativa cuando se observa el antiguo bipartidismo venezolano. Acción Democrática y COPEI representaron durante décadas alternativas ideológicas distintas, pero terminaron compartiendo prácticas que contribuyeron al desencanto ciudadano. La posterior llegada del chavismo, sostiene, no surgió de la nada. “Chávez llegó con promesas de cambio, pero lo único que hizo fue exacerbar todos los vicios que habían en la democracia de ese momento”, afirma.
La exposición, sin embargo, evita convertir esa lectura en una sentencia cerrada. En el video “Chromosaturated Collective Bargaining Agreement”, grupos de personas atraviesan espacios arquitectónicos intervenidos cromáticamente, mientras la percepción de los colores cambia según el lugar desde donde se observan. Allí, la experiencia visual se convierte en otra pregunta sobre la política: una misma realidad puede ser interpretada de maneras radicalmente diferentes según la posición de quien la contempla.
Apóstol también mira hacia el futuro, aunque lo hace sin ofrecer certezas. Después de décadas observando las relaciones entre arte, poder e historia venezolana, su método continúa siendo el de formular preguntas y establecer conexiones. En esa incertidumbre encuentra precisamente una posibilidad. Frente a una historia marcada por sustituciones y desencantos, el artista propone mirar los mecanismos que permanecen debajo de los cambios visibles.


