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Desapareció. Hace dos meses en el Black Ball Open de Egipto, uno de los torneos más importantes del circuito, Diego no participó. Los especialistas se preguntaban qué había sido de él. Ignoraban que, saturado de tanto squash, había decidido descansar para reagrupar fuerzas. Ya no era ni el primero ni el segundo del escalafón mundial. Ahora era el cuarto. Así que darse una tregua, y junto a su padre (El Tigre Elias) encontrar juntos los caminos para mejorar su juego era una estrategia inteligente. Diseñar una ruta ganadora implicaba detenerse. Y ese era el momento adecuado.
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Reapareció más liviano. Con un estado físico impecable y sus modos estilísticos de siempre. Había, eso sí, recuperado la concentración perdida. Ya en su regreso en El Gouna parecía un atleta distinto. El mismo talento pero con otro nivel de adrenalina y confianza. Contra pronóstico, sin embargo, después de dos rondas fantásticas perdió en sets corridos contra el veterano ex campeón mundial Tarek Momen.
La derrota en una instancia decisiva frente a un rival peligroso, pero ganable en el presupuesto, removió cimientos; a este nivel si uno parpadea se chamusca. Paradójicamente fue en ese tropiezo donde se empezó a gestar la maravilla de hoy. Levantarse era para parte de las tareas de aprendizaje.
Dos semanas después en el campeonato mundial Diego pudo con todos: con el español Pajares ( que lo había sorprendido alguna vez) con el ascendente Ibrahim, y con tres número uno del mundo en distintos tiempos Karin Abdel Gawad, Ali Farag ( actual líder del ranking) y Mostafa Asal. Diego aplastó a los egipcios en su propio feudo cediendo una sola manga en su trayecto triunfal. La clave, además del sublime nivel de su juego, estuvo en su cabeza. Antes, reconoce, en algún momento en partidos difíciles dejaba de pelear, ahora no.
.@diegoelias96 IS WORLD CHAMPION! 🏆
The Peruvian Puma defeated @mostafasal_ 3-0 here in Cairo 👏#PSAWorldChamps pic.twitter.com/W4yfuVkaN4
— PSA World Tour (@PSAWorldTour) May 18, 2024
Esas agallas acompañaban a su papá cuando jugaba profesionalmente. Ahora, han despertado también en su hijo. Diego tiene 27 años, la edad justa para convertirse en su mejor versión. Ha espantado a todas sus pesadillas: las ajenas y las propias. En unos años la memoria del corazón le recordará que fue en esta semana en Egipto el momento en que se convirtió, por fin, en el jugador que siempre soñó con ser.


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