jueves, enero 15

Por Carol Núñez Vélez

Comunicadora y psicóloga

Vivimos en la era de la sobreinformación, en la que cualquier persona con acceso a un celular puede convertirse en fuente, periodista, analista y juez. Pero, en medio de este flujo constante de publicaciones, videos y tuits, se esconde una amenaza silenciosa y peligrosa: la manipulación intencional de la información.

En las redes sociales, la verdad suele ser moldeada, editada y distorsionada según intereses personales o colectivos. No se trata solo de fake news al estilo clásico, sino de una forma más sutil de manipulación: la tergiversación. Personas que toman un dato real, lo sacan de contexto, lo adornan con emociones o lo mezclan con medias verdades, para construir una narrativa que les beneficie.

Esto no ocurre solo en política —aunque allí es donde más se nota—. También pasa en conflictos personales, en debates sociales, en discusiones sobre deporte, salud, economía, cultura. Un recorte de video, una captura de pantalla fuera de contexto, un titular sesgado, y, de pronto, la opinión pública gira hacia donde el manipulador quería.

¿El objetivo? Ganar seguidores, deslegitimar al otro, obtener simpatía, viralizarse, evadir responsabilidades. La lógica es simple: en redes gana el que cuenta mejor la historia, no solo el que dice la verdad.

Y lo más preocupante es que estas estrategias funcionan, porque apelan a las emociones, a confirmar sesgos, a la inmediatez. Nos indignamos antes de verificar, compartimos antes de entender, juzgamos antes de escuchar. Así, quienes manipulan la información, además de no ser castigados, son premiados con visibilidad.

Frente a esto, urge una ciudadanía digital más crítica. No basta con saber usar las redes, hay que aprender a leer entre líneas, a sospechar de las verdades absolutas, a verificar fuentes. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de vivir no en un mundo de información libre, sino en un teatro de sombras, donde la realidad se convierta en una mera excusa para contar una historia conveniente.

Porque cuando la verdad se convierte en una herramienta para el beneficio propio, lo que está en juego no es solo la credibilidad de una persona. Está en juego nuestra capacidad colectiva de entender el mundo con claridad.

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