Si ahora mismo hubiese un incendio donde murieran 2000 mujeres, sería noticia mundial. Una tragedia de consecuencias penales y políticas. Pero en el Chile del 8 de diciembre de 1863, fue solo un martes. Nadie fue a la cárcel, nadie se hizo responsable, y, sobre todo, las víctimas pasaron al olvido por decisión de un Estado donde la mujer era, antes que ser humano, propiedad del marido. La escritora Francisca Solar (Santiago, 1983) recuperó esta historia y la contó con las herramientas de la ficción, pero con el corazón en la realidad.
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Siempre está la tentación de juzgar a personajes del pasado con ojos del presente, como en el caso de Cornelia Vanderbilt, madre de Fátima y Helena, quien es una especie de carcelera espiritual de su familia, ejecutora de los mandatos de la Iglesia y que, al mismo tiempo, es consecuencia del sistema. “Siempre es muy importante decir que un sistema tan complejo y tan rígido como el patriarcado requiere de mujeres presentes. En muchos momentos de la humanidad, han sido mujeres las que han promovido este sistema y han sido parte de él”, insiste Solar, para quien es ineludible juzgar los hechos pasados con los ojos del presente.
A continuación, la entrevista completa.
—¿Cómo dirías que ha cambiado tu vida desde que empezaste a escribir?
Ha pasado mucho tiempo. Llevo 20 años en la literatura profesional y han pasado muchísimas cosas. No solo he cambiado yo como autora, he evolucionado, incursionado en distintos géneros. He publicado con distintas editoriales en distintas partes del mundo. También ha cambiado mucho el circuito, la forma de publicar, los criterios editoriales, las prioridades, cuáles eran los temas que eran tendencia y lo que hoy está esperando mi público, que es adulto. La mayor parte de las personas que me leen son de mi generación, han crecido conmigo. Hoy día escribo adulto porque mi público ya creció, muchos tienen hijos, familia. En mi literatura está reflejado eso. He visto en estos 20 años un dinamismo muy grande de la industria del comportamiento de los escritores, de los temas. Tengo la suerte, el privilegio de que las editoriales me hayan permitido siempre publicar lo que quiero escribir y no necesariamente lo que ellos quieren.
—Sé que estuviste en colegios religiosos. ¿Se hablaba sobre el incendio de la compañía en esos colegios?
No, nada. Esto es un tema muy controversial porque no es que haya estado escondido, porque sí es nombrado en algunos libros de historia. Lamentablemente, el grueso de la población chilena no tiene idea que esto ocurrió. El lugar del incendio no tiene ninguna placa, nada. La iglesia ya no existe, ni siquiera las ruinas. Nadie que pase por ahí sabe que el incendio ocurrió. La fosa común no está visiblemente demarcada, nadie sabe que hay 2000 mujeres sepultadas. No es un hito escondido, pero por muchas razones es un hito desconocido. Cuando se publica “El buzón de las impuras” causa un impacto muy grande en muchísima gente que empezó a alegar por qué no nos enseñan sobre el incendio. Se genera una especie de movimiento social de recuperar este trocito de la historia de Chile, hacerla más visible sobre todo para las nuevas generaciones.
—¿Cómo pasaste de enterarte del incendio a escribir la novela?
Me impactó muchísimo mi propia ignorancia sobre este tema. Me di cuenta que al menos yo nunca había leído nada al respecto. Yo suelo leer mucha historia de Chile y de este tema en particular no había escuchado. Tenía una noción muy vaga, pero no detalles de la magnitud, no tenía idea que había sido una catástrofe tan grande, portada de diarios internacionales por lo espantoso que fue. Uno pensaría que todo el mundo lo sabría; una especie de Titanic. Y ocurría todo lo contrario. Eso me motivó a escribir porque creo que tenía todo el mérito necesario, no solo para que se convirtiera en un evento de la historia de Chile, que fuese mucho más conocido, sino por las características específicas. Era muy necesario contar esta historia con todos los detalles, porque también me impresionó la gran injusticia con la que se trató a las víctimas. Una parte del relato las culpa de su propia muerte. Se habla que murieron por sus vestidos, que eran muy grandes, pesados, entonces no podían salir por las puertas. La realidad fue bastante más compleja. Los vestidos son un factor, sin embargo no es lo más importante. Y contarlo con perspectiva de género, devolverle la dignidad a las víctimas, corregir esta injusticia histórica y mostrar este hito con la complejidad que tiene, con los distintos factores involucrados, para de alguna manera romper esta rueda de humillación hacia ellas y volver a nombrarlas porque la gran mayoría no pudieron ser reconocidas. Están todas en una fosa común.
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—El Chile que tú describes en la novela es, en la práctica, un infierno. La mujer no tenía derecho a la identidad. Legalmente no existían como individuos.
Lo que sucedía en Chile a mediados del siglo XIX es muy parecido a toda Latinoamérica. De ahí el gran éxito de “El buzón de las impuras” aquí en Perú, en Argentina, en Uruguay, en México, porque estábamos, nuevas repúblicas, viviendo procesos muy parecidos. En Chile las mujeres eran objetos sociales más que sujetos. No tenían reconocidas su autonomía en muchas áreas. Eran propiedad de su padre y después propiedad del marido, no tenían derecho a voto, no tenían acceso a cargos públicos. Las cuestiones más básicas les eran negadas, no había acceso a la educación superior, la educación secundaria no estuvo certificada para señoritas durante muchísimo tiempo. Cuando ocurre el incendio de la Compañía en 1863 es un momento muy álgido en esta pelea entre conservadores y liberales o progresistas que están pidiendo cambios: que la Iglesia Católica tenga menos poder, que la autoridad civil tenga más. Se está pidiendo apertura al mundo. Dentro de todos los factores se acusa al fanatismo religioso como un factor de por qué muere tanta gente. Con mayor razón se hace evidente que es importante empezar a quitarle un poco de poder a la Iglesia

Francisca Solar, escritora chilena.
/ NUCLEO-FOTOGRAFIA > CESAR CAMPOS
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—Me llama la atención lo que mencionas, que los textos del buzón eran leídos. ¿Y eran leídos frente a sus autoras?
Sí, claro. En estas sesiones de las Hijas de María, este grupo de mujeres que era liderado por un párroco jesuita, Juan Bautista Ugarte. Hoy lo tendríamos como una especie de catequesis, pero en realidad eran instancias que estaban hechas como adoctrinamiento.
—Control social.
Exacto, es puro control social donde se inculca a las mujeres qué se espera de ellas. Las Hijas de María eran inculcadas bajo los valores de la Inmaculada Concepción: humildad, obediencia, sumisión. Había estudio bíblico, se leía el rosario, pero además se decía a las mujeres: ‘no piensen mucho, ustedes no nacieron para estudiar, solo nacieron para ser madres. Tu único rol es el reproductivo, tienes que ser sumisa a tu esposo’. Eran instancias de control social dirigidas por el poder religioso. En ese contexto surge el buzón de la Virgen, que pasa por distintos estadios, pero en el contexto de las Hijas de María es una especie de confesionario público donde este jesuita las obliga a escribir sus pecados más indecibles y a introducirlos en este buzón como una especie de purificación. Él leía algunos. Como eran anónimos para proteger el secreto de la confesión, leía muchas veces en las sesiones esos pecados y se discutía penitencia pública.
—Usar la vergüenza para mantener a la gente a raya.
Es una instancia de humillación, coerción y control.
—En esa instancia de control pienso en el personaje de Cornelia, que es una carcelera de sus propias hijas. Pero ella es consecuencia también de lo que vino antes.
Del mismo sistema. Siempre es muy importante decir que un sistema tan complejo y rígido como el patriarcado requiere de mujeres presentes. En muchos momentos de la humanidad, han sido mujeres las que han promovido este sistema y han sido parte de él. Cornelia es un personaje que está muy rigurosamente escrito en el sentido histórico, porque refleja al tipo de mujer en la época que defendía los valores patriarcales y que era parte muy activa del sistema. Es la forma en que la educaron. Pero vemos el gran contraste con sus hijas, esta nueva generación que está abriendo los ojos al mundo, a ideas nuevas. Empiezan a empoderarse para exigir que ciertas cosas cambien. En ese cambio tan brusco sucede el incendio de la Compañía.
—Siempre es tentador, cuando uno lee estas obras, juzgar a los personajes de épocas pasadas con los ojos del presente. ¿No es un poquito peligroso verlos así?
Creo que es muy importante hacerlo. El ejercicio historiográfico permite juzgar los hechos históricos de acuerdo al momento en el que ocurrieron y entender, no justificar, por qué Cornelia es como es, o por qué el jesuita Juan Bautista Ugarte decide cerrar la puerta de la sacristía para salvar los muebles antes que a las mujeres. Con los ojos de hoy eso es homicidio culposo, pero en 1863 lo que está haciendo Ugarte es decidir qué objeto salva: ¿el objeto mujer o el objeto candelabro de plata? Es muy importante analizar, interpretar los hechos históricos de acuerdo a la información que se tenía en el momento, pero también lo es analizar, interpretar y enjuiciar con los ojos del presente porque es la única forma en la que aprendemos. Es ineludible juzgar los hechos pasados con los ojos del presente porque hoy como sociedad tenemos información del mundo que nos rodea que hace 160 años no la teníamos y no podíamos generar un pensamiento crítico.
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—Estoy viendo que se perdieron las cartas.
Se les perdió completamente la vista.
—Pero los diarios de la época hablaban muy mal de las cartas.
Exacto, esto de pedirle a las mujeres que escribieran sus pecados a mucha gente le parecía reñido con el sacramento de la confesión que resguardaba esa intimidad. Escribirlo y ponerlo en un buzón les parecía que hacía muy público un acto. Era un tema polémico y la prensa se refirió varias veces a esto, que no les parecía [correcto].
—Y tal vez sea una de las primeras instancias donde hay registros de que hubo oposición directa a que las mujeres escriban algo.
Sí estaba esta discusión que la escritura como práctica era un terreno masculino. No es que las mujeres no pudiesen entrar, pero era mal visto, estaba muy en contra de la tradición social. Una mujer que lo hizo sí tenía que ser muy valiente. Pero en la práctica del buzón lo que era controversial era transgredir ese espacio íntimo de la caseta del sacramento de la confesión: tú, tu párroco y nadie más.
—Una última consulta que nada tiene que ver con el libro: Empezaste escribiendo literatura juvenil a inicios del milenio. En su momento te criticaron por un montón de razones, pero ahora lo que mueve la aguja, lo que vende, es la literatura juvenil. ¿Te sientes vengada, tal vez?
[Risas] Me encanta esa pregunta por lo que te decía al comienzo. En estos 20 años he visto de todo. Soy de la generación que partió escribiendo en internet con el fan fiction. En ese minuto toda la escritura en entornos digitales era muy demonizada. Se nos trataba de caprichosos; que estos adolescentes no tienen idea que la literatura es en papel y solo puedes declararte escritor si tienes un libro empastado. Hubo mucho desconocimiento, ignorancia y miedo sobre lo digital. Como yo venía de ahí, no hice ningún taller literario, no tenía ningún mecenas ni padrino en el circuito, no estudié literatura. Entonces esta niñita que viene de escribir fanfic de “Harry Potter” de repente aparece en la literatura profesional, eso le pareció una herejía muy espantosa a mucha gente. Y hoy escribir en digital, en Wattpad, es mainstream, normalizado. Podría decir, ‘qué rabia, ¿por qué eso no me pasó a mí?’, pero al contrario. Me encanta ver cómo ese miedo y prejuicio tan grande ya no existe. Estoy feliz de que haya jóvenes que escribiendo en Wattpad, Storytel u otros entornos puedan saltar a la literatura profesional sin grandes cuestionamientos más allá del contenido que escriben. Me parece perfecto, sano y bonito de ver. En todo momento de la humanidad, cuando hay grandes cambios, grandes saltos, sobre todo de formato, saltos en las disciplinas, siempre hay una generación que tiene que apretar los dientes y comerse todos los prejuicios y el miedo para que las generaciones venideras disfruten de esto de forma mucho más sana y libre y eso es lo que estoy viendo hoy.
DATO
“El buzón de las impuras” está disponible en librerías. Hay una serie de televisión en desarrollo sobre esta historia.














