Antes de escuchar su nombre como ganador de “Yo Soy: Grandes Batallas”, Josué Rivaldo Quispe esperaba el resultado abrazado al imitador de Pedro Infante. La euforia todavía no lo alcanzaba. En su cabeza, más bien, se repetía la posibilidad de una vieja escena: otra final, el mismo rival al lado, el mismo nudo en la garganta y la sensación de que el segundo lugar podía esperarlo otra vez. Pero esta vez ganó. Y mientras el set estallaba en aplausos, él solo quería ver a sus padres. Los buscó con la mirada en la tribuna y los vio llorando de felicidad. “No imaginé que podía ganar”, admite.
Su victoria no fue un golpe de suerte. Llegó después de un proceso absorbente, agotador y emocionalmente duro. El programa, cuenta, le arrebató horas enteras con su hijo Bastian, de apenas dos años y medio.
“Perdí cosas muy valiosas por estar en el concurso, como acompañar a mi hijo en una etapa tan importante, justo ahora que va al nido. Pero sé que, cuando crezca, va a sentirse muy orgulloso. Y también es por él que hago todo esto”, reflexiona.
Ese esfuerzo no fue solo emocional. También le pasó factura al cuerpo. En la recta final llegó a cantar estando enfermo. En el programa pensaron que se había sobreexigido la garganta, pero no era eso.
“En realidad, estoy delicado de salud”, explica. “Mi hijito se contagió de tos y gripe en el nido y terminó contagiándome. Estos días he tenido fiebre, estoy completamente mal. Pero, como siempre digo, el público en sus casas no tiene por qué saberlo. La función debe continuar”, señala.
La presión no vino solo del cuerpo. También llegó desde el jurado, desde las críticas y desde esa sensación persistente de no estar siendo del todo comprendido. Le dijeron que su imitación a Raphael parecía una parodia, que resultaba exagerado, histriónico, que se sobreactuaba y se desbordaba en el escenario. Y aunque hoy reconoce que esos comentarios terminaron ayudándolo a mejorar, hubo momentos en que lo quebraron. Más de una vez pensó en retirarse. Incluso llegó a hablar con producción para no volver a “Grandes Batallas”.
“Sí, pensé en retirarme varias veces. Yo llegué con una expectativa muy alta y quería sentir que lo estaba haciendo bien, que el jurado lo notaba. Pero sus comentarios siempre fueron muy estrictos conmigo y eso me afectaba bastante. En su momento me frustraba, porque yo sentía que estaba dando todo y no entendía por qué no alcanzaba. Después comprendí que, aunque me dolieron, también me ayudaron a crecer”, recuerda.
Su historia con la música empezó mucho antes de los reflectores. De niño cantaba música criolla, cumbia y salsa en el colegio. Después llegaron las primeras imitaciones a Nino Bravo, Camilo Sesto y José José, esa música que él llama “de recuerdo”.
“Mis padres me decían que hiciera música más comercial, más bailable, pero yo no quería. Y mira, quién diría que terminaría ganándome la vida con lo que realmente me gusta”, comenta sonriente.
Su primer paso por “Yo Soy” fue como José José. A Raphael llegó después, por intuición, pero también por terquedad. Cuando estalló la pandemia, los shows se cayeron y la vida se volvió incierta. Tiempo después, cuando surgió la posibilidad de volver al programa de Latina, ya tenía a su hijo y una carga mayor sobre los hombros. Pero había algo que sí tenía claro: quería regresar. Lo que todavía no sabía era con qué personaje. Entonces envió su video como Raphael. Lo rechazaron dos veces. Insistió. Fue al casting presencial. “No tengo nada que perder”, pensó. Y esa vez sí lo aceptaron.
Interpretar a Raphael no era una elección cómoda. Era, quizá, una de las más difíciles. No solo por la voz, sino por el peso del personaje, la historia, los gestos y la desmesura controlada de un artista que parece existir entero sobre el escenario.
Josué no solo tuvo que estudiarlo, tuvo que meterse en su piel. Se preparó durante medio año con absoluta disciplina, durmió poco y pulió con obsesión cada detalle: las manos, la mirada, el dejo español y esa forma tan única de habitar cada canción.
“Lo más difícil fue cargar con el peso de un artista como Raphael”, explica. “Su música, como la de José José o la de esos grandes cantantes de antes, va a perdurar en todas las generaciones. Y lograr esa trascendencia lo consiguen muy pocos. Raphael, al ser uno de ellos, es de los artistas más complicados que me ha tocado interpretar”, asegura.
No se trataba solo de alcanzar su registro vocal. El verdadero reto, dice, estaba en su intensidad. “Más allá de su calidad vocal, que nadie discute, Raphael es un monstruo en el mejor sentido de la palabra. Está su interpretación, su histrionismo, esas locuras que maneja en escena. En muchas entrevistas él mismo dice que no actúa, que él es así. Y eso fue lo que más me costó: yo actuaba como él, pero todavía no lo interpretaba desde un lugar más mío, más cercano a lo que haría Josué”.
Josué Rivaldo junto a su padre José Luis Quispe en las instalaciones de El Comercio. (Foto: Hugo Pérez)
/ HUGO PEREZ




