lunes, abril 13

En el principio, todo fue brevedad. Si nos referimos al lenguaje, a sus primeras articulaciones en la historia del ser humano, con dos o tres monosílabos todo estaba dicho. La brevedad, sin embargo, como comúnmente se piensa, no es una técnica ni un recurso estilístico: es una toma de posición frente al tiempo, al lenguaje y a la experiencia. Desde la escritura, lo breve no es lo reducido por pobreza, sino lo concentrado por precisión. En esa concentración, la palabra deja de expandirse y se convierte en una caja que resuena. Cada término adquiere así un peso específico y, paradójicamente, como también lo propone Ítalo Calvino en sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, adquiere su levedad. La brevedad, entonces, no elimina el sentido: lo desplaza hacia lo no dicho. Y es allí donde aparece el silencio como parte constitutiva del texto. Ese silencio, convengamos, no es vacío, sino espacio activo.

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En esta experiencia de decir (y de escribir), la brevedad funciona como un umbral y conduce rápidamente a ese punto donde la palabra cesa, el silencio aparece, pero el sentido continúa. Los que escribimos microrrelatos sabemos que lo importante es llegar antes a ese silencio, pero no para callar, sino para permitir que algo más ocurra.

Por supuesto, estos caminos hacia la brevedad se han nutrido de diversos derroteros. Por ejemplo, la relación entre brevedad y silencio encuentra una de sus formulaciones más precisas en la tradición japonesa y el budismo zen. El haiku, consolidado durante el período Edo, es quizás su registro más evidente. En apenas 17 sílabas, distribuidas en un esquema de 5-7-5, se busca capturar un instante irrepetible. No se trata aquí de describirlo exhaustivamente, sino de fijar su intensidad. El haiku no desarrolla: sugiere. No explica: muestra. Y en ese gesto mínimo, lo efímero se vuelve perceptible.

Vinculado a esta práctica aparece el concepto de mono no aware, una sensibilidad hacia la fugacidad de las cosas. Lo breve, en este contexto, no es solo una forma, sino una ética de la percepción. Se trata de reconocer que todo instante es transitorio y que, precisamente por ello, merece ser atendido sin artificio. Y al hacerlo, permite que lo esencial emerja sin resistencia.

En el mismo ámbito del budismo zen, esta lógica la vemos radicalizada a través de los koan. Estas historias breves, a menudo paradójicas, no buscan transmitir un conocimiento discursivo, sino provocar una ruptura en el pensamiento lógico. Su brevedad no es decorativa ni estilística: es funcional. Un koan actúa como un golpe seco que interrumpe la cadena habitual de razonamiento. Un ejemplo muy conocido es el siguiente: “Dos manos aplauden y producen un sonido. ¿Cuál es el sonido de una sola mano?”. Como es evidente, este texto no se interpreta; se lo atraviesa. En esa interrupción, lo que se produce no es una respuesta, sino una forma de comprensión inmediata, no mediada por el lenguaje.

Así, tanto en el haiku como en el koan, la brevedad aparece como una vía de acceso a una experiencia que excede la palabra pero que necesita de ella. No se trata de decir menos, sino de decir de otro modo.

Esta misma lógica de lo breve, aunque desde otra tradición, puede rastrearse en el surrealismo francés. Los surrealistas, interesados en acceder a lo inconsciente, privilegiaron formas breves que permitieran la irrupción de imágenes no mediadas por la razón. La escritura automática, los fragmentos, las asociaciones inesperadas: todo ello responde a una búsqueda de lo instantáneo. Lo breve, dentro de las líneas de este marco, no ordena la experiencia, sino que la desestabiliza. Basta recordar el célebre verso de Paul Éluard: “La tierra es azul como una naranja”, para advertir que, en el surrealismo, la brevedad no resume ni aclara: irrumpe.

Aunque la influencia japonesa en el surrealismo no siempre es directa, existen puntos de contacto evidentes. En todos estos casos, la brevedad no es síntesis de algo previo, sino su aparición.

En esta línea, la brevedad no busca el efecto inmediato ni el golpe de ingenio, sino la apertura de un campo de posibilidades. Desde la literatura, cada microrrelato funciona como un dispositivo de interrupción: plantea una situación y la suspende, dejando al lector en un estado de incertidumbre productiva.

De este modo, la brevedad se configura como una práctica que articula tiempo, silencio e intensidad. No es una limitación, sino, finalmente, una forma de libertad. Permite que la escritura se desprenda de la obligación de explicarlo todo y que el lector asuma un papel activo en la construcción del sentido. En última instancia, elogiar la brevedad no es defender lo mínimo por sí mismo, sino reconocer que, en ciertos casos, decir menos es la única manera de decir mejor.

Además…

A saber

Ricardo Sumalavia es el más reconocido cultor local del género del microrrelato. Su escritura transforma lo cotidiano en algo inquietante, logrando que cada breve texto sea un universo expansivo. Su obra reunida se presenta el 7 de mayo, a las 7 p.m., en la librería Blanca Varela del FCE, en Berlín 238, Miraflores.

“Enciclopedias del carnaval”

Autor: Ricardo Sumalavia    

Editorial: FCE

Año: 2026

Páginas: 252

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