lunes, abril 13

A la hora de buscar y ejercer poder en el Perú, como ahora y siempre, la sociedad tiene sus demonios y la política sus bandidos.

Sabiendo que la sociedad tiene sus demonios, ¿qué podíamos esperar de la fragmentación política que hemos vivido hasta ayer, con 35 partidos compitiendo por el poder presidencial y parlamentario?

Ahí está un primer resultado: una apretada pelea por el segundo lugar, que sumado al primero (lo que cada cual tiene) apenas llega al 30% de votos de 27 millones de peruanos.

Sabiendo que la política tiene sus bandidos, por qué tuvimos que llegar a estos múltiples pequeños espacios de poder que son las candidaturas presidenciales y parlamentarias. Se trata, sí, de pequeños espacios de poder, pero con los que cualquiera pretende llegar a gobernar por cinco años con solo seis meses de campaña y el 12% de votos en primera vuelta; con los que cualquier Perico o Perica de los Palotes puede sentarse a regir el destino político, económico, social y patrimonial de un país tan rico como el Perú, cuyo crecimiento sostenido de los últimos treinta años puede ser tirado por la borda.

Ahí está un primer resultado de esta horrorosa fragmentación política: dónde está la delegación de poder presidencial y parlamentario en la dimensión por lo menos aceptable del 50% de votos entre el primer y segundo lugar de la votación de ayer.

Sabemos que Keiko Fujimori ganó holgadamente la primera vuelta, como no sabremos hasta mañana o quizás hasta pasado mañana quién, en verdad, entre los cuatro candidatos presidenciales que la siguen, Rafael López Aliaga, Ricardo Belmont, Ricardo Sánchez o Jorge Nieto, disputará con ella el próximo 7 de junio el mayor poder político del país de los próximos cinco años.

Tenemos que haber comprobado en las últimas 72 horas previas a la elección  cómo se ha movido cruzada y vertiginosamente la intención de voto en una demostración de que el electorado, entre desinformado y desconcertado, podía mutar y revertir sus preferencias e identificaciones como le diera la gana. El sistema político, con sus antinormas, y el sistema electoral con su ineptitud y su improvisación, incapaz de sentar autoridad, sanción y confianza, han puesto en las manos  del electorado la intención de voto y definitivamente el voto también, no como un mandato ciudadano real y efectivo, sino como un boleto de la suerte para jugarlo al mejor postor. Así aparecieron aquellos que con dos rounds de debates de tres minutos de turno saltaron del 1% en la tabla de opciones al 10% u 11% de terminada la elección, sin que antes nadie supiera de ellos y peor aún de sus planes de gobierno.

La cuestión de fondo radica en el hecho contradictorio de por qué tenemos una valla estricta del 5% de votos, más tres senadores y siete diputados por bancada para tener presencia en el Congreso, después de haber corrido una elección de primera vuelta con 35 candidaturas presidenciales y más de un millar de parlamentarias. ¿Y por qué no hubo una valla suficientemente elevada para que solo compitieran no más de 12 partidos como máximo? ¡A quiénes les faltó dos dedos de frente para hacerlo!

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