martes, febrero 17

El éxito empresarial suele medirse en Ebitda, participación de mercado o robustez operativa. Sin embargo, a lo largo de mi trayectoria profesional he confirmado una verdad incómoda pero consistente: las organizaciones no escalan más allá del nivel de conciencia, responsabilidad y madurez personal de quienes las dirigen.

El éxito empresarial suele medirse en Ebitda, participación de mercado o robustez operativa. Sin embargo, a lo largo de mi trayectoria profesional he confirmado una verdad incómoda pero consistente: las organizaciones no escalan más allá del nivel de conciencia, responsabilidad y madurez personal de quienes las dirigen.

Cuando una compañía se expande, los desafíos técnicos (logística, finanzas, sistemas, etc.) dejan de ser diferenciales para convertirse en requisitos básicos de gestión. El último Global CEO Outlook (KPMG) revela que casi el 60 % de los líderes admite que la exigencia de su rol ha cambiado drásticamente. Ya no se trata solo de saber qué hacer, sino de quién debe transformarse en líder para sostener decisiones que impactan en miles de vidas, porque en la empresa no gestionamos estructuras sino personas.

Mucho se habla de la actualización de habilidades técnicas ante la IA y la digitalización. Según el WEF (2025), el 40 % de las competencias actuales caducará al 2030; y el verdadero diferencial competitivo será cognitivo y emocional. El autodesarrollo del líder ha dejado de ser una opción de “crecimiento personal” para convertirse en una responsabilidad que exige incomodarse, cuestionarse y que muchas veces tiene que dolerte para lograr una transformación real.

Un líder anclado en sus sesgos o fórmulas del pasado puede convertirse en el principal cuello de botella de la empresa. Crecer exige soltar el control operativo para adoptar un pensamiento más sistémico: pasar del “yo mando” al “yo facilito”. Hoy, liderar implica crear las condiciones para que los equipos se autodesarrollen y acompañarlos en el proceso, con la humildad de reconocer que lo que funcionó ayer puede ser lo que impida avanzar mañana.

En entornos volátiles, la claridad no viene de los datos, sino de la templanza y el autoconocimiento. Si aspiramos a construir empresas que perduren, debemos asumir el desafío de ser líderes que nunca dejan de evolucionar, sin perder de vista que el equilibrio personal no es un lujo sino la base de cualquier transformación verdadera.

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