En tiempos donde parece más fácil identificar aquello que nos divide que aquello que nos une, existe una lección que se repite en muchos proyectos. Cada actor llega con intereses y expectativas distintas, e incluso, a veces, con cierta desconfianza. Sin embargo, cuando las conversaciones avanzan y las personas empiezan a escucharse, ocurre algo valioso: surgen puntos en común que permiten construir acuerdos y avanzar hacia un objetivo compartido.
El Perú es un país diverso, complejo y muchas veces lleno de contrastes. Pero también ha demostrado una notable capacidad para encontrar puntos de encuentro cuando enfrenta desafíos importantes. Y esa capacidad no es menor. Sin confianza es difícil atraer inversión, impulsar proyectos, fortalecer instituciones o sostener políticas públicas que generen bienestar en el largo plazo.
Robert Putnam, profesor emérito de Harvard, sostiene que las sociedades con mayores niveles de confianza entre sus ciudadanos logran mejores resultados económicos y sociales. La confianza no es un valor abstracto; es un activo que facilita la colaboración y hace posible el desarrollo sostenible.
Lo vemos todos los días en comunidades que se organizan para resolver problemas comunes, en emprendedores que generan oportunidades donde otros ven dificultades y en alianzas entre distintos sectores para impulsar soluciones concretas. Son esfuerzos que rara vez ocupan los titulares, pero que explican buena parte de los avances que hemos alcanzado como sociedad.
Un ejemplo es “Patios que Educan”, una campaña de Unacem desarrollada junto a docentes, especialistas, padres de familia y estudiantes de Villa María del Triunfo para transformar el patio de un colegio en un espacio que promueva la convivencia y el aprendizaje. Los resultados fueron significativos: aumentó la socialización entre estudiantes en 75%, el trabajo en equipo en 66% y se redujo la deserción escolar en 30%.
Hoy, cuando abundan las razones para enfocarnos en aquello que nos separa, quizás el desafío sea fortalecer aquello que nos une. No como una aspiración idealista, sino como una condición necesaria para construir un desarrollo más inclusivo y sostenible. Después de todo, las obras que perduran no son las que se levantan en solitario, sino las que se construyen entre muchos.