sábado, enero 17

La intervención cambiaria es, probablemente, una de las herramientas más controversiales del arsenal macroeconómico. Por eso no sorprende que el reciente retorno del BCR a las compras de dólares en el mercado spot –que ya superan los US$3.500 millones desde noviembre pasado– haya desatado interpretaciones de todo tipo. La razón de la diversidad de lecturas es simple: la intervención es un instrumento multipropósito, y su evaluación depende crucialmente de qué problema se intenta resolver.

La encuesta del Banco de Pagos Internacionales (BIS, 2022), aplicada a 21 bancos centrales, ayuda a ordenar la discusión. En economías emergentes, las razones para intervenir rara vez son “ganar competitividad” mediante depreciaciones. Predominan objetivos de estabilidad: contener episodios de estrés en los mercados, acumular reservas, proveer liquidez en moneda extranjera, reducir presiones especulativas y apoyar la estabilidad de precios. En la práctica, prima la gestión de riesgos.

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Esta visión no siempre fue dominante. A inicios de los años setenta, luego del fin de Bretton Woods –el acuerdo que fijaba el valor de las principales monedas globales al dólar– la volatilidad cambiaria primó y los bancos centrales intervinieron activamente. El debate cambió drásticamente en los ochenta con un creciente escepticismo sobre la efectividad de las intervenciones y el poco éxito de los acuerdos del Plaza y del Louvre, así como las experiencias negativas de los países de América Latina y Europa fijando el tipo de cambio. Hacia el cierre de la década, el ánimo liberalizador del Consenso de Washington encumbró a la flotación pura, volviéndola parte integral del manual de estabilización macro. Perú nunca terminó de comprar esa idea. El BCR consolidó una política de flotación administrada, defendida como mecanismo para reducir volatilidad excesiva y evitar desorden. En su momento, la postura fue vista con recelo por organismos internacionales.

La crisis financiera global del 2008 marcó un punto de inflexión. Las políticas “no convencionales” en economías avanzadas reabrieron el debate y dieron legitimidad a instrumentos que antes eran vistos con sospecha. En paralelo, la investigación académica refinó el diagnóstico: la intervención cambiaria puede mejorar la eficiencia en mercados poco profundos, facilitar la integración del mercado financiero doméstico con el global y, además, aportar estabilidad en episodios de desorden y confusión.

Este es el punto clave para entender el caso peruano. Se trata de una política que busca que el tipo de cambio siga siendo un precio que informe y no un factor que desestabilice. Si bien es fundamental administrar el riesgo latente de distorsionar el mercado, hoy entendemos que la intervención cambiaria es una herramienta central de gestión de riesgos y que, en el Perú, contamos con uno de los bancos centrales pioneros a escala mundial en utilizarla con ese propósito.

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