Se le acaba el tiempo al candidato de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez. El viernes 3 de julio, el Jurado Nacional de Elecciones proclamará los resultados de la segunda vuelta y, ante las últimas decisiones del ente electoral y las actualizaciones del conteo de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, el triunfo de Keiko Fujimori es inminente.
Ya desde el último martes las diferentes agencias de noticias internacionales daban como virtual presidenta electa a la candidata de Fuerza Popular, y es que los votos de las actas que quedan por ingresar al cómputo no superan la diferencia de votos que separa a Fujimori Higuchi de Sánchez Palomino.
Y fue precisamente el martes cuando Roberto Sánchez, en su vano intento por cambiar la realidad y dilatar el desenlace, señaló en conferencia de prensa que no reconoce ni los resultados de las elecciones ni a Keiko Fujimori como presidenta de la República. El parlamentario pretendía anular todos los votos de los peruanos en el exterior, iniciativa desestimada definitivamente por el Jurado Nacional de Elecciones. Se le acabaron las opciones.
Esta actitud antidemocrática marcó un hito, pues un proclamado aliado suyo como Alfonso López Chau, de Ahora Nación, sostuvo que respetará los resultados, mientras que el excandidato George Forsyth también tomó distancia del sombrero. Parecen lejanos los días en que se unieron al candidato de Juntos por el Perú para expresarle públicamente su apoyo en el entendido de que la candidata Fujimori ha copado todos los poderes. Por eso se unían en “defensa de la democracia”.
Incluso el expresidente del Consejo de Ministros Salvador del Solar anunció su voto por Sánchez, pues lo consideraba un peligro menor frente a la opción de Fujimori Higuchi.
Las señales eran claras, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Es razonable considerar una opción democrática la de un candidato que se alió con Antauro Humala para llegar a la segunda vuelta y luego intentó deslindar solo por estrategia?
¿Es democrático que un candidato reivindique a un condenado por golpismo como Pedro Castillo con el afán de cosechar votos?
¿Es democrático un cambio en el plan de gobierno en la última fase del proceso electoral solo con el objetivo de ganar votos? ¿O ya nos olvidamos de que los aliados de Sánchez repetían “con el plan de primera vuelta no gana”? No era convicción, era propaganda.
Los valores democráticos no se alquilan para una elección, se defienden en todas las circunstancias; no se travisten solo para endosar el apoyo a un candidato que se enfrenta a la opción que no nos gusta.
Los ‘falsos demócratas’ solo nos han confirmado que sus posiciones se acomodan según la ocasión.
La derrota de Sánchez es inminente, y de él solo queda un sombrero solitario.




