La actual incertidumbre en torno al desenlace de la segunda vuelta electoral ha desnudado viejos lastres políticos y sociales que arrastramos como sociedad. Para alguno, esto podrá resultar una obviedad, pero vale la pena reseñarlos por si la situación mejora. Es que soñar no cuesta nada.
En primer término, ha fallado el Estado. En efecto, la reciente jornada electoral confirma esta percepción, sobre todo porque resulta evidente que se trata de un momento en que el Estado tiene el monopolio de la acción.
El saldo es lamentable: la convaleciente democracia peruana ha sufrido una recaída, propinada por las fallas logísticas de la ONPE y el desdén y la displicencia con que sus líderes enfrentaron la crisis. Completa este diagnóstico el comportamiento errático del JNE: ¿dónde estaban los fiscalizadores la tarde del viernes para alertar de las tardanzas en la llegada del material de votación?
No faltan las teorías conspirativas que ven en estos errores garrafales una voluntad por torcer la voluntad popular. Sin embargo, tales interpretaciones carecen de evidencia seria. Se trata, más bien, de funcionarios del Estado que actuaron, ante la emergencia, con negligencia, insensibilidad e irresponsabilidad.
El otro lado de la moneda es la laxitud que han exhibido muchos actores políticos en relación con la ley. Las expectativas, por ejemplo, en torno a la anulación de las elecciones van en esa dirección. No obstante, deberían dejar en claro que son solo eso: deseos. No hay un solo correlato con el marco jurídico establecido que justifique tal decisión o, inclusive, la realización de comicios complementarios.
Bien lo resumía la mañana del martes Fernando Rodríguez Patrón en una entrevista con Fernando Carvallo y Mávila Huertas: “Quienes sustentan o alientan una nulidad parcial o total simplemente están expresando un deseo” (RPP, 21/4/2026).
Por ello, preocupan los rumores que circulan al cierre de esta columna: la anulación, de oficio, por el pleno del JNE, de las elecciones en Lima Metropolitana. La eventual concreción de un ‘legicidio’ de esta naturaleza no solo abre una caja de Pandora, sino que sienta un nefasto precedente para procesos electorales por venir. En ese sentido, no le falta razón a Enrique Castillo cuando afirma que “el remedio puede ser peor que la enfermedad” (El Comercio, 19/4/2026).
A lo dicho previamente, se suma la activación de atávicos males que, de un tiempo a esta parte, caracterizan a los balotajes peruanos y que suelen responder a componentes sociales antes que políticos: el racismo, la estigmatización, la intolerancia y, recientemente, la necedad de creer que pueden coexistir varias verdades frente a hechos únicos.
Se suele afirmar que a una persona se le conoce cuando obtiene poder; de igual manera, a una democracia, por la forma en que maneja sus comicios. Hoy el Perú está enfermo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.














