UN HOMBRE SENCILLO, VÍCTIMA DE LA DELINCUENCIA
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Fray Pedro Serna era un hombre enjuto, de barba larga y canosa, y voz afable, natural de España, que había pasado 20 años en la selva como misionero en Madre de Dios, entre 1906 y 1926, para luego venir a Lima por un tema de salud y recalar en el Santuario de Santa Rosa.
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Fray Serna, algo enfermo desde su regreso de la selva, llevaba en la capital una vida sencilla, cuidando el corral de aves y atendiendo la portería. Era muy querido por niños y vecinos. Y en esas condiciones humanas llegó a su entregada vida religiosa, el fatídico miércoles 11 de septiembre de 1929.

Esa noche, el fraile Serna, encargado de la puerta de la “Casa de los celadores” del santuario de la santa limeña, respondió al llamado de tres hombres, quienes le dijeron que requerían de un bautizo urgente. El noble fraile no sospechaba lo que ocultaba aquel falso pedido.
Mientras los sacerdotes oraban, los desconocidos aprovecharon para abalanzarse sobre el lego. Lo golpearon, lo despojaron de su reloj y, no conformes, lo lanzaron al suelo y lo patearon brutalmente, hasta destrozarle el cuerpo. El hermano Jacinto, cocinero, escuchó los golpes y acudió a socorrer a Serna, hallándolo maltrecho y balbuceante en el piso.
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Los otros padres dominicos acudieron a verlo, llevaron al agonizante a una salita y avisaron a la Asistencia Pública. Cuatro horas después, en el Hospital Dos de Mayo, y pese a los esfuerzos médicos, fray Pedro Serna falleció tras relatar a la Policía, apenas, algunos valiosos los detalles del asalto.
La noticia del crimen llenó de indignación a una Lima muy piadosa, y la Policía lanzó una vasta red de vigilancia y pesquisas en toda la ciudad y alrededores. El carácter inclasificable de la violencia y el estado del cadáver estremecieron aún más a la opinión pública.

LA AUTOPSIA, PRIMERAS CONJETURAS Y UN SEPELIO SOLEMNE
El examen médico reveló el ensañamiento con el frágil religioso: cinco costillas fracturadas al lado derecho, y tres costillas hechas añicos en la parte izquierda; la clavícula rota y golpes mortales en el tórax, causados por zapatos con tacos de goma. Era el retrato de una crueldad premeditada y sin piedad.
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En las parroquias y los vecindarios se multiplicaban rumores: decían que los autores eran malhechores conocedores de las costumbres del santuario, que buscaban robar alguna supuesta fortuna, que el ataque fue meticulosamente planeado, entre otras cosas.
La Guardia Civil recogió pistas sobre tres hombres: uno era alto y moreno, los otros bajos y de rasgos mestizos, quienes merodeaban no solo el santuario sino también otros templos del Centro de Lima. No faltaron las conjeturas de venganza, pero la comunidad descartó esa posibilidad: fray Pedro era un hombre de bondad, sencillo, querido y sin enemigos. Las autoridades policiales y los religiosos apuntaban claramente al móvil del robo.


LOS PRIMEROS DETENIDOS Y CARTAS ANÓNIMAS
Entonces, comenzó una intensa búsqueda, con detenciones de sujetos sospechosos y cartas anónimas que llegaban a la prefectura y que señalaban posibles implicados. Sin embargo, las pruebas eran escasas y las expectativas empezaban a menguar.
Un detalle crucial reanimó la pesquisa: una denuncia llegó a la Prefectura del Callao, el 28 de septiembre de 1929, y en ella se indicaba a Juan Benavides Vargas (“El Cata”), chileno y ex presidiario conocido por homicidio y robos múltiples, como el autor material del asesinato de fray Pedro.
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El jefe político de la provincia ordenó su captura, y la Policía del Callao, con el comisario a la cabeza, el capitán José M. Arenas, se lanzó a su caza, con el apoyo de su mano derecha, el oficial segundo de investigaciones del puerto chalaco, el oficial Alejandro Bazul.
Ese equipo de investigaciones policiales sumó datos sobre los cómplices del criminal chileno y siguió los rastros de sus andanzas delincuenciales. Mientras esto pasaba, el cotilleo en las calles y los conventos mantenían viva la memoria del terrible asesinato.

Los periodistas de El Comercio recabaron testimonios de los religiosos y vecinos, reconstruyendo el itinerario y los rasgos de los supuestos criminales. La labor policial de ese caso se volvió meticulosa, con batidas en los barrios, fondas y tugurios frecuentados por “El Cata” y su banda, en busca de una prueba definitiva.
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LA CAPTURA DEL CRIMINAL BENAVIDES VARGAS
Entre el 27 y el 30 de setiembre de 1929, las investigaciones policiales no pararon. En coordinación con la Policía limeña, los agentes policiales Raúl Castro y Guillermo Huanqui incursionaron en las zonas más peligrosas de la capital; ellos ingresaron a “Cantagallo”, “Piedra Liza”, “Santa Rosita”, “Manzanilla”, “Pellejo” y “Conchucos”, lugares frecuentados por Benavides, pero donde tampoco tuvieron éxito.
Entonces, un testigo les dio una señal valiosa: el avezado Benavides iba a juntarse con otro delincuente, Juan Gatico, en una fonda de un japonés, en la “carretera al Callao” (hoy avenida Colonial). No lo agarraron ese martes 30 de septiembre, pero sabían que el criminal merodeaba cerca. A quien sí detuvieron fue al tal Gatico, un joven y temeraria hampón. A este lo interrogaron y cantó.

Así, durante la madrugada del 1 de octubre de 1929, se marcó el principio del fin para los asesinos de fray Pedro: Juan Benavides Vargas, “El Cata”, el cabecilla de la banda, fue sorprendido durmiendo en una casa de la carretera al Callao, con una calma que solo podía tener quien se creía impune, a salvo. El zapato de tacos de goma que lucía selló su suerte. Era el perseguido por toda la Policía.
PRESENTACIÓN Y CONFESIÓN DEL CRIMINAL CHILENO
Los reporteros de El Comercio, así como gran parte de la prensa limeña, no perdían de vista a los agentes policiales y menos al comisario Arenas. Por eso se enteraron de la captura de Juan Benavides Vargas. Ante el pedido de los hombres de prensa, el 7 de octubre de 1929, la Policía del Callao lo sacó de su calabozo al patio de la comisaria.
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El cronista del diario Decano dijo entonces: “No nos acercamos, solo le miramos detenidamente. El, a su vez, nos examina de arriba abajo y de abajo a arriba. Impasible, se deja abordar por los fotógrafos. Con sombrero, sin sombrero, en todas las formas querían sacarle fotos. Cruza los brazos y se deja ser. Es natural, si está impedido de actuar”.
Benavides medía 1.75 m., de estatura. “Cara broncínea. Cejas arrugadas y el rostro contraído, no se sabe ni es un gesto de rabia o de impotencia, porque de vergüenza o de arrepentimiento, no lo es. Está sin afeitar. Su mirada es rara y siniestra; sombría y reconcentrada. Su nariz es roma y aplastada en la punta”.

“El Cata” vestía una chompa de lana, que antes fue blanca y pantalón caqui. Zapatos con los pasadores deshechos, describía, en detalle, nuestro reportero. Y añadía: “Los dos últimos botones de la chaqueta están fuera de los ojales. A veces cruza los brazos, a veces los baja y los deja caer con un raro movimiento de disgusto”.
DECLARACIONES Y CONFESIÓN DEL ASESINO DE FRAY PEDRO
Los periodistas de 1929 estaban sorprendidos por su desfachatez, pero ni por asomo intimidados. Ya habían visto a criminales y sus poses eran conocidas. “El Cata” los miraba uno a uno. “Nos mide siniestramente, hostilmente, quisiera hacernos desaparecer”, describía el anónimo cronista.
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Antes de responder a las preguntas que la Policía dejó que la prensa hiciera, Juan Benavides Vargas contrajo el ceño, se pasó una mano por la cara y tragó saliva.
“—¿Cómo fue su participación en el crimen? Primero nos vuelve a mirar y cuando creemos que se dispone a respondernos extensamente, dice, con todo laconismo:
—Yo no sé… Me quedé al frente…
Hay un nuevo silencio. Y nueva interrogación:
—Pero usted sabía que se iba a cometer el delito.
—No sabía… Me hablaron para un “trabajo”, no para “matar”.

Es inabordable Juan Benavides “El Cata”. Insistimos, deseosos de no perder la partida.
—¿Usted fue uno de los que escapó por el río?
—(Con energía). ¿Para qué iba a escapar por el río, si no había hecho nada?… Me fui a pie a Viterbo, por Matavilela.
—Y sus compañeros, ¿por dónde fugaron?
—Ellos corrieron por la calle Chillón.
—¿No los ha vuelto a ver?
—Ya dije todo en mi declaración”.
(Publicado en El Comercio, el 8 de octubre de 1929)

Luego de decir esto, enmudeció. La Policía se lo llevó para seguir con el interrogatorio policial, que fue, se supo luego, muy intenso. “El Cata” siguió negando todo, hasta que finalmente relató una versión inverosímil: que él había sido solo el “vigilante”, mientras los otros habían perpetrado el robo y crimen.
Los detalles de sus numerosas contradicciones y su contacto directo con otros cómplices permitieron a los agentes de investigación afinar las búsquedas y anticipar nuevas capturas de los involucrados en el brutal asesinato del hombre religioso.
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Pero la prueba concreta que echó de cabeza a Juan Benavides que la planta de su calzado: este coincidía con las huellas en el cuerpo de la víctima, prueba que, más allá de confesiones o negaciones, lo ataba al asesinato. Mientras tanto, la prensa seguía cada paso del caso, e informaba minuciosamente sobre el aspecto, gestos y silencios del principal sospechoso: Juan Benavides Vargas, “El Cata”.

LA CIUDAD EN VILO Y LAS SECUELAS DEL CASO
Fray Pedro Serna, la víctima, deseaba volver a su natal España, porque había dejado allí a hermanos y sobrinos Esa era su idea, su sueño. Aunque, a veces, le ganaba el desánimo y decía que seguramente nadie lo reconocería o, peor, nadie lo recordaría, pues había hecho su vida en el Perú, comentaron sus compañeros dominicos.
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El caso del querido fray Serna quedó como símbolo de la fragilidad de la paz cotidiana y la necesidad de reformas en la vigilancia de los santuarios y conventos limeños, indefensos ante el aumento de la criminalidad urbana (ya entonces era pan de cada día en el Perú). En todos los barrios, mujeres y hombres se decían dispuestos, si la ocasión lo ameritaba, a ayudar en las propias investigaciones y en la guardianía ciudadana; era su forma de mostrar solidaridad con el caso del hombre religioso asesinado.
Frente a la portería del antiguo Santuario de Santa Rosa, donde se desarrollaron los hechos, los niños del Cercado de Lima miraban, estupefactos, la puerta que abrió el fraile esa noche del 11 de septiembre de 1929, y se imaginaban su dolor ante el cobarde ataque. La pena era inevitable.

Según los cronistas del diario Decano, los malhechores cómplices fueron capturados días después que “El Cata”. La Policía confirmó y presentó el expediente al Poder Judicial. Así, el proceso siguió su curso, con duras críticas morales y sociales del público limeño.
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El sepelio de Fray Pedro Serna fue multitudinario. Religiosos, vecinos y feligreses acompañaron el féretro entre oraciones y comentarios lastimeros sobre el crimen. Los niños susurraban “el padre viejecito” y hasta los más duros del barrio sintieron la pérdida como propia.
De esta lamentable forma, el nombre de Fray Pedro Serna, el religioso español que entregó su vida de ayuda al prójimo en el Perú, entró en las páginas de la dura crónica policial limeña. Fue una víctima más y testigo de una época difícil para una Lima de conventos, zaguanes y calles peligrosas.















