De nada sirve que Universitario y Alianza Lima hayan resurgido desde el último infierno, que hoy tengan dinero, solidez institucional, hayan recuperado la confianza de las marcas y el amor de sus hinchas. Haber recuperado tanto tiempo perdido constituye apenas una victoria efímera, hueca, desabrida. ¿Por qué? Porque caminan desunidos, peleados, metiéndose codazos y zancadillas. Como si fueran unos niños arranchándose el último caramelo de la tienda.
De nada sirve que Universitario y Alianza Lima hayan resurgido desde el último infierno, que hoy tengan dinero, solidez institucional, hayan recuperado la confianza de las marcas y el amor de sus hinchas. Haber recuperado tanto tiempo perdido constituye apenas una victoria efímera, hueca, desabrida. ¿Por qué? Porque caminan desunidos, peleados, metiéndose codazos y zancadillas. Como si fueran unos niños arranchándose el último caramelo de la tienda.
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A raíz de la enésima guerrita en la que están enzarzados, se le preguntó a sus representantes si era posible una tregua, si esta bronquita de chibolos de quinto de primaria podía detenerse. Si acaso no era momento de tomar un respiro y ponerse a pensar en un destino común, abrazados bajo un objetivo. Las negativas fueron rotundas, a pesar de que quisieron disfrazarlas con evasivas infantiles. El ombliguismo los obnubila, la defensa enfermiza de su parcela, por más liliputiense que sea, los empequeñece.
Peleas entre clubes ha habido siempre. En la historia de nuestra pelotita abundan los desencuentros, los embates de uno y otro lado, algunos vergonzosos como los que protagonizara Alfredo González durante su mandato en Odriozola. Pero muchos de esos lances -como hoy se les exige a los futbolistas- quedaban en la cancha. Una vez reunidos en las tribunas, en las oficinas, en los cocteles, reaparecían los abrazos, los saludos afectuosos, porque había directivos inteligentes. Tenían claro que si se mantenían enfrentados, el único futuro posible era el despeñadero.
Quizás el más grande ejemplo de esa necesidad de unión ocurrió en 1975, cuando el fútbol profesional estuvo en peligro y emergieron figuras como la de Augusto Moral, histórico directivo de Sporting Cristal, y se pudo detener los intentos de destrucción venidos desde el Gobierno.
Estas rencillas ridículas solo consiguen desvalorizar el producto fútbol, hacerlo menos atractivo para el público y potenciales auspiciadores. Ha provocado, además -como ha recordado en su podcast Diego Rebagliati- que los clubes grandes estén lejos del manejo de la liga y deban someterse a lo que decidan directivos de segundo orden, amantes de modelos desfasados y la comodidad del statu quo.
Alianza Lima le notificó a la SUNAT sobre la carta notarial a Franco Velazco. (Foto: Alianza Lima / Universitario)
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No solo Alianza y Universitario deben volver a darse la mano. Es necesario que a ellos se unan Cristal y Melgar. Son los únicos clubes del medio que intentan hacer un trabajo serio, acorde a los estándares internacionales. Que estén separados nos hunde en la mediocridad y permite que no haya un contrapeso efectivo a los despropósitos que suelen salir desde la Videna.
Es momento de mirar un futuro compartido, que nos sirva a todos. Déjense de pelear como niños engreídos. Tengan un poco de grandeza.




