En lo que parece ser una declaración de intenciones que, con nota agridulce, concluye una serie de lanzamientos que buscaron poner al día su sonido, el grupo peruano de cumbia amazónica Los Mirlos ha editado un álbum en el que su personalidad, quizá la más fuerte en la historia de la cumbia amazónica, se diluye en una red de colaboraciones concebidas para consolidar su internacionalización.
En lo que parece ser una declaración de intenciones que, con nota agridulce, concluye una serie de lanzamientos que buscaron poner al día su sonido, el grupo peruano de cumbia amazónica Los Mirlos ha editado un álbum en el que su personalidad, quizá la más fuerte en la historia de la cumbia amazónica, se diluye en una red de colaboraciones concebidas para consolidar su internacionalización.
Cincuenta años atrás, con “La danza de los Mirlos”, “La danza del petrolero” y “Sonido amazónico”, el grupo de Moyobamba remató la propuesta inaugurada por Juaneco y su Combo y estableció la plantilla definitiva de la cumbia amazónica: ritmos sincopados de aparente sencillez y disimulada complejidad, bajos minimalistas que se repiten como bucles, líneas de guitarra que tejen melodías hipnóticas con texturas psicodélicas que le añaden misterio al pulso tropical sobre el que se desplazan las canciones.
Los Mirlos
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En los 1980s y 1990s, tras el auge de sus primeros años y opacados por nuevos estilos emergentes como la chicha y la tecnocumbia, Los Mirlos perdieron su sitial en la escena tropical peruana. No fue sino hasta los 2010s, la década del nacionalismo cultural en el Perú –la década del boom gastronómico, del Nobel de Vargas Llosa, de la clasificación de la selección de fútbol al mundial, de la apreciación del arte y la cumbia amazónicos en Europa y en los Estados Unidos– que las canciones grabadas por Los Mirlos en los 1970s fueron redescubiertas y reconstruidas como parte de la identidad de la nación que en ese momento se intentaba forjar.
En todo caso, más allá del proyecto nacionalista en cuyo marco ocurrió su renacimiento, Los Mirlos encontraron una nueva audiencia –no sólo aficionados a la música tropical, sino jóvenes músicos de jazz y de rock que, tanto dentro como fuera del Perú, se entusiasmaron con las formas escuetas y misteriosas de la cumbia amazónica de los 1970s– lo que le permitió al grupo viajar fuera del país para ofrecer conciertos en programas de radio y festivales orientados a las nuevas generaciones, tal como la afamada radio estadounidense KEXP y el Festival Coachella en California.
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En el contexto de este renacimiento, no deja de ser previsible que Los Mirlos hayan grabado un álbum (“The World Meets Los Mirlos”) lleno de colaboraciones en las que buscan su proyección internacional (Juanes, 311, Bomba Estéreo, Los Bunkers). Sin embargo, al mismo tiempo, no deja de ser singular que, en lugar de contaminar a sus invitados con su propia personalidad musical, Los Mirlos hayan optado por adaptarse al estilo de estos artistas. Basta escuchar la colaboración con 311 (“Amber”), para preguntarse por qué que Los Mirlos tratarían –¡tan infructuosamente! – de hacer suya una canción de reggae contemporáneo.
Esta crítica no surge de una ideología de la autenticidad: el arte musical de Los Mirlos no disminuye por tratar de buscar nuevos oyentes más allá de las fronteras peruanas, tampoco por tratar de modernizar su sonido. Estas son aspiraciones comerciales y artísticas completamente legítimas. El problema es que el arte musical de Los Mirlos sufre cuando las ansias de cruzar las fronteras y de seguir sonando actuales los llevan a borrar las mejores expresiones de su propuesta para adoptar los rasgos de las figuras que supuestamente los conducirán a la internacionalización. En “The World Meets Los Mirlos”, la personalidad artística de los Mirlos se encuentra tan diluida que uno ya no sabe si está escuchando a Los Mirlos. Y la idea era que Los Mirlos conquisten el mundo, no que el mundo los conquiste a ellos.




