A Kansas City llegaron de todos lados. Desde Buenos Aires, Tucumán o Córdoba, pero también desde Houston, Malasia, Tailandia y una lista interminable de rincones del mundo. Argentinos y argentinos adoptivos, muchos de ellos movilizados únicamente por la posibilidad de ver a Lionel Messi en un Mundial por última vez, tiñeron de celeste y blanco el Arrowhead Stadium para el debut frente a Argelia. Lo que ocurriría horas después nadie lo había soñado.
A Kansas City llegaron de todos lados. Desde Buenos Aires, Tucumán o Córdoba, pero también desde Houston, Malasia, Tailandia y una lista interminable de rincones del mundo. Argentinos y argentinos adoptivos, muchos de ellos movilizados únicamente por la posibilidad de ver a Lionel Messi en un Mundial por última vez, tiñeron de celeste y blanco el Arrowhead Stadium para el debut frente a Argelia. Lo que ocurriría horas después nadie lo había soñado.
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Desde el pitazo inicial, las tribunas jugaron su propio partido. El infaltable “Muchachos” retumbó con fuerza, seguido por el clásico “El que no salta es un inglés”, mientras olas recorrían los cuatro sectores del estadio. Argentina sufrió un primer susto con el gol anulado a Argelia, pero rápidamente tomó el control. Y cuando aparecieron las dudas, apareció Messi. Una vez. Dos veces. Tres veces.
El primer gol fue un desahogo colectivo. Se gritó por Argentina, claro, pero sobre todo por Messi. Porque para miles de los presentes, incluso aquellos que no habían nacido bajo la bandera albiceleste, él era el verdadero motivo del viaje. Cada toque suyo despertaba una ovación y cada intervención alimentaba la sensación de estar presenciando algo irrepetible.
El segundo gol terminó de desatar la fiesta. La brillante jugada previa puso de pie a las más de 70 mil personas que llenaron el estadio y dejó una imagen que se repetiría durante toda la noche: abrazos interminables entre padres e hijos, amigos llorando juntos y familias enteras registrando el momento con sus celulares, conscientes de que estaban viviendo una página especial de la historia del fútbol.
Pero nada se comparó con el tercero. Cuando Messi convirtió el tanto que lo transformó en el máximo goleador de la historia de los Mundiales, el Arrowhead Stadium fue un bombazo. Todos saltaron, se abrazaron y apuntaron hacia el mismo lugar. El rugido fue ensordecedor. “Messi, Messi, Messi”, bajó desde las cuatro tribunas mientras miles levantaban los brazos en alabanza como si estuvieran frente a una figura de culto. En una ciudad vestida de Argentina, el capitán volvió a hacer lo imposible: convertir un partido de fútbol en un recuerdo para toda la vida.
Lionel Messi reacciona este martes, en un partido del grupo J del Mundial de la FIFA 2026 entre Argentina y Argelia en el estadio Arrowhead en Kansas (Estados Unidos). Foto: EFE/ Juan Ignacio Roncoroni