martes, abril 7

Hoy el Perú enfrenta un desafío que ya no puede seguir postergando: la disponibilidad de agua.

No es un tema lejano ni técnico. Es algo que ya empieza a sentirse en las ciudades, en el campo y en la vida cotidiana. Lima, por ejemplo, es una de las capitales más vulnerables en términos de acceso al agua, y la presión sobre sus fuentes seguirá aumentando en los próximos años. A esto se suma el impacto del cambio climático, que vuelve más impredecible un recurso del que dependemos todos.

Frente a esta realidad, el punto no es si el problema existe. El punto es qué tan rápido somos capaces de actuar.

Lo positivo es que el Perú no parte de cero. Existen soluciones que ya vienen funcionando y que pueden escalarse si se priorizan correctamente. La recuperación de infraestructura natural, como las amunas, ha demostrado que es posible recargar acuíferos y mejorar la disponibilidad de agua en zonas clave. Del mismo modo, el reúso de agua tratada se está consolidando como una alternativa concreta para ampliar la oferta sin seguir presionando las fuentes naturales.

En nuestro caso, en los últimos años hemos logrado reducir el consumo de agua en nuestras operaciones en más de 28% y avanzar en proyectos que permiten devolver agua al entorno. Solo recientemente, a través de un acuerdo con la Junta de Usuarios del Rímac, se vienen destinando más de 1,2 millones de metros cúbicos de agua tratada al año para riego y uso agrícola en distritos de Lima. Son ejemplos de que el camino no solo es necesario, sino posible.

Pero estos esfuerzos, por sí solos, no alcanzan.

El gran reto está en pasar de iniciativas puntuales a soluciones a escala. Y eso requiere algo clave: poner el agua en el centro de las decisiones del país.

En un contexto en el que el país se prepara para elegir a sus próximos líderes, vale la pena hacer una reflexión simple: asegurar el agua no es solo un tema ambiental. Es un tema de desarrollo, de salud pública, de competitividad y de bienestar para millones de personas.

Por eso, avanzar en este frente implica acelerar inversiones, promover el reúso, fortalecer la infraestructura natural y, sobre todo, lograr una mejor articulación entre el sector público, el sector privado y las comunidades.

El agua no distingue sectores ni regiones. Nos impacta a todos.

Y justamente por eso, la oportunidad —y la responsabilidad— también es compartida.

Porque si algo está claro, es que el momento de actuar por el agua no es mañana. Es ahora.

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