El líder derechista José Antonio Kast recibió este 11 de marzo el mando de Chile del izquierdista Gabriel Boric en un traspaso de poder que, aunque sigue la tradición de alternancia política que caracteriza a ese país, ha sido reflejo también de una creciente polarización. Basta ver cómo se quebró la transición presidencial la semana pasada por entredichos y acusaciones cruzadas por un proyecto para construir un cable subacuático chino.
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-¿Cuál va a ser el principal reto para Kast?
El principal reto va a ser mostrar resultados rápidos porque la oferta de mostrar un giro radical en temas de seguridad va a tener que materializarse, lo mismo en materia de migración. Y enfrentar los temas de seguridad es sumamente complejo, requiere políticas públicas de mediano y largo plazo, pero l gobierno va a tener que mostrar resultados rápidamente.
Dos cosas más. Yo creo que el presidente hizo una campaña sin entrar en las discusiones de lo que se ha conocido en el mundo como la guerra cultural entre la derecha y la izquierda. Y sin embargo en estos últimos meses ha mostrado un alineamiento muy claro con sectores de la derecha global que son iliberales y que promueven discursos y agendas antimultilateralismo, antifeminismo, anti derechos humanos. Entonces va a ser un desafío para el presidente gobernar en tanto su oferta para ganar no incluía estos temas. La gran interrogante es si esa agenda internacional, si esa narrativa, va a ser parte del gobierno. Finalmente, es un gobierno que con todo el éxito que tuvo en la campaña presidencial no necesariamente tuvo el mismo éxito que en la campaña parlamentaria. La agenda legislativa va a requerir altos grados de capacidad de negociación, consenso y diálogo. Y bueno, es una pregunta abierta si es que eso se va a poder materializar.
-Si bien Gabriel Boric ganó con promesas de grandes transformaciones para Chile, muy pronto en su gobierno sufrió duros reveses, principalmente con el fracaso de los procesos constituyentes. Y, en general, ha recibido reclamos dentro de su propio sector. ¿Cómo se va a reconfigurar la izquierda con Kast en el poder?
Primero, creo que en Chile tenemos que reconocer que no existe una izquierda. Hay que hablar de las izquierdas. Tenemos una tradición histórica de fuertes partidos de izquierda, algunos de ellos de más de 100 años. Hay tradiciones distintas. Viene una etapa muy importante a nivel del país donde creo que hay que hacer un proceso profundo de introspección, de discusión ideológica de qué significa la izquierda en este contexto global, con las amenazas que tenemos hoy. Creo que hay una dificultad de entender cómo acercarse a la ciudadanía cuando las preferencias de la ciudadanía no necesariamente están alineadas ideológicamente con la oferta que ha tenido la izquierda. Entonces la izquierda tiene que pensar cómo adaptar una oferta para los tiempos actuales, para las necesidades de la ciudadanía, manteniendo un eje normativo claro, porque creo que una de las dificultades que tienen los partidos en América Latina es que terminan siendo muy débiles en términos programáticos e ideológicos. Entonces las personas votan por un partido con una oferta, y una vez que están en el poder esos partidos cambian de posiciones frecuentemente y eso hace muy difícil la representación y la identificación de las personas. La izquierda tiene muchos liderazgos y va a ser importante ver cómo esos liderazgos colaboran o compiten para darle coherencia a una oposición democrática de izquierda.
-¿Qué balance hace de la gestión del presidente Boric?
Fue un gobierno extremadamente complejo, le tocó un país saliendo de la pandemia, saliendo del estallido social, con una agenda electoral inédita en la historia. El gobierno del presidente Boric tuvo elecciones todos los años porque los dos procesos constituyentes aumentaron el calendario electoral. Eso significó que los partidos estuvieron durante cuatro años en campaña, lo que hizo muy difícil algunos debates y yo creo que tuvo un fuerte impacto en aumentar la polarización política. A pesar de esos desafíos creo que hubo logros muy importantes, en particular en temas sociales. Se logró sacar una reforma que logró aumentar las pensiones de los ciudadanos. Eso era una deuda pendiente en el país y es uno de los principales logros. Creo que tuvo una agenda medioambiental muy coherente. Se avanzó en establecer el cuidado como un derecho. Y por último creo que el presidente Boric va a salir del poder siendo un líder latinoamericano de izquierda con mucho reconocimiento internacional. Creo que tiene mucho más valoración fuera de Chile que al interior del país. Es un presidente respetado por personas de distintos signos políticos porque ha mostrado tener un liderazgo internacional, un interés por los temas multilaterales, un compromiso permanente con los derechos humanos.

El presidente de Chile, Gabriel Boric, habla durante una ceremonia en Santiago, el 17 de diciembre de 2024. (Foto de Javier TORRES / AFP)
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-¿Qué quedó pendiente?
Yo creo que hay una brecha muy importante entre lo que se prometía y lo que se logró alcanzar. En materia de seguridad, si bien se avanzó mucho, hubo algunas reformas que pueden tener impactos negativos para la agenda de derechos humanos en el futuro. Yo diría que fundamentalmente la brecha entre lo que se pensó que se podía hacer y lo que se terminó haciendo es importante en algunos ámbitos. En muchos casos esas brechas tienen que ver con ser un gobierno de minoría y con las condiciones del país, pero quizás también en otros ámbitos se podría haber empujado más activamente algunos temas.
-Latinoamérica también se enfrenta a un contexto externo complejo, con Estados Unidos y China queriendo ampliar su influencia en la región. ¿Cómo puede impactar esto en la institucionalidad e independencia de nuestros países? ¿Cuál es el desafío para la región?
Es probable que la soberanía nacional nunca haya estado atacada tan fuertemente como en este momento histórico, no solo en América Latina sino en el mundo entero. Vemos lo que está pasando en Ucrania, en Gaza, las amenazas respecto de Groenlandia, pero también las injerencias y amenazas hacia América Latina partiendo por Venezuela y en muchos otros países. Esto es altamente preocupante, los países más pequeños tienen muchas más dificultades para enfrentar estas arremetidas en contra de su soberanía.
Recientemente en el Foro de Davos (Suiza) el primer ministro de Canadá decía que los países medianos tenemos que unir fuerzas porque si no estamos sentados en la mesa vamos a ser parte del menú. Yo creo que es esencial que los países latinoamericanos puedan fortalecer sus acciones comunes. No es fácil porque tenemos divisiones ideológicas y estratégicas, pero América Latina lleva muchos años diversificando sus socios comerciales, y ello ha sido muy importante para el crecimiento y para la autonomía económica de los países de la región. Este derecho tiene que ser protegido también desde la soberanía, y yo diría que desde el multilateralismo. Espacios como Naciones Unidas, la OEA, la Alianza del Pacífico u otros que permiten el diálogo entre actores políticos son muy importantes. Este año va a haber una cumbre iberoamericana en España. son espacios donde estos temas tienen que estar presentes, donde uno esperaría que los países latinoamericanos puedan actuar de manera conjunta porque si se actúa de manera aislada va a ser infructuoso frente a los grandes poderes y potencias mundiales.
-Cuando se debate sobre los retos actuales de la democracia se habla cada vez más polarización, de desinformación, pero también del avance de un estilo de líder populista y con un estilo beligerante. ¿Cómo ve este fenómeno en la región?
Yo creo que estamos viendo cada vez más una América Latina en la que los liderazgos exitosos son los liderazgos altisonantes, que utilizan el miedo y la confrontación para avanzar sus ideas. Creo que hay una tendencia a promover soluciones fáciles para temas complejos. Estamos enfrentando una crisis de seguridad en toda la región y eso está contribuyendo a cimentar el camino para líderes, no solo populistas, sino autoritarios, que no respetan la separación de poderes, que no conciben el Estado de Derecho con instituciones de justicia operando de manera autónoma. Y lamentablemente esos líderes son los que están recibiendo apoyo ciudadano.
-¿Por qué?
Yo creo que tiene que ver, por una parte, con una desesperanza de las personas debido a que la política no resuelve sus temas acuciantes y entonces están disponibles para ir a buscar alternativas. Y por otro lado, muchas veces los ciudadanos y ciudadanas quieren respuestas inmediatas, no quieren respuestas complejas y están, por lo tanto, disponibles para apoyar este tipo de liderazgo. El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se ha transformado en un ícono de este tipo de liderazgo, pero es seguido por muchos otros en la región y a nosotros nos causa extrema preocupación. Porque estos liderazgos, más allá de ofrecer medidas concretas e inmediatas para enfrentar la inseguridad, no están proponiendo agendas que sean coherentes con un sistema democrático, con un Estado de Derecho.
-¿Qué otros casos le preocupan además del de Bukele en El Salvador? ¿Cómo ve al Perú?
Tenemos preocupación por lo que ocurre en Costa Rica, en Ecuador. La democracia en Guatemala también tiene un equilibrio frágil. Y ciertamente la inestabilidad en los gobiernos en el Perú es una preocupación. Yo creo que lo de Perú y Guatemala quizás obedece no a la existencia de un solo tipo de líder predominante o hegemónico, pero sí a la multiplicidad de liderazgos que promueven ese tipo de política y a la fragmentación o implosión del sistema de partidos.
-Usted vino al Perú para participar de un evento sobre los riesgos del proceso electoral. ¿Cuáles son los más urgentes?
Vinimos al Perú en el marco de un proyecto regional que es apoyado por la Agencia de Cooperación Española y que tiene el propósito de generar diálogos y fortalecer los ecosistemas democráticos en torno a las elecciones. Vemos con mucha preocupación que en los comicios en el Perú y en América Latina están aumentando la conflictividad, la judicialización, la polarización, la desinformación tóxica y la violencia política de género. Hay riesgos comunes que también se ven en el Perú, como la desinformación, la utilización maliciosa de la inteligencia artificial, la violencia en contra de las mujeres. Ciertamente tenemos riesgos adicionales en el Perú. Primero, que si bien hay instituciones electorales muy sólidas, profesionales, competentes, ellas han ido perdiendo confianza entre la ciudadanía. Según los últimos estudios, en el Perú hay una parte importante de las personas que no confían en la limpieza de las elecciones, lo que no necesariamente se condice con la solidez de las instituciones electorales. Hay una tarea importante porque cuando las personas no confían en las instituciones están mucho más abiertas a creer narrativas de fraude, y eso es ciertamente un riesgo.
También vemos riesgos asociados al sistema político. Perú tiene un sistema político tremendamente fragmentado y polarizado que utiliza las elecciones, la judicialización de las elecciones y los ataques a los órganos electorales como estrategias de campaña o estrategias electorales y eso solo aumenta el nivel de duda de la ciudadanía. Es ciertamente un riesgo que hemos visto en elecciones pasadas y por eso nosotros estamos colaborando con el JNE, con la ONPE, desde nuestra oficina en Perú para atacar estos desafíos y estos riesgos que enfrentan.
-El cuestionamiento al resultado electoral se ha visto con más frecuencia también en otros países, muchas veces originado o azuzado por los partidos políticos involucrados en los comicios. ¿Qué consecuencias tiene esto para la democracia?
Le hace muchísimo daño. Quienes cuestionan los resultados o la veracidad de los resultados electorales sin evidencia alguna, antes que ocurra una elección o sin fundamento, le provocan un daño enorme a la democracia. Un daño que muchas veces puede ser irreversible en el sentido de que cuesta muchísimo recuperar la confianza de las personas. Es una irresponsabilidad tremenda. En general lo que ocurre es que son los perdedores los que cuestionan los resultados. Entonces cuando los candidatos tienen la percepción de que pueden perder, una forma de estar presentes en el debate público, de tener presencia mediática, es a través de estas narrativas de fraude. Y por lo tanto es un instrumento de campaña, de posicionamiento público, que ocurre a costa de la legitimidad de la democracia y de los comicios. Y quiero recordar que si bien la democracia no se agota en las elecciones, sin ellas no hay democracia representativa. Las elecciones son el pilar que sustenta nuestro sistema democrático.
-¿Qué puede hacer el ciudadano ante todos estos riesgos?
Hay que invocar a los ciudadanos a que se informen proactivamente. A no dejarse convencer por el mensaje de WhatsApp que le puede haber mandado una amiga, o por el reel que vio en TikTok. Hay que tratar de informarse por canales oficiales, ir a las páginas y redes de los organismos electorales, consultar los medios de comunicación tradicionales, no solo los medios alternativos. Porque estos, por ejemplo, en redes sociales, en YouTube, pueden ser muy útiles para difundir opiniones y dar más pluralidad al debate público. Pero no necesariamente tenemos una garantía de que esos medios verifican su información. No necesariamente hay detrás periodistas formados que tienen estándares éticos que van a confirmar la información.
Lo otro tiene que ver con la desinformación, y ahí hay muchas campañas de distintos organismos para no ser parte de la difusión de información falsa o de dudosa calidad. Tenemos la costumbre de leer un titular y compartir la noticia sin leerla completa. Entonces hay que actuar con mucha responsabilidad para no compartir información que no sea verificada. Ahí tenemos un gran reto y creo que los medios de comunicación también tienen un enorme desafío en el sentido de contribuir de manera proactiva a la difusión de información verídica y a contrarrestar la información falsa.













