Tan importante como el listado de las prioridades es el manejo de las expectativas.
El inicio de cualquier gobierno despierta una gran cantidad de expectativas, de todo tipo y tamaño. Se trata de demandas que han estado largamente postergadas y que se han ido acumulando, o de pedidos que van surgiendo de acuerdo con lo que cada candidato o candidata, presidencial o al Congreso, ha ido haciendo en la campaña.
El regreso del fujimorismo al gobierno no solo despierta temores y genera resistencias. También, y sobre todo después de la posibilidad real de que Roberto Sánchez y la izquierda radical se hicieran del poder, ha hecho que mucha gente, con razón o sin ella, empiece a demandar todo tipo de reformas y que lance pedidos que van desde la reducción del Estado hasta la eliminación de la minería ilegal.
Del manejo de esas expectativas va a depender la estabilidad política y social del gobierno. Porque hoy todos los especialistas y políticos van señalando que las prioridades son la lucha contra la inseguridad, así como reducir el impacto y los efectos del fenómeno de El Niño, pero es claro que, una vez instalado el nuevo gobierno, y pasadas las primeras semanas, empezará un “rompan filas” y todos querrán jalar agua para su molino.
Y aquí es donde resulta válido preguntarse: ¿Keiko Fujimori y sus colaboradores tienen claro lo que se va a demandar de ellos una vez instalados en el gobierno, y tienen el equipo adecuado para hacer frente a toda la avalancha de reformas y acciones que se les va a pedir? ¿Los especialistas y políticos que demandan las más profundas reformas tienen claro a quiénes se lo están pidiendo, y en qué realidad política y social se plantearían las políticas públicas y las acciones gubernamentales que exigen?
Enfrentar a las organizaciones delictivas actuales no es lo mismo que enfrentar al terrorismo de los noventa; reducir el Estado hoy no será lo mismo que privatizar en los noventa; reducir la informalidad hoy no es lo mismo que lo que se intentó décadas atrás sin resultados positivos. De igual forma, darle un giro y modificar la descentralización tan mal planteada no será tan fácil hoy, como sí lo hubiera sido al poco tiempo de implementarla.
Y no decimos todo esto porque no queramos que se haga o porque pensemos que no se puede hacer, sino porque para hacerlo hay que tener políticas claras, planes concretos, la gente para hacerlo y, sobre todo, decisión, sin compromisos políticos, ni de los otros de por medio. De lo contrario, seguiremos viendo cómo se implementan medidas parche o paliativos que no transforman realmente el Estado ni sus instituciones.
Todos esperamos que el nuevo gobierno tenga e implemente soluciones verdaderas a problemas reales. Pero para hacerlo debe tener muy claro el espacio-tiempo-histórico en el que va a gobernar, y tiene que saber manejar las expectativas de los diferentes sectores.
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