De tanto hacer del presidencialismo en el Perú la llegada al poder y la salida del poder de la peor manera, hemos terminado envileciéndolo, al punto de convertirlo en el grave y permanente mal de la presidencialitis.
Así como hay partidos históricos del siglo XX en colapso, y otros pocos con 15 y 25 años recorriendo a pulso el siglo XXI, existen aquellos que, con solo una escritura pública y un logotipo, encarnan la aventura presidencial y parlamentaria de la fácil captura del poder. Es más: en medio de una marcada polarización los electores terminan decidiendo, más por antivoto que por voto, quién vale más que quién, según el grado de desconcierto, ilusión e indignación del momento.a
Esta inflamación crónica del sistema político se transforma luego en la semilla, crecimiento y maduración de la ingobernabilidad. Como la nueva presidencia y el nuevo Congreso provienen de una votación extremadamente confrontacional, cada poder busca sobrevivir destruyendo al otro mediante los perversos mecanismos de la vacancia y la disolución, que nadie, por supuesto, quiere revisar ni cambiar.
Al igual que el cuerpo humano en su lucha contra una enfermedad viral o bacteriana recurrente, nuestra democracia se vuelve, cada cinco años, más impotente que nunca en su lucha por una manera más civilizada y racional de hacer política. No parece estar hecha para el diálogo, las alianzas ni los consensos. Tampoco para el respeto por el otro ni por las reglas de juego de sana convivencia política. Encima, con autoridades electorales que funcionan como matasellos de leyes y contraleyes, acabamos, como siempre, en el complaciente reino de la anarquía.
No por azar titulé un libro mío “La presidencia ficticia” para llamar la atención precisamente sobre cuán poderosa y cuán frágil es, al mismo tiempo, la mayor estructura de mando ejecutivo de la nación. En esta quebradiza punta de la pirámide, el presidente, por elección o sucesión, puede hacer lo que le venga en gana, con más inmunidad e impunidad que un monarca sujeto a reglas protocolares de comportamiento ante sus súbditos. Sugerí alguna vez, con el respaldo de connotados constitucionalistas, que podríamos tener a un presidente del Consejo de Ministros como un real jefe de Gobierno del día a día, y a un presidente empoderado en una jefatura de Estado que hoy casi no se ejerce, pues permanece acéfala.
Es urgente una puesta en orden del poder presidencial, desde el camino de su elección hasta su ejercicio pleno. La vacancia es una expresión de anarquía y no de sanción, como lo es la disolución del Congreso. No podremos librarnos del mal de la presidencialitis –la persecución del máximo poder, no importa el precio material o moral que sea– mientras el puesto número uno de la nación no sea visto para servir, sino para lucrar.
Necesitamos a un presidente lejos de los negocios con el Estado y al Estado lejos de los negocios que quisiera hacer un presidente.
Pero para eso necesitamos precisiones y no ambigüedades en sus funciones de gobierno y Estado.




