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Hay quienes han nacido para desbrozar la trocha y otros para hacer el camino. Los segundos suelen ser los que recordamos y valoramos; en cambio, los pioneros muchas veces permanecen en la sombra o en el claroscuro de la memoria. Ese es el caso de Richard Matheson, bastante menos conocido que sus discípulos más dilectos. Stephen King, rey del terror psicológico, lo ha considerado el autor que más lo influyó; Ray Bradbury lo valoraba como uno de los escritores de ficción más valiosos del siglo XX. Steven Spielberg y George A. Romero serían autores menos importantes de no haber sido por su impronta. No obstante, para el gran público Matheson es una figura por descubrirse.
Hay quienes han nacido para desbrozar la trocha y otros para hacer el camino. Los segundos suelen ser los que recordamos y valoramos; en cambio, los pioneros muchas veces permanecen en la sombra o en el claroscuro de la memoria. Ese es el caso de Richard Matheson, bastante menos conocido que sus discípulos más dilectos. Stephen King, rey del terror psicológico, lo ha considerado el autor que más lo influyó; Ray Bradbury lo valoraba como uno de los escritores de ficción más valiosos del siglo XX. Steven Spielberg y George A. Romero serían autores menos importantes de no haber sido por su impronta. No obstante, para el gran público Matheson es una figura por descubrirse.
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Tal vez quería ser invisible. Después de todo, los lugares favoritos de su imaginación son los anónimos suburbios norteamericanos, el miedo que se oculta en la geografía de lo cotidiano, la amenaza agazapada que brota de la normalidad de un día soleado. Nacido en 1926, su padre era un instalador de losetas y su madre un ama de casa; ninguno mostraba mayores intereses literarios. Pero la vocación es una planta capaz de romper el cemento para aflorar: a los siete años escribía poemas y pequeñas narraciones. Una experiencia que marcaría su vida como creador y como hombre fue cuando conoció el horror y la muerte en su condición de soldado de infantería durante la Segunda Guerra Mundial. Haber visto de primera mano la atrocidad y la destrucción campeando a sus anchas sobre el elemento humano fue el disparador de una carrera literaria que se proyectó a todos los vectores genéricos posibles.
El escritor Richard Matheson.
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En 1950, “The Magazine of Fantasy and Science Fiction” publicó el primer cuento de Matheson, quien recién había cumplido 24 años. Se titulaba “Nacido de hombre y mujer” y en apenas cuatro páginas narra la historia de un ser monstruoso que es encadenado en un sótano por sus padres; el lenguaje que Matheson utiliza es torpe, entrecortado, por momentos ingenuamente infantil, por otros fragmentariamente siniestro. El éxito del cuento fue tal que en 1970 fue incluido en “The Science Fiction Hall of Fame, Vol 1”, privilegio solo reservado a ciertos puntales.
Pero la consagración de Matheson se daría en 1954 con la aparición de “Soy Leyenda” que nació de un visionado de Drácula. Se le ocurrió plantear la historia de forma inversa: “Intenté imaginar cómo sería el mundo en una situación inversa, con un humano normal entre vampiros”. Situado en una desolación pandémica, el protagonista, Neville, debe atrincherarse contra legiones de chupasangres dispuestos a acabar con él. George Romero admitió sus préstamos sin sonrojarse: “Escribí un relato corto que básicamente había plagiado de una novela de Richard Matheson llamada “Soy leyenda”. Ese relato se convertiría, en manos de Romero, en otra obra maestra: “La noche de los muertos vivientes” (1968).
«Soy leyenda», uno de los títulos más conocidos de Richard Matheson.
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Ese no sería el único aporte relevante de Matheson al cine. Uno mucho más directo es el guion (basado en una de sus novelas) de El increíble hombre menguante, que se llevó a la pantalla grande, con gran éxito, en 1957. La idea, como casi todas la de Matheson, nació del ocio más productivo: mientras escribía en su sótano, se preguntó qué obstáculos enfrentaría un hombre diminuto en aquel recinto: el gato familiar, las arañas en los rincones, etcétera.
A finales de los años cincuenta, un insólito laboratorio de alucinaciones lograba alta popularidad en la naciente televisión estadounidense. Me refiero a “La dimensión desconocida”, programa icónico que maniobró la rareza, el desconcierto y el asombro a alturas que muy pocas veces volverían a alcanzarse. Rod Serling, el productor, conocía el talento de Matheson y lo contrató como colaborador externo. Entre 1959 y 1964 escribió 16 episodios, todo excelentes. El más conocido es “Pesadilla a 20.000 pies”, protagonizado por un joven William Shatner, quien interpreta al pasajero que sorprende tras la ventana a una horripilante criatura haciendo de las suyas en el ala del avión mientras el resto permanece ajeno al peligro. En la película sobre la serie se haría un remake del episodio, esta vez con menor fortuna.
Uno de los beneficios de ser invisible es poder cambiar de forma sin que nadie lo advierta. Matheson aprovechó esa condición al optar por una fusión de la ciencia ficción con el romance, donde nuevamente obtuvo un gran suceso comercial (la adaptación cinematográfica de “Bid Time Return” es una de las películas más recordadas de Cristopher Reeve) Muchas veces dijo que su amplio registro le había privado del reconocimiento que tienen autores afincados en una sola especialidad. Puede ser cierto, pero eso no lo hizo traicionar su propio rumbo. Sin demasiados aspavientos falleció el 23 de junio de 2013 en su casa de Calabasas, California, a la venerable edad de 87 años. Su obra es inmensa. Su legado es aún mayor.



