Cuando Los Prisioneros regresaron a Chile tras su primera presentación en el Perú, en setiembre de 1987, buena parte de la prensa chilena redujo aquella noche a un solo episodio: la banda había sido recibida a pedradas en la Plaza de Acho. La ironía era evidente: un grupo de rock atacado a proyectiles justo cuando venía a presentar un disco llamado “Pateando Piedras”. Pero esa no era toda la historia. Las piedras existieron, sí, aunque fueron lanzadas por un grupo minoritario de revoltosos. El resto de los presentes, cerca de doce mil personas, cantó y bailó sobre la arena de la histórica plaza del Rímac, levantando enormes columnas de polvo tan densas que los técnicos apenas podían distinguir a los músicos. Para el periodista chileno Alejandro Tapia, esas imágenes —rescatadas años después y difundidas en YouTube— cuentan una historia muy distinta a la que sobrevivió en la memoria de su país. “Cuando uno ve ese concierto se da cuenta de la magnitud, de la euforia. Es un concierto impresionante”, dice.
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Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia, el trío de San Miguel, habían llegado a Lima ese año con una cierta inocencia, convencidos de que se trataba de un simple presentación promocional y terminaron descubriendo que ya eran auténticos ídolos de este lado de la frontera. “No estaban conscientes de lo famosos que eran en el Perú”, aseguraTapia. “Casi que se sintieron como los Beatles llegando a Estados Unidos en 1964”. Pese a esa gran acogida y a las piedras eventuales, el concierto les dejó otro sabor amargo. La banda no recibió honorarios por la presentación. “Ellos se sintieron bastante timados. Creían que era una actividad promocional y después se dieron cuenta de la enorme cantidad de gente que había asistido”.
Se estima que 12 mil personas asistieron al concierto de Los Prisioneros del 19 de septiembre de 1987 en Lima. Foto: Archivo de El Comercio.
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Poster que anuncia la llegada de Los Prisioneros al Perú.
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Tapia, que es editor en el diario “La Tercera”, llevaba años preguntándose por qué Los Prisioneros hablaban siempre del Perú con un afecto especial. Su primer libro, “Ya viene la fuerza” (2024), reconstruía el nacimiento del grupo y la grabación de sus dos primeros álbumes, pero el relato terminaba justo cuando la banda comenzaba a salir de Chile. Quedaba pendiente una cuestión: ¿por qué el Perú ocupaba un lugar tan especial en la trayectoria de Los Prisioneros? La respuesta terminó convirtiéndose en una investigación de tres años. Tapia vino a Lima, entrevistó a más de setenta personas —entre músicos, promotores, periodistas, técnicos, programadores radiales y asistentes a los conciertos— y revisó archivos en ambos países. El resultado es “No necesitamos banderas: Los Prisioneros en el Perú” (Borrador Editores), que ya se encuentra en librerías.
Una de las principales conclusiones de su investigación es que la verdadera internacionalización de Los Prisioneros comenzó en Lima. Antes habían tocado en Uruguay, donde el impacto fue limitado por el tamaño del mercado. Después intentaron abrirse camino en Argentina, pero su propuesta chocó con una escena de rock marcadamente nacionalista y poco permeable a las bandas latinoamericanas. El Perú fue distinto. “Fue el primer país donde Los Prisioneros tuvieron éxito. Jorge González lo ha dicho muchas veces: fue el primer país donde se sintieron como en casa”, sostiene el autor. Aquí, explica, el público hizo suyo el mensaje de canciones como “El baile de los que sobran”, porque hablaban de desigualdad y falta de oportunidades, problemas que también formaban parte de la realidad peruana.
Los Prisioneros pasean por Barranco en su visita de 1991. Narea ya no formaba parte del grupo. La formación de entonces incluía a Cecilia Aguayo en los teclados. (Foto: Borrador Editores).
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Una historia compartida
Lo curioso es que la relación de Los Prisioneros con el Perú se construyó desde abajo, no sobre el escritorio de un marketero o una agencia de publicidad. Comenzó gracias a un peruano que, durante un viaje a Buenos Aires, encontró un ejemplar de “La voz de los 80”. Le llamó la atención la fotografía de portada: tres muchachos de piel morena que creyó peruanos. Compró el disco y lo envió a Lima, donde llegó a manos del programador radial Ángel Ríos. Fue él quien comenzó a difundir canciones como “Sexo”. Solo después de comprobar la inesperada acogida que la banda y sus letras contestatarias tenían entre las radios y el público peruano, el sello El Virrey decidió editar oficialmente el álbum en el país.
La investigación también sacó a la luz un hallazgo inesperado. Mientras revisaba archivos diplomáticos, Tapia encontró documentos enviados por la embajada chilena en Lima al régimen de Augusto Pinochet tras el concierto de Acho. Los informes daban cuenta de las pedradas, pero también de algo que preocupaba mucho más al gobierno militar: la extraordinaria recepción que la banda había tenido en el Perú. “Los medios peruanos los calificaban como una banda profesional y exitosa. Incluso enviaban recortes de El Comercio y otros diarios. Al régimen le preocupaba mucho el discurso contestatario de Los Prisioneros; los trató de marxistas», explica el periodista.
Los Prisioneros durante una visita a Arequipa, en 1991. En la imagen, la banda comparte con familiares de Robert Rodríguez, su bajista peruano. (Foto: Borrador Editores).
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Ese seguimiento revela también la dimensión que había alcanzado el fenómeno. En 1987, Los Prisioneros ya eran una piedra en el zapato para la dictadura chilena. Canciones como “El baile de los que sobran”, “Muevan las industrias” o “Por qué no se van” se habían convertido en himnos de una generación desencantada, y el hecho de que ese mensaje comenzara a cruzar fronteras era motivo suficiente para despertar suspicacias. Paradójicamente, mientras en Chile algunos medios insistían en destacar las pedradas de Acho, los informes diplomáticos reconocían que la prensa peruana hablaba de una banda profesional y de un recibimiento multitudinario.
No fue el único descubrimiento que sorprendió a Tapia. A medida que reconstruía la historia comprendió que el Perú había ocupado un lugar irrepetible en la trayectoria del grupo. “Perú fue el único país que Los Prisioneros visitaron en todas sus etapas”, explica. Vinieron en 1987 con “Pateando Piedras”, regresaron durante la gira del disco “Corazones”, volvieron con el proyecto Los Dioses —en la recordada visita en la que Gisela Valcárcel los retiró de su programa tras negarse a hacer playback— y, tras el histórico reencuentro de 2001, eligieron Lima como su primer destino internacional. Ningún otro país acompañó de forma tan constante la evolución de la banda.




