
La crisis de inseguridad en el Perú llegó a su punto de quiebre el pasado 16 de marzo no con el secuestro de un empresario ni con la detonación de una carga de dinamita en la puerta de un colegio, sino con una tragedia vinculada al mundo de la música popular. Como un golpe en la cara de todos los que minimizan al arte como un tema menor en el quehacer nacional, el asesinato de Paul Flores, cantante de la orquesta de cumbia Armonía 10, demostró que cuando la economía no basta y la política no sirve, el arte –la música, en este caso– puede tocar, conmover y unir a los peruanos cuando más lo necesitamos.
Esto no debería tomar a nadie por sorpresa. Pocas prácticas artísticas tienen el poder de articular nuestra identidad y expresar nuestras emociones como la música, y la cumbia –como dejó en claro una encuesta realizada por la Pontificia Universidad Católica del Perú– es, hoy por hoy, el género de mayor preferencia a nivel nacional. Por eso el asesinato de Paul Flores a manos de extorsionadores ha ejercido el peso suficiente para quebrar la paciencia de la población, y llevarla a manifestar de forma definitiva su hartazgo con la actual ola de criminalidad en el Perú.
Durante el velorio de Flores, el cantante del Grupo 5 Christian Yaipén declaró que este no era un problema de la cumbia, sino de todos los peruanos que salen a trabajar y no saben si van a llegar vivos a su casa. Yaipén tiene razón, la extorsión es un problema que como un cáncer terminal se ha extendido por todo el país, pero también es importante añadir que, lamentablemente, fue necesario que la víctima fuese una estrella de la cumbia, alguien que toca como nadie el corazón de la gente, para que el tema termine de calar en la población.
En ese sentido, quizá fue Joaquín Sabina quien mejor llegó al meollo del asunto cuando, al momento de expresar su indignación por el asesinato de Flores, señaló: “Asesinar a un cantante o a un músico es una cosa abominable, porque es asesinar el alma de la gente”. Si la frase de Sabina es cierta, de ella se sigue que los asesinos de Flores son ajenos al sentir del pueblo. Peor aún: cuando escogieron asesinar a un representante del alma de la gente, se revelaron a sí mismos como gente sin alma.
Pero peor todavía es el rol que ha elegido personificar el Estado. Al ser confrontado por pobladores de Lurín que protestaban por la pobre labor que viene realizando, el Ministro del Interior Juan José Santiváñez no tuvo mejor ocurrencia que enviar un beso volado a los manifestantes y salir raudamente a bordo de su automóvil. Al igual que los extorsionadores que menospreciaron el sentir popular asesinando al cantante de una de las orquestas más queridas por la gente, Santiváñez menospreció el sufrimiento que a manos de la delincuencia viven día a día las personas que salieron a manifestarse.
Si pensamos en el infierno como el lugar donde el sufrimiento ha sido normalizado, entonces los responsables de minimizar la ola de delincuencia que arrasa al país están obligándonos a vivir en un infierno cotidiano. Sólo esos peruanos que se nieguen a normalizar este estado de cosas –como los músicos que se han agrupado bajo el eslogan “no queremos morir” o como cualquier peruano que salga a las calles a manifestar su temor a ser asesinado– sólo ellos, evitan que en este momento el país acabe consumido por el fuego.