martes, marzo 17

Desde junio del año pasado tengo una construcción frente a mi casa. Y como si no fuera suficiente, en un mes empezará otra al costado. Desde entonces, algo tan simple como abrir la ventana se ha convertido en una pequeña batalla cotidiana: elegir entre dejar entrar un poco de aire para aliviar los casi 30° grados del verano limeño o mantenerla cerrada para que el polvo no invada todo. Aunque para ser honesta, el polvo igual encuentra la forma de estar presente. Aparece sobre los muebles recién aspirados, se acumula en los bordes de las ventanas y, en mi caso, se traduce en congestión, alergia constante y esa sensación de que el aire dentro de mi hogar ya no es tan limpio como debería.

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Y es que en Lima y otras partes del Perú esta escena se repite más de lo que imaginamos. Nuestras ciudades no dejan de crecer: edificios nuevos, demoliciones, excavaciones y obras que avanzan a gran velocidad en muchos distritos. Sin embargo, este desarrollo trae consigo algo más que ruido o incomodidad: genera grandes cantidades de polvo de construcción que terminan dentro de las casas.

Para la doctora María Saravia, directora de la carrera de Medicina Humana de la Universidad San Ignacio de Loyola, este problema suele estar subestimado. “Muchas veces se percibe únicamente como una molestia visual o un problema de limpieza; sin embargo, representa un riesgo importante para la salud. A diferencia de otras ciudades, la ausencia de lluvias en la capital peruana impide el “lavado” natural del aire, lo que ocasiona que las partículas suspendidas —como fragmentos de minerales, cemento o tierra— permanezcan más tiempo en el ambiente y puedan ser inhaladas”, explicó a la web de Somos.

Sin duda, esto es una consecuencia directa de la falta de controles estrictos, barreras de contención o sistemas de humidificación en las obras, lo que facilita que el polvo se disperse fácilmente hacia las viviendas, los colegios y los comercios cercanos. El propio clima limeño también juega un papel importante—según Miguel Vidangos, médico especialista en medicina interna de Clínica SANNA San Borja— al tratarse de una ciudad desértica con niveles de humedad que pueden alcanzar entre el 90% y el 100%, el polvo no siempre se dispersa, sino que se asienta y se mezcla con la humedad, creando una capa persistente que atrapa contaminantes.

Frente a este escenario, expertos como la doctora Mayumi Kamego, médico auditor de Sanitas advierten que el polvo de construcción puede considerarse como “un problema de salud pública silencioso”, ya que sus efectos suelen ser acumulativos y no siempre se perciben de inmediato.

“La evidencia científica demuestra que la exposición prolongada a partículas respirables puede penetrar en las vías respiratorias y generar efectos adversos en la salud respiratoria y sistémica. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la contaminación por material particulado constituye uno de los principales riesgos ambientales para la salud, asociado a enfermedades respiratorias y cardiovasculares. En el Perú, el Ministerio de Salud y DIGESA también consideran al material particulado un contaminante prioritario en la vigilancia de la calidad del aire”, aseguró la experta.

Cuando hablamos de polvo de construcción solemos pensar en esa nube gris que se levanta cuando cortan cemento o en la capa que se acumula sobre los muebles. Sin embargo, existe una diferencia importante entre el polvo visible y las partículas microscópicas que quedan suspendidas en el aire.

La neumóloga Neha Solanki, de Cleveland Clinic señaló que el polvo que vemos suele corresponder a partículas de mayor tamaño que tienden a depositarse rápidamente en superficies. Estas pueden causar molestias inmediatas en los ojos, la nariz o la garganta, pero no siempre son las más peligrosas, ya que el verdadero riesgo proviene de las partículas más pequeñas.

Detrás de la nube gris que levantan las obras hay partículas microscópicas invisibles. Algunas pueden penetrar profundamente en los pulmones e incluso llegar al torrente sanguíneo. Foto: EFE/Adam David

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“Cuando el polvo se fragmenta en partículas microscópicas —especialmente aquellas de menos de 10 micrómetros— puede atravesar los mecanismos de defensa naturales del cuerpo. Estas partículas logran pasar por las vibrisas de la nariz y por la garganta sin ser filtradas, llegando a zonas más profundas del sistema respiratorio. En los casos más finos, como el material particulado PM2.5, pueden incluso alcanzar los alveolos pulmonares e ingresar al torrente sanguíneo. En otras palabras, lo más peligroso suele ser precisamente lo que no vemos”.

A ello se suma la composición química de dichas partículas, pues el polvo generado en las obras de construcción puede contener una mezcla de minerales y metales, como aluminio, plomo y asbesto. No obstante, como precisó la doctora Kamego, el componente más preocupante desde el punto de vista sanitario es la sílice cristalina, presente en materiales como concreto, arena y piedra. Su inhalación prolongada se asocia con enfermedades graves como silicosis, cáncer de pulmón y otras enfermedades respiratorias crónicas.

“Estudios recientes han encontrado que el polvo generado durante el corte de concreto puede contener más del 30 % de sílice en peso, lo que representa un riesgo importante para la salud de las personas expuestas”.

Cuando la exposición es ocasional, el cuerpo activa sus mecanismos de defensa. Como mencionó el doctor Gino Felandro, médico internista de la Clínica Ricardo Palma, las vibrisas de la nariz ayudan a atrapar las partículas más grandes y el organismo produce más moco en la nariz y la garganta para capturarlas. A esto se suman reflejos como la tos o el estornudo, que funcionan como mecanismos de expulsión para eliminar estas partículas antes de que lleguen a zonas más profundas del sistema respiratorio.

Sin embargo, el problema aparece cuando la exposición se vuelve diaria y prolongada, ya que estos sistemas de defensa comienzan a saturarse y las partículas más pequeñas penetran con mayor facilidad en las vías respiratorias y alcanzan los pulmones.

En estas primeras etapas, los síntomas suelen ser leves, pero persistentes. Según José Luis Cabrera, neumólogo de Clínica Internacional, algunas señales que pueden alertar sobre la exposición al polvo incluyen:

  • Estornudos frecuentes.
  • Lagrimeo.
  • Picazón en los ojos.
  • Picazón en la nariz o en la garganta.
  • Congestión nasal, especialmente por las mañanas.
  • Expectoración frecuente.

“En personas con enfermedades respiratorias previas, como asma, también pueden presentarse silbidos al respirar, sensación de opresión en el pecho o dificultad para respirar. Si estos síntomas aumentan respecto a lo habitual, lo recomendable es acudir a un médico”.

Con el tiempo, estas partículas pueden acumularse en el tejido pulmonar y desencadenar procesos de inflamación crónicos, contribuyendo así al desarrollo o agravamiento de distintas enfermedades respiratorias, como bronquitis crónica, asma, fibrosis pulmonar, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), silicosis, cáncer de pulmón e infecciones respiratorias recurrentes.

Asimismo, aunque muchas personas relacionan el polvo únicamente con problemas respiratorios, de acuerdo con el doctor Miguel Vidangos el impacto no se limita a los pulmones, ya que puede extenderse a otros sistemas del cuerpo:

Después de los pulmones, es uno de los sistemas más vulnerables. Cuando las partículas llegan al torrente sanguíneo pueden provocar inflamación de las arterias y estrés oxidativo. Este proceso favorece la formación de placas en los vasos sanguíneos, aumenta la rigidez arterial y eleva el riesgo de hipertensión, coágulos, infartos de miocardio y accidentes cerebrovasculares. Además, la exposición prolongada puede alterar el sistema nervioso autónomo, lo que incrementa el riesgo de arritmias.

La exposición constante puede irritar ojos, piel y vías respiratorias. Con el tiempo, estas partículas también se han asociado con enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

La exposición constante puede irritar ojos, piel y vías respiratorias. Con el tiempo, estas partículas también se han asociado con enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

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Diversos estudios han vinculan la exposición prolongada a partículas finas con el deterioro cognitivo y mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas. Si el polvo contiene metales pesados como el plomo —algo posible en demoliciones de construcciones antiguas— también puede provocar daños neurológicos, irritabilidad y problemas de concentración.

El polvo de obra, especialmente el de cemento, es altamente alcalino e higroscópico, por lo que tiende a retirar la humedad natural de la piel y dañar su barrera protectora. Esto puede provocar dermatitis de contacto, caracterizada por resequedad, enrojecimiento, grietas y descamación.

De igual manera, las partículas metálicas y los compuestos químicos presentes en los escombros pueden desencadenar erupciones, eccemas o reacciones alérgicas, e incluso exacerbar condiciones como la psoriasis. El polvo fino también puede mezclarse con el sudor y el sebo, obstruyendo los poros y favoreciendo la aparición de brotes de acné, algo que puede intensificarse en climas húmedos como el de Lima.

El polvo puede ingerirse de forma indirecta al acumularse en las manos, los labios o los alimentos. Esto puede generar irritación gástrica y, en caso de contener metales pesados como el plomo, producir acumulación tóxica en órganos como el hígado y los riñones.

Los ojos son extremadamente sensibles a la naturaleza abrasiva del polvo. Por ello, la exposición continua puede causar conjuntivitis irritativa, microlesiones en la córnea (queratitis) y agravar el síndrome de ojo seco al alterar la calidad de la película lagrimal.

Aunque la calle es la fuente de origen del polvo, para el especialista de Clínica SANNA San Borja, la acumulación crónica dentro del hogar suele ser considerablemente más riesgosa. Mientras que en el exterior el viento y el volumen del aire dispersan las partículas, en los espacios cerrados el polvo se concentra y alcanza niveles de densidad mucho más altos, afectando directamente la calidad del aire que respiramos.

A esto se suma un factor clave: las personas pasan entre el 80% y el 90 % del tiempo en interiores. “Inhalar una concentración moderada durante 8 o 12 horas mientras duermes o trabajases más dañino que inhalar una concentración alta durante los 20 minutos que caminas por la calle”, afirmó Vidangos.

Una vez dentro de casa, el polvo de construcción no se comporta como el polvo doméstico habitual. Mientras que este último suele estar compuesto en gran parte por células de piel muerta, el polvo de obra contiene partículas minerales, las cuales no solo se quedan en el suelo, sino que también se depositan en alfombras, cortinas, sillones y camas. Por eso, cada vez que uno camina, se sienta o sacude una sábana, las partículas microscópicas vuelven a subir al aire (resuspensión) y se inhalan directamente.

“En una ciudad donde la humedad es bastante alta, el polvo acumulado puede favorecer a la proliferación de microorganismos. Las partículas de construcción no solo contienen minerales, sino que también pueden transportar esporas de hongos y materia orgánica. Al depositarse sobre superficies húmedas, estas partículas crean una base porosa que facilita el crecimiento de moho y otros microorganismos. Al mismo tiempo, el aumento del polvo en colchones, alfombras y muebles genera refugios ideales para los ácaros, que necesitan ambientes húmedos para sobrevivir y reproducirse. El resultado es un efecto combinado en la salud: la persona ya no solo inhala un irritante mineral, sino también alérgenos biológicos”, recalcó el médico internista.

De acuerdo con Luis Cabrera, los niños tienen pulmones que aún se encuentran en desarrollo, lo que los hace más sensibles a los contaminantes del aire. Además, respiran más aire por kilogramo de peso corporal que los adultos y pasan más tiempo cerca del suelo, donde se concentran las partículas más pesadas del polvo. También presentan con mayor frecuencia el comportamiento mano-boca, lo que facilita la ingestión accidental de metales presentes en el polvo, como el plomo.

“La exposición prolongada puede afectar su desarrollo pulmonar —impidiendo que alcancen su capacidad respiratoria máxima— y aumentar el riesgo de asma persistente. Si el polvo contiene metales pesados provenientes, por ejemplo, de pinturas antiguas, también podría impactar el desarrollo cognitivo, generando dificultades de aprendizaje o alteraciones en la conducta”, subrayó el neumólogo.

Una vez dentro del hogar, las partículas se acumulan en cortinas, alfombras y colchones. Por eso, la limpieza frecuente con paños húmedos o aspiradora es clave para evitar que vuelvan a levantarse en el aire.

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En el caso de los adultos mayores, la exposición al polvo puede agravar enfermedades respiratorias o cardiovasculares ya existentes. A esto se suma que, con la edad, el sistema inmunológico pierde eficacia para defender al organismo de agentes contaminantes.

Según el doctor Vidangos el sistema mucociliar —el mecanismo natural que ayuda a eliminar partículas de las vías respiratorias— funciona con menor eficiencia. Esto facilita que el polvo se acumule en los pulmones, lo que puede acelerar enfermedades como la EPOC o favorecer procesos de fibrosis pulmonar.

La inflamación crónica también incrementa el riesgo de eventos cardiovasculares, como infartos o accidentes cerebrovasculares. Incluso existe evidencia que relaciona la exposición prolongada a micropartículas con un deterioro cognitivo más rápido.

Quienes son asmáticos y/o alérgicos, el polvo de construcción es un irritante primario que “despierta” al sistema inmune, provocando crisis respiratorias mucho más severas y frecuentes. Mientras que, en pacientes con EPOC o problemas cardíacos, su reserva funcional es baja, por lo que cualquier inflamación adicional causada por el polvo puede llevarlos a una insuficiencia respiratoria aguda.

Son los más vulnerables por intensidad y tiempo. A menudo, la falta de uso de respiradores adecuados (N95 o superiores) los expone a dosis masivas de sílice, lo que reduce drásticamente su esperanza de vida debido a la silicosis, destacó el experto de Clínica SANNA San Borja.

Aunque se menciona con menos frecuencia, las mascotas también pueden verse afectadas. Su sistema respiratorio se encuentra más cerca del suelo, donde se acumula gran parte del polvo, lo que aumenta su exposición a partículas suspendidas en el ambiente doméstico.

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