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El telégrafo óptico, desarrollado a fines del siglo XVIII, es considerado por los historiadores como el primer sistema práctico de telecomunicaciones y un antecedente directo de las comunicaciones modernas, al permitir la transmisión de información casi en tiempo real a largas distancias, décadas antes del telégrafo eléctrico.
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Aunque hubo propuestas previas —como las del británico Robert Hooke en el siglo XVII o la de Richard Lovell Edgeworth en 1767—, fue el modelo de Chappe el que logró consolidarse. Francia llegó a desplegar una red de 556 estaciones que cubría unos 4.800 kilómetros, utilizada tanto con fines civiles como militares.
El telégrafo óptico tuvo un papel clave durante el periodo napoleónico, cuando Napoleón Bonaparte lo empleó para coordinar movimientos de tropas. El primer mensaje oficial de la red se transmitió en 1794 entre Lille y París, a lo largo de 230 kilómetros y mediante 22 torres intermedias.

Tuvo tanto éxito en Francia que el país llegó crear una red de 556 estaciones con la que comunicaron una extensión de 4.800 kilómetros
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El sistema se mantuvo operativo hasta mediados del siglo XIX y se replicó en países como Reino Unido, Suecia, Alemania y España. Incluso dejó huella cultural al aparecer en El Conde de Monte Cristo, de Alexandre Dumas. Sin embargo, su declive llegó con el avance del telégrafo eléctrico: en 1846, Samuel Morse logró que Francia adoptara su sistema, más fiable y operativo incluso de noche o con mala visibilidad.














