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Los colegiales seleccionados provenían de centros de estudios de Lima, el Callao y los balnearios del sur, y habían recibido instrucción militar y de tiro a lo largo del año. Esos jóvenes rifleros habían clasificado y eran considerados en sus respectivos colegios como “tiradores selectos”, de primera o de segunda clase.
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El evento, organizado con rigor castrense, se convirtió en una ceremonia de civismo y destreza. Y el escenario fue el Polígono Nacional “General Muñiz”, en el Fuerte Rímac, el lugar exclusivo para la práctica de tiro militar, civil y escolar. Fueron tantos participantes que el concurso escolar se prolongó hasta el sábado 7 de diciembre.

UN LLAMADO CON ESPÍRITU PATRIÓTICO
La noticia fue anunciada semanas antes en las páginas de El Comercio. El concurso se presentaba como una actividad formativa, destinada a fortalecer la disciplina, el autocontrol y el sentido patriótico entre los estudiantes de la capital. En ese entonces, la Dirección General de la Guardia Civil y Policía era la encargada de supervisar y renovar las licencias para el uso de armas en el país.
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Entidades vinculadas a la instrucción premilitar la organizaron y coordinaron con las autoridades educativas, a fin de preservar el orden y el cuidado necesarios. Por ello el certamen se realizó bajo estrictas medidas de seguridad y con un reglamento claramente establecido.
Las delegaciones de los diversos colegios limeños, chalacos y de los balnearios del sur coparon las instalaciones del polígono “General Muñiz”. Fue impresionante observar a esos “jóvenes tiradores” que habían sido previamente entrenados en prácticas de tiro. Cada institución educativa presentó a sus mejores exponentes, que fueron seleccionados tras pruebas internas.
Desde antes de las 6 de la mañana, el local de tiro rimense comenzó a llenarse de jóvenes rifleros, instructores y autoridades, además de los familiares de los menores. Los imberbes competidores usarían carabinas Winchester calibre 22.
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EL ESCENARIO Y LA SOLEMNIDAD DEL ACTO
El certamen en dos días, el viernes 6 y el sábado 7 de diciembre de 1935, era el acto final de un trabajo de todo el año, en el que cada colegio participante había recibido a los oficiales instructores (también “suboficiales de reserva”), pertenecientes a la Inspección de Enseñanza Militar y Tiro Escolar, para que trabajaran en los entrenamientos formativos. Así, los escolares que llegaron a concursar ese fin de año, eran sin duda los mejores rifleros de su promoción.
El campo de tiro fue preparado con antelación. Los “blancos” estaban alineados, las distancias medidas con precisión y los puestos numerados; todo en conjunto, daba al lugar un aire marcial, sobrio y ordenado. Antes del inicio de las pruebas, se realizó una breve ceremonia. Las delegaciones formaron, entonaron notas patrióticas y recordaron el carácter educativo del concurso.
Las autoridades gubernamentales presentes subrayaron que el fin no era únicamente la competencia sino también la formación integral del estudiante. El tiro, insistieron, era un ejercicio de responsabilidad y autocontrol. De esta forma, concluido el acto protocolar, se dio paso a la competencia propiamente dicha.
LOS ESCOLARES FRENTE AL BLANCO: REGLAS Y NORMAS
La competencia se desarrolló en dos turnos: entre las 6 de la mañana y el mediodía; y de las 2 a las 5 de la tarde, y se dividió en dos modalidades: individual y grupal. En el primer caso se debió pasar antes por una etapa “eliminatoria” (viernes 6), la cual estableció una distancia de 100 metros, el blanco por “zonas del 1 a 10” y los disparos que fueron “dos de ensayo y diez en la serie oficial”.
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En esta etapa se estableció que serían dos minutos para las balas de ensayo y diez para la serie oficial. Pasaron a la “prueba definitiva” los tiradores que obtuvieron “el mínimo de 50 por ciento de los puntos correspondientes”, decía El Comercio.
La “prueba definitiva” de la modalidad individual varió algunos puntos: la distancia pasó a ser 150 metros, el blanco fue una “silueta de hombre de medio busto”; y los disparos a “tres de ensayo y diez de serie oficial”.
Se pasó a tres minutos para las balas de ensayo, y cinco minutos para la serie oficial. Calificaron en esta modalidad individual los que hicieron el mayor número de puntos y en caso de empate valió el mayor número de balas, y por último hasta los resultados de la prueba eliminatoria.
Por otro lado, la prueba grupal, es decir, la colectiva, con cuatro tiradores por colegio, también estableció 150 metros de distancia, la silueta con el hombre de medio busto como blanco, pero los disparos fueron “dos de ensayo y diez de serie oficial”, en tanto el tiempo, “dos minutos para las balas de ensayo y cinco para la serie oficial”.
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Asimismo, la calificación fue por el mayor número de puntos. En caso de empate, se tuvo en cuenta el mayor número de balas. Así, como todo campeonato de tiro en el mundo, la meticulosidad fue la garantía de una buena performance.
Los premios a los primeros, segundos y terceros puestos fueron otorgados por el Ministerio de Educación Pública, el Director General de Enseñanza, el Jefe del Departamento de Economía, la Dirección de Estudios y Exámenes, y por la Inspección General de Personal y la Inspección de Tiro.
COMPETENCIA FEROZ DE LAS MEJORES PUNTERÍAS
Uno a uno, o en grupos, los más de cien participantes ocuparon sus puestos cuando les correspondió. Portando sus Winchester calibre 22 se ubicaron en posición tendida. Eran escolares, pero su postura recordó la de soldados en instrucción.
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El silencio se impuso antes de cada disparo. Hasta que se escuchaba la voz ronca de un instructor premilitar: “¡Fueeegooo!”, dando así la orden precisa, seguida del eco seco del tiro. Cada participante cumplió con la serie reglamentada de disparos, los cuales fueron evaluados por los jueces designados. La puntería, la estabilidad y el respeto a las normas fueron observados con atención. Durante la competencia de tiro escolar no hubo gestos exagerados ni celebraciones anticipadas. El concurso se desarrolló con una seriedad que sorprendió incluso a los asistentes.
Concluidas las rondas, los jueces procedieron a revisar los blancos y a sumar las puntuaciones. El proceso fue cuidadoso y transparente. Los resultados determinaron a los colegios mejor clasificados, así como a los tiradores individuales más destacados. Los nombres de los ganadores fueron anunciados con total solemnidad.
El jurado lo constituyeron el Teniente coronel Carlos Lluncor, inspector del Tiro Escolar; el Teniente coronel Augusto Calvo, subdirector del Tiro; el señor Villegas, delegado del Ministerio de Educación Pública; y el Capitán Jefe del Tiro Civil y subteniente César del Castillo, adjunto a la Inspección de Enseñanza Militar y Tiro Escolar.
LOS RIFLEROS ESCOLARES GALARDONADOS
Al terminar el certamen y formulados los cuadros respectivos, el “jurado controlador” consagró como ganador del primer premio colectivo al equipo que representó al Colegio Anglo Peruano, que volvió a ser campeón como en 1934. Fue el bicampeón de tiro escolar. Ellos hicieron en la prueba colectiva 175 puntos (con 36 balas).
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El segundo lugar lo ocupó el equipo del Colegio La Salle, el cual hizo 151 puntos (con 31 balas); y el tercer lugar fue para el Instituto Cultural Peruano, nuevo en estas actividades de tiro, con 144 puntos (29 balas).
Se otorgaron diplomas y distinciones a los primeros puestos, en reconocimiento al esfuerzo y la preparación demostrada. En las pruebas individuales, por ejemplo, destacaron varios escolares, como Henry Hemmerdy, del Colegio Champagnat; Enrique Debernardi, del Colegio La Salle; Guillermo Bassallo, del Colegio Modelo del Callao; y Luis Lombardi, del Colegio Antonio Raimondi.
Más allá de los puntajes, el énfasis institucional estuvo puesto en destacar el comportamiento ejemplar de los jóvenes escolares participantes durante toda la jornada en el Polígono Nacional “General Muñiz”, en el Fuerte Rímac.
UNA LECCIÓN QUE IBA MÁS ALLÁ DEL DEPORTE
El Concurso Interescolar de Tiro de 1935 fue presentado en El Comercio no solo como una competencia sino como una experiencia educativa. La práctica del tiro se entendía entonces como parte de una formación cívica más amplia, en la que el estudiante aprendía autocontrol, respeto por las normas y una suerte de equilibrio emocional.
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Los organizadores destacaron el correcto desempeño de los escolares y el compromiso de los colegios participantes. El evento cerró sin incidentes, dejando la impresión de una juventud aplicada y consciente de su rol en la sociedad peruana de entonces.
El concurso fue, en esencia, un espejo de la época: un país que apostaba por la disciplina y la formación cívica desde temprana edad. Y así, entre blancos de cartón y miradas de puntería, quedó retratada una generación que aprendía a darle al centro del blanco.
Aquel 1935 dejó un buen balance para el tiro nacional. Las prácticas desarrolladas merecieron amplia difusión, pues demostraron haber superado una etapa de letargo para enfocarse en un afán de progreso visible y alentador.
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Decenas de sociedades acudieron a los concursos oficiales del Polígono Nacional “General Muñiz”, representadas por cientos de rifleros; llegaron equipos desde Huarochirí, Chancay, Cañete, Chincha y Pisco, lo que reflejó el entusiasmo cívico que despertaba este deporte. En total, 20 concursos oficiales marcaron la agenda del año: nueve de tiro militar, diez de tiro civil y uno -único y excepcional- dedicado al tiro escolar.
El cierre escolar del 6 y 7 de diciembre de 1935 quedó como una escena singular: fueron los días en que Lima realmente confió su puntería a los escolares y el “General Muñiz” fue testigo de una apuesta temprana por formar ciudadanos desde la disciplina, el pulso firme y la mirada puesta en el blanco.




